La tierra ha cambiado en los últimos 16 años. Una raza nunca antes vista ha surgido de la nada, son fuertes y repelen las balas, difíciles de matar y capturar.
Los llaman monstruos porque no pueden controlar...
Tony entró al despacho de una mansión a las afueras de la ciudad. Su ojo izquierdo se movió sin su consentimiento en un tic que duró unos segundos, hasta que otro hombre entró.
—Ponte cómodo cuñadito —dijo remarcando la última palabra.
—Habla de una vez.
—Quiero que te apresures, no importa qué, debe estar listo lo más pronto posible —el sonido del teléfono los interrumpió—. Quédense allí, ahora bajo —y colgó—. No te muevas —ordenó y luego salió rápidamente.
Tony hizo muecas raras imitándolo y luego se acercó al escritorio. Dos paquetes de hojas yacían sobre él, tomó el primero y en la hoja del frente se veía un nombre: Jennifer Raides. Y unas después, aparecían fotos de la chica, se le hacía conocida pero lo dejó correr. Las últimas fotos lo alertaron, se veía a la misma chica castaña, amarrada de piernas y brazos.
No daba una ubicación del lugar donde se encontraba pero tras el paquete estaba otra foto. Y en ella se veían a dos chicas, la castaña y una morocha abrazada a ella, sonriendo y con un par de gorros navideños. Era su hija. La reconoció a pesar de los años que llevaba sin verla. Tomó la foto y la metió en uno de sus bolsillos.
Antes de que pudiera revisar el otro paquete, los ruidos provenientes del corredor continuo al despacho llamaron su atención. Eran pisadas dirigiéndose a él. Puso los papeles en orden y se colocó en una silla, para fingir que nada había ocurrido.
—Dos semanas, profesor —dijo cambiando el apelativo por el que utilizaba cuando no estaban solos.
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—Pues yo voto por la serenata, es tan romántico —dijo Luke con una sonrisa de ensueño.
—No creo que le guste, ¿tanto sueño tienes? —opinó Zet.
— ¿Qué tal una cena? —Sam levantó una ceja, incrédulo—. Ya sabes a las chicas les encanta que las lleves a un lugar donde puedan sentirse atendidas.
—No creo que le guste. Y no creo que sepas algo de chicas, Milo —dijo Zet.
—Un ramo de flores —comentó Thomas.
—No creo que le guste —repitió Zet.
—Entonces señor genio, conocedor de chicas y experto en el tema, dinos cuál es tu consejo —dijo Luke ya harto.
—Secuéstrala.
— ¿Qué? —dijeron al unísono.
—Es obvio que está captando ideas equivocadas, muéstrale que lo que sea que siente es correspondido —dijo recibiendo una mirada de confusión por parte de los chicos.
— ¿Por qué es obvio?
—Josh tenía razón, esto es tonto —murmuró mirándolo—. Esto es todo, me rindo —y salió del salón.