Capítulo 17

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— ¡Hay no!, otro día así y me vuelvo loca —dijo Grecia al sentarse.

— ¿Qué pasó? —la curiosidad en el rostro de Zia era palpable.

—Cientos de chicos, mandaron a hablarme en la noche y tuve que levantarme para hablar con todos, ni siquiera he podido dormir... muchos chicos, muchas palabras y ¡Hay Dios!, si viene alguien más, juro que me vuelvo maga y me desaparezco.

— ¿Y... qué fue lo que sucedió? —murmuró contrariada Tory.

—No lo sé, ¿no lo sintieron?, yo no, hasta que me despertaron, era como una onda de tristeza. Se sentía tan lejana y cercana a la vez, que me volvía loca.

—Creo que ibas a volverte loca —ironizó Zia.

—Es serio —dijo fulminando con la mirada a la chica—. Y no fui la única, pregunta y verás que muchos lo sintieron también —aseguró con el rostro encendido.

Las chicas guardaron silencio al ver que el grupo de amigos se les acercaban.

— ¿Han visto a Sam? —preguntó Luke.

—No, desde ayer —y Tory la secundó con un asentimiento de cabeza.

—Nadie lo ha visto desde ayer en la noche, y Alain está preocupado, tampoco sabe nada y con todo eso de la onda, pues teme que haya cometido alguna locura —Aria la vio, no como normalmente lo hacía.

—Nos ha mandado contigo, dijo que podrías saber —opinó Oliver con timidez.

— ¿Lo han localizado en el móvil? —y Zia le enarcó una ceja.

—Eso es lo preocupante, suponemos que lo arruinó, porque no aparece en ningún aparato —dijo Luke con el rostro serio.

—Denme unos minutos, los llamaré —dijo Tory luego de salir a paso veloz.

Los chicos guardaron silencio unos minutos y luego volvieron a su mesa, donde Zet los esperaba relajado. Ya antes habían observado que él no movía ningún músculo por buscarlo, como si ya supiera donde estaba. Y como siempre, no pensaba decírselos.

Zia volteó al sentir una mirada sobre ella, Zet la observaba con una advertencia muda. Ella también debía dejarlo pasar. Y así lo hizo, conversó con Grecia hasta el final del desayuno. Esta última ya parecía menos intimidada con su presencia.

Tory conducía su moto a alta velocidad, viraba con gran maestría. Su destino no estaba cerca y debía apurarse. Era una breve sospecha, pero mejor lo buscaba allí antes que en cualquier otro sitio.

Trepó por el muro de la casa y con sumo cuidado pasó lejos de los jardines. La entrada a la casa se le dificultó, después de haber probado si las puertas cedían, botó una con toda la fuerza que consiguió reunir. Dentro seguía igual, como si nadie hubiera entrado, pero sobre un sillón yacía el móvil roto.

Salió y al estar en la calle, corrió como si la vida se le fuera en ello. Y sentía que se le iba.

Recorrió muchas calles aledañas sin dar con su paradero. Se detuvo a pensar y un minuto después golpeó su frente.

—Tonta —y se acercó a una señora que se alejó en cuanto la vio—. Vieja presumida —le gritó, la señora solo se volteó indignada a gritarle groserías de vuelta.

Un muchacho de ojos grises se le acercó.

— ¿Estás perdida?

—Algo así, ¿has visto a un chico de cabello negro, como de metro ochenta, musculoso y de ojos oscuros?

—No, bueno hay muchos chicos similares, ¿no te parece? —y a la chica se le encendió la mente.

—Iba triste, probablemente llevaba los ojos rojos o hinchados, la nariz roja y con el cabello un tanto largo y desordenado.

Cielos OscurosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora