Cuando la última rosa se marchite

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Narra Rama

Eran las seis de la tarde, llevaba seis horas durmiendo y ni por hambre ni por dolor se despertaba. Seguramente estaba agotada por el tremendo esfuerzo que hice. Le cambié nuevamente la toalla, como hacia cada media hora, por otra más fresca. Esto parecía surtir efecto, ya que la fiebre había bajado, no demasiado, pero sí que estaba mejor que antes.

Salí de mi habitación y dejé la puerta entre abierta por si me llamaba poder escucharla. La miré por última vez desde el umbral de la puerta, como descansaba plácidamente con sus cabellos rubios reposando en la almohada. Sonreí ante la imagen y me fui de allí. Bajé las escaleras y fui al sofá junto a mi hermano.

-¿Cómo está?.-Preguntó.

-Algo mejor. En cuanto despierte le daré los analgésicos y le calentaré la tila.-Contesté.

-No me puedo creer que haya venido en estas condiciones y encima andando, hasta aquí. Sólo por ti.-Murmuró sin apartar su mirada de la televisión.

-Está así por mi culpa. Yo pensé que tu y ella estabais...¡agh!.-Pasé mis manos por mi cabello.

-Tranquilo, es algo normal.-Suspiró.

-¿Y a ti? ¿Qué te preocupa tanto?.-Arqueé una ceja.

-No losé. Bueno sí.-Cambió en cuestión de segundos la opinión.-Entre nosotros no hay secretos...-Dijo.

-No.-Negué con la cabeza.

-Bueno...es Micaela.-Soltó, yo lo miré confuso.-No es que esté enamorado, esa época ya pasó.-Aclaró, pero sonaba como si él mismo tratase de convencerse de aquellas palabras.

-¿Entonces?.-Fruncí el ceño.

-No sé siempre hubo algo...es raro. Siempre nos peleamos, tenemos opiniones totalmente distintas, pero es como que no sé, me atrae. Esa atracción física nunca se fue.-Explicó.-Estoy enamorado de Flor, por eso me choca tanto esto.-Me miró esperando mi repuesta.

-No es raro. Puedes estar enamorado pero eres humano, la atracción física siempre va a estar, y más con alguien que casi llegas a tener algo, te atrae más aún por que está el ''y sí hubiera...''.-Expuse mi opinión.

-Supongo, me quedo más tranquilo si te lo digo. Eres mi hermano.-Aseguró.

-Estás demasiado sensible ¿te han abducido los aliens?.-Reí.

-Una vez al año no hace daño, hijo.-Me guiño un ojo.

-Eres un idiota.-Negué con la cabeza sonriendo.


Narra Mica

Me desperté y noté algo húmedo en mi cabeza. Me llevé las manos a esa zona y note con el contacto algo suave, era una toalla. Me incorporé en la cama y miré a mi alrededor. Esta no era mi casa, no era mi habitación. Hice memoria y recordé como había acabado aquí.

-Ramiro...-Susurré. Me senté en la orilla de la cama y puse poco a poco los pies en el suelo, el cual comparado con mi temperatura corporal estaba helado.

Finalmente me levanté y salí de la habitación. Recorrí el pasillo con paso lento, no tenía muchas fuerzas. Bajé las escaleras aferrada a la barandilla y cuando estaba apunto de terminar de bajarlas las miradas sorpresivas de los mellizos se clavaron en mi.

-¿Qué haces aquí? deberías haberte quedado en la cama.-Habló primero Nacho. Yo desvié la mirada para buscar los ojos de Rama, el cual aún no emitía sonido alguno.

-Rama...-Lo llamé.

-Tranquila, voy a darte unos analgésicos y una tila y bajaremos esa fiebre.-Sonrió cálidamente. Era tan atento y amable.-Sube con cuidado y espérame en la habitación, voy a prepararte algo.-Finalizó. Yo asentí con una débil sonrisa, lo máximo que me permitía el cuerpo, ya que cada músculo de este me dolía.

Acto seguido volví a aferrarme a la barandilla y seguí el camino realizado anteriormente pero esta vez para volver a la habitación. Me senté en la cama recargando mi espalda en el cabecero. Miré alrededor y respiré profundamente. Olía a Ramiro, su fragancia era tan familiar para mi. Cada segundo que pasaba en su habitación sin él pensaba que estaba con él a mi lado. Cada segundo trata de fingir que no lo había perdido por esa estúpida confusión. Él me mantenía segura y reconfortada incluso cuando estaba lejos de todo lo que me era familiar, teniendo nada más que el olor de su fragancia.

Cuando estaba en mi habitación sola no dejaba de pensar en él, y en todo lo que hacia por mi. Recordaba como me hacía suya con tanto amor en mi cuarto, mi cuerpo sabía que él ya había estado ahí, y cuando la noche caía y tenía que dormir sola sin él, me costaba, y las pesadillas volvían.

-Aquí estoy.-Dijo entrando por la puerta. Entre sus manos traía una bandeja blanca impoluta, con una especie como de patitas para poder apoyarla en la cama. La miré y tenía una tila, las pastillas y unas tostadas.

-Gracias.-Aparté la vista de la bandeja que había colocado sobre mí y lo miré a él, que estaba a mi lado sentado, en la orillas de la cama.

-Primero toma los medicamentos, necesito verte mejor ya.-Suspiró. Yo hice caso, moví con la cucharilla la tila, me metí una pastilla en la boca y luego le di un sorbo a la infusión.

-Ya está.-Lo miré fijamente, él no dejaba de sonreírme.-Yo...-Suspiré.-No sé que hacer para que me creas, pero yo no lo besé.-Lo miré suplicando que me creyera.

-Ya me lo ha contado Nacho. No debía haber reaccionado así.-Posó una de sus manos en mi pierna, la cual estaba cubierta por la sábanas, pero aún así pude sentir su contacto lo cual me hizo bien.

-Yo hubiera reaccionado probablemente peor con el temperamento que tengo.-Suspiré.-He visto que tu guitarra ha sufrido las consecuencias.-Sonreí levemente.

-Sí...he llamado a mi madre y me ha dicho que hasta que no se olvide no piensa comprarme otra, y por supuesto que ni se me ocurra comprármela de mi dinero. Estoy castigado por no controlar mis ataques de ira.-Rodó sus ojos.

-¿Entonces Nacho? si tu eres el relajado.-Reí.

-Por eso, cuando hago algo es más tipo ¡Oh por Dios Ramiro cómo puedes!.-Imitó la voz de su madre.

-Gracias por todo.-Sonreí tiernamente mientras lo miraba.

-Tengo algo para ti.-Me dedicó una mirada cómplice.-Espera.-Se levantó de la cama y salió de la habitación.

A los pocos segundos entró nuevamente con sus manos en la espalda y sonriendo. Se acercó  hasta mi y se sentó donde hace unos segundos estaba.

-¿Y bien?.-Sonreí divertida.

-Es para ti.-Quitó las manos de su espalda y pude ver un hermoso ramo de flores. Este era algo diferente al del hospital, la rosas eran azules eso sí, pero el ramo era mucho más grande y entre las rosas había algunas florecillas blancas que decoraban el ramo más aún.

-Es demasiado...me cuidas, me dejas en tu casa, y encima esto.-Lo miré sin poder creerlo.

-Cuando se marchite la última rosa, será cuando deje de estar a tu lado, luchando por obtener un ''sí, quiero estar contigo''.-Sonreí.

Miré bien las rosas, parecían frescas y normales, quiero decir las típicas rosas de floristería que por muy caras que fuese no tenían de vida más de dos semanas. ¿Quería decir que tenía de fecha limite dos semanas? me entristecí al ver el margen que me daba, me sentía como con presión. Y aunque las rosas fueran de esas que están tan de moda y tratan de imitar a las de la bella y la bestia, ''rosas eternas'' no es que tampoco lo sean, ya que duran un año o como máximo dos.

Me sentía como una simple novedad, lo bonito se acababa de esfumar.

-¿Qué pasa? ¿No te gustan?.-Fruncí el ceño.

-Es que...no quiero que se marchiten.-Lo miré triste.

-¿Por que no las acaricias?.-Sugirió.

Pude contar que había treinta rosas. Pasé mi mano por cada una de ellas, todas tenía la misma textura que la anterior, de rosa natural, recién cortada. Hasta que llegué a una que tenía un tacto diferente. La palpé bien y pude ver que era de un material artificial.

-Es de plástico...-Susurré ante la belleza y lo bien conseguida que estaba ésta.

-Exacto, nunca se va marchitar.-Me miró con una enorme sonrisa.

Silencio ; RamaelaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora