Quince

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Tenía el teléfono entre mis manos mientras temblaba. Diablos ¿en serio lo haría? Maldito Vicent.

Esperé unos segundos.

¿Bueno?

—G-Gerard.

El pelinegro se quedó callado un momento.

¿Frank? ¿en serio eres tu?

—Si...

—¿Qué quieres? 

—Mira...

Ya entendí. Sé que sólo soy una molestia en tu vida así que guarda esas palabras porque no quiero escucharte ahora. No necesito que me lo estés repitiendo todo el tiempo. Estoy harto —contestó molesto.

Auch.

—No cuelgues. Sé que esto no hace la diferencia pero... Vas a estar bien, ¿me escuchas? Estarás bien, sólo ya no te preocupes por mi. Odio todas las cosas que hago y también las cosas que te hice pasar, no puedo ordenar mi mente y eso te pasa a traer, no lo mereces. Es demasiado loco que te apegaras tanto a mi.

¡Ay ya cállate Frank! ¿podrías dejar de decir esas estupideces? Yo sé lo que hago y con quién lo hago, pero créeme que tal vez sí sea un imbécil como dices, sólo por quererte. Tú nunca sentirás lo mismo y yo seré el único que querrá lo mejor para ti. Trató de entender que no te importo, trato de meterme eso en la cabeza, que no es recíproco, así que, ¿podrías dejarme en paz? Quiero seguir trabajando.

Y colgó. 

Yo estaba estático, había tardado muchos días para tomar el valor y tratar de disculparme. Entonces me lavanté y estrellé el aparato en la pared. Me agarré la cabeza y tiré de mi cabello. Ya era demasiado tarde, sabía que no iba a arreglar mucho pero tenía que aceptarlo. Me tendría que resignar, tal vez no sería tan difícil.

Tal vez podría comprender su molestia.

Aceptaba que lo extrañaba, que mi "hogar" se sintió aún más vacío sin su presencia porque me había acostumbrado a tenerlo aquí todos los días, entonces me lastimó. En verdad lo hizo. Iba a pedirle hablar en persona, no me gustaba el hecho de usar mucho la vía telefónica cuando uno puede hablarlo frente a frente.

Pero ahora ni teléfono tenía.

Salí de casa y caminé, caminé hasta llegar a un parque. No lo reconocía bien, había ido demasiado lejos y aunque la noción del tiempo no la tenía no me preocupé en lo absoluto. Parecía un jodido zombie, estaba muerto en vida y no hacía nada.

Me detuve y vi a un niño sentado en una banca, estaba ¿solo? No había nadie a su al rededor. Me acerqué y él me vio, me examinó más bien. Mierda, no quería que pensara que era un pedófilo o un secuestrador, ¿que hacía?

—Hola —dije dudoso.

—Señor váyase, no quiero ser robado.

Fruncí el ceño y me senté.

—No haré eso, ¿estás solo?

—Ajá.

—¿Por qué?

Aún no estaba convencido de mi presencia. Pero tomó una actitud más moderada. Lo tenía que comprender, los niños no debían hablar con extraños.

—Huí de casa —dijo encogiéndose de hombros.

Se hizo más hacia atrás y abrazó sus piernas, me sentí mal por él.

—¿Qué ocurre? ¿estás bien?

—No, estoy harto. Mis hermanos son unos idotas y comenzaron a discutir con mis papás, sólo quise salir para no escucharlos.

—¿Qué edad tienes?

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