La tierra ha cambiado en los últimos 16 años. Una raza nunca antes vista ha surgido de la nada, son fuertes y repelen las balas, difíciles de matar y capturar.
Los llaman monstruos porque no pueden controlar...
—Deja de darme largas y ¡explícame de una vez que es lo que sucede con Tory! —gritó una morocha en el despacho.
—Baja tu tono conmigo, Zia. No sé qué es lo que pasa, te dije que en cuanto lo supiera te lo iba a decir. ¡Ahora sal de aquí! —y le señaló la puerta, por la que segundos después Zia salió con una mueca de duda.
Sabía reconocer a una manipulador en cuanto la veía, pero Tory desde el principio la había confundido, primero lo aludió a su condición, pero mediante pasaban los días se convencía de que había algo más.
— ¿Sucede algo? —Zet la abrazó de lado.
—Nada, solo estoy un poco desvelada —dijo mientras se soltaba.
— ¿Qué te parece volver a los viejos tiempos, rabietas? —y le puso esos ojos de niño con hambre que nunca podía resistir.
—Solo si dejas de llamarme así —y recibió una sonrisa por parte del chico. Juntos se dirigieron a la habitación de este. Mientras que sin darse cuenta un hombre los veía por los monitores. Porque lo supieran los chicos o no, las cámaras siempre grababan. Momentos buenos, malos, divertidos, incómodos y sospechosos.
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Al siguiente día todo volvía a su cauce, risas y ruidos acompasaban los movimientos en el comedor. Tory entró sin darle mayor importancia. Se sentó junto a Grecia y comenzó a reír a carcajadas.
— ¿Qué te ocurre? —el rostro de Grecia mostraba curiosidad y confusión.
—Que ando alucinando, veo a Zia sentada junto a ti, ¿puedes creerlo? —dijo y la aludida frunció el ceño.
— ¿Qué?, ¿hay que solicitar tu permiso para sentarse en esta mesa?
—Está aquí —Grecia tomó su mano y la apretó mostrándole apoyo y con su rostro dejó ver que tampoco entendía qué hacia la chica allí, con ellas.
— ¿Qué haces aquí? —dijo luego de dejar de reír y concentrarse—. Tú te sientas allá —señaló la mesa de los chicos—. No aquí.
—Si me estas corriendo, pues te aviso que te va a ir mal, pues ya tomé la decisión de sentarme aquí de ahora en adelante —dijo con firmeza en su voz. La morocha asintió y se encogió de hombros al ver a Grecia con una expresión de miedo.
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