La tierra ha cambiado en los últimos 16 años. Una raza nunca antes vista ha surgido de la nada, son fuertes y repelen las balas, difíciles de matar y capturar.
Los llaman monstruos porque no pueden controlar...
Sus ojos no pudieron contenerse más y soltaron cuanta lágrima quisieron. Luchaba por controlar sus sentimientos, pero estos eran salvajes y libres como las águilas.
Enterró su rostro en las rodillas para que sus sollozos no fueran escuchados. Y liberó su ser. Lloró la mayor parte de la noche y ya entrada la madrugada leyó cada uno de los mensajes que él le había escrito.
En el móvil se leían miles de frases como ¿cuándo quieres otro chapuzón?, ¿a la misma hora hoy?, y su último mensaje: Después del paseo quédate cerca y camina despacio. Todos escritos en su argot. Aún se preguntaba que significaba aquello.
Por qué quería verla después de volver.
Pero era una pregunta que no tendría contestación, él ya no la quería cerca. El deseaba que ella no existiera o su muerte. Pero ella no era la culpable de haber nacido así.
—No lo soy, ¿verdad? —se cuestionó ya más calmada.
No recordaba una época en su vida en la que se hubiera sentido más en casa, como cuando estaba cerca de él. Ni ahora con Max, él la hacía sentir en casa, sí, pero no era igual, se adaptó sin ninguna dificultad a él. Más no por ello sentía ese cariño que solo a Sam le profesaba.
Recordaba también cuando era niña y su padre la llevaba a volar cometas al parque. Él reía sin repararos y le contaba historias de chicos perdidos. Mientras su madre le repetía una y otra vez una frase, pero su memoria la había borrado con resentimiento.
Desde que se escapó por segunda vez, ella ni siquiera lo había notado y tan tranquila le dijo que por qué no se había quedado más donde esa amiga, parte de una historia falsa que ella le contó.
—Duerme Astoria —susurró Igor entrando a su habitación.
—Detesto mi nombre como no tiene idea.
—Nos tienes a todos despiertos, incluso tus amigos en el complejo sienten tu tristeza.
—Ellos me han de odiar —dijo con los ojos cristalizados.
—Bueno... no todos.
—Qué consuelo —ironizó—. Sam lo hace.
—Él despertará en algún momento. Tú deberás ayudarlo —y colocó su mano izquierda sobre la de la chica—. Déjanos dormir. Y hazlo tú también.
Tory dio otras cuantas vueltas antes de conciliar el sueño. Pero durmió como nunca antes.
En la habitación al lado de la suya, y en la sala, una lucha de sentimientos se daba. Quizá aquella tristeza no era suya, pero les hacía ir a un pasado que para ambos era prohibida.
—Muy buenos días —saludó cuando los nósdicos entraron a la cocina.
—Despertaste de buen humor hoy —apremió Igor.
—Lo que sea, comida y vuelvo a dormir —gruñó Max con los ojos hinchados del desvelo y el cabello desarreglado.
—Ya está. ¿Volverá al complejo? —le preguntó a su instructor.
—Paraíso ya no me necesita, cambiaré ambiente, pero seguirás bajo mi línea de mando —advirtió con los ojos acusadores—. Alain no quiere que te metas en más problemas.
—No creerá que yo los provoco, ¿cierto? —el hombre negó, sonriente.
El buen humor de la chica se le transfería con facilidad.
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