Pasaron unos días en los que me dediqué a hacer nada, dibujar y pensar en blanco. No había comido nada en ese tiempo y tampoco había salido de la casa, no tenía energías.
Una de esas noches me quedé despierta, tenía insomnio últimamente. Estaba lloviendo, la luna alumbraba las tristes casas y mostraba el agua desparramada en las tristes calles.
Me senté entre las cortinas y detrás de la ventana. Se notaba cómo el viento empujaba de un lado a otro las gotas que caían del cielo a tal ritmo que las hacía parecer bailarinas tan frágiles que si un objeto las tocaba, perderían su forma. Abrí la ventana un poco e introduje mi cabeza en ese estrecho espacio. Cerré los ojos, en ese momento el viento era lo único que oía, lo único que me pasaba por la cabeza, lo único que se olía, observaba como movía las nubes hacia un lado y hacia otro, y me mostraba danzas de las bailarinas que terminaban mojándome el rostro.
Aquella brisa de invierno hacía que no me sintiera tan sola.
Las bailarinas comenzaron a acariciar mis mejillas, pero en cuestión de minutos, me encontré con que aquellas frágiles niñas no venían del cielo, sino que brotaban de mis ojos; no tenía idea de qué me pasaba.
Sequé mis lágrimas, me recosté en mi cama pero no dormí.
El resto del tiempo me dediqué a no dormir y a observar la lluvia.
El lunes, al despertarme, noté que había dormido tres milagrosas horas. Me "preparé" para ir a aquel infierno, no quería que me llamen la atención por faltar; sumaría problemas que mi madre tan solo ignoraría.
Bajé las escaleras desganada –como siempre pero esta vez aún más-, preparé un café y me largué a la escuela.
Tomé mi skate y comencé a andar, la calle se encontraba repleta de bailarinas destrozadas en pedazos.
Miré hacia el cielo, en cualquier momento se largaría a llover.
Ya estaba a mitad de camino y las rodillas me comenzaban a doler, había mejorado pero todavía no podía forzarlas –aunque a pesar de eso lo hacía de todos modos-.
Una gota al suelo, ¡oh vaya!
Otra vez al suelo, espero que sea suave.
Tres más al suelo. Oh no.
Sobre los autos. No creo que sea suave.
Miré hacia arriba, el cielo ya estaba negro.
Llegué al colegio con agua hasta en el cerebro. El poco maquillaje que llevaba se me había desparramado por el rostro. Toda mi ropa, incluso mi ropa interior estaba cubierta de agua. Fui hasta mi casillero, no tenía ropa de repuesto. Me senté en el suelo, delante de una sucia pared y saqué todos los libros de mi mochila -o lo que quedaba de ellos-, eran como una masa de papel, no creía poder aprender mucho de ellos, -ya sea mojados o secos-. Así que me levanté y los deseché en el bote de basura. Escurrí la ropa que llevaba puesta sin quitármela de encima (sacármelas y escurrirlas tan solo dificultaría que me las vuelva a poner, además de que, antes de lograr ponérmelas nuevamente, ya me habría muerto de frío).
Hacía frío, y si seguía así me agarraría hipotermia, pero ya no me importaba ni mierda.
Las seis horas de colegio, en lo único que pude imaginar fue en qué pasaría si Clapton apareciese y me ayudase, al igual que lo había hecho cuando me había lastimado las rodillas. Sin embargo, no lo hizo.
De todos modos, no esperaba su ayuda.
Creí que había faltado, pero cuando pasé por el comedor, sin comida en mi bandeja ya que no tenía hambre últimamente, lo divisé sentado en una punta del lugar, en una mesa con uno o dos chicos más; por lo menos había hecho amigos. Mi estómago se revolvió al encontrarlo luego del tiempo que había pasado sin verlo –tiempo que, de alguna forma, pareció eterno-.
Volví a casa caminando. Mis medias y zapatos estaban inundados de agua que hacía ruido cada vez que daba un paso, la ropa interior se me había pegado al cuerpo.
Me senté al borde de la acera. Miraba al cielo, el cielo gris. Se acercaba un auto a toda velocidad, alejé mi rostro pero en fin, nunca hacía mal un poco de riesgo. Unos segundos después de haber pensado eso, aquel Chevrolet gris pasó por delante de mí tan rápido que salpicó un charco de lluvia sobre toda mi ropa, a pesar de que me había cubierto el rostro, fue inútil.
Yo era inútil.
Me levanté casi a rastras, pero no con la actitud que habría tenido hace unos meses, esta vez era una actitud a la que le faltaba ganas de vivir.
Tardé veinte minutos más en llegar a mi casa, estaba realmente cansada.
Llegué a mi "hogar", acto seguido dejé la mochila en el suelo, subí a mi cuarto y cerré la puerta; Buddy me esperaba sentado a un lado de la montaña de ropa –que, por cierto, era más alta que él-.
Estaba cansada, tenía hambre, me sentía inútil y estúpida. Siempre me había sentido algo así, aunque en ese momento el sentimiento era más fuerte, comencé a balancear la cabeza y casi sin darme cuenta quedé profundamente dormida.
ESTÁS LEYENDO
April's Diary // COMPLETO
RomanceLo único importante en su vida: su extremadamente depresivo diario, el rock, sus libros antiguos y su perro. Acostumbrada a alejar a cualquiera que se le acerque, una chica que le buscaba el lado malo a las cosas, que sin importar cuando, le buscaba...
