¿Qué haces?

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A partir de ahí, pasar por Puro se convirtió en un ritual para Fer; esperarlo bajar siempre sonriendo siempre causaba la misma reacción: cada día le quería más. Con sus "buenos días" que cortaban su respiración; pláticas llenas de risas, choques involuntarios, miradas de Fer a las que Puro ya se estaba acostumbrando.

Todo ello había resultado en una sola cosa: no importaba qué estaba pasando exactamente, pasaba u pasaba sin nombre, son pretensión o planeación. Estaban juntos, pasaban el tiempo oyendo música juntos, consiguiendo entender que podría ser Fer el hombre que Puro necesitaba u quería hacérselo demostrar, porque creía que detrás de Puro, venían tantas cosas buenas que quería disfrutar son prisa alguna.

Por su parte, Puro jamás se aburría, Fer siempre tenía algo nuevo con que impresionarlo, una nueva experiencia o sensación que enriquecía su vida en la capital.

Lo mejor de aquello, es que a ambos la vida los había sorprendido al encontrar al otro. Se habían expuesto demasiado que ya no había marcha atrás, cada roce entre ellos hacía crecer cada día una flama imposible de apagar o ignorar.

-/-

Puro se aburría en sus clases de dibujo. El tedio lo tenía preso, que se dejó vencer por un momento, tanto para que la vibración de su móvil lo asustara, furtivo, lo sacó del bolsillo de su sudadera que tenía debajo de la enorme bata blanca.

|Sonríe! :)|

Algo que inevitablemente no pudo evitar hacer.

|te ves muy bien haciéndolo...|

Puro palideció, miró por la ventanas: no había señal de él, así que con una risa medio burlona estuvo a punto de contratarle pero...
|A que me has buscado. :P|

| así de especial te has creído?|

Respondió con una risa.

| sí. Sí desde el primer mensaje no has dejado de sonreír... |

Su sonrisa había acaparado ya todo su rostro que comenzó a reírse bajito para que nadie le oyera.

Esperó otro mensaje pero no. No hubo más y él no supo qué más decirle, así que el aburrimiento y fresco recuerdo de felicidad se apelmazaba en su cuerpo. Por fortuna, Santiago, el novio de Romina había llegado, anunciando el fin de la clase y mientras guardaba sus cosas veía llegar más y más chicos que pasaban por sus novias, demasiadas chicas ahora que lo veía, soltó un suspiro y salió ignorando todas las risa que sus amigas generaban porque sus novios pasaban por ellas.

Esperó a que doblara una esquina para preguntarle: - ¿Mal día? - recargado en la pared lejos de todos esos chicos.

Lo había conseguido. Era la sonrisa más grande que jamás le había visto y era por su sorpresa.

- Nando... - ¡madre mía! Cada suspiro con su nombre era el delirio de Fer, que lo hacia estar más cerca de esa realidad que crecía en su cabeza -. Pero... - señalando el aula, a todos, sin lograr entender nada.

- ¿Quieres comer? - Dedicándole la misma mirada, la misma sonrisa que poco a poco iba haciendo una merma en la cabeza de Puro, que no tenía más preguntas y no necesitaba respuestas.

- Sí. Eso sería...estupendo.

- Pues vamos - despejando el camino -, ¿qué tal la clase?...

Era fácil encontrar el momento de estar juntos, de sacarle una risa al otro, de hacer cualquier lugar una experiencia; el jardín botánico, el capricho; piruletas, barquillos...verbenas interminables. Tardes sin hacer más que charlar de viejos anécdotas en la mejor mesa de la teteria de don Justo. Que se había convertido en su centro de operaciones; donde planeaban sus salidas, donde veían pelear y reconciliarse a Renzo y Nacho infinidad de veces en ese mes y medio.

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