John, 1

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John vuelve a casa después de una larga jornada de trabajo. Sube desganado las escaleras hasta llegar a su habitación para dejar la carpeta antes de volver al primer piso y entrar en el salón, el cual estaba en penumbra y totalmente a oscuras, tal y como lo había dejado antes de irse.

Sherlock salió la noche anterior con Irene Adler. El pintalabios rojo sangre en la frente del detective fue lo único que necesitó para saber que quedó con de La Mujer, porque dudaba que lo hubiese hecho con Molly. ¿Con qué otra mujer habría quedado? Sólo podía ser ella. Su compañero de piso no llegó muy avispado, y necesitaba descansar.

Sherlock cayó en redondo nada más llegar anoche. John le echó una manta por encima para que no cogiera frío y se quedó un rato observando cómo dormía. Quitando la irritable marca de pintalabios de su frente, el gesto de Sherlock estaba relajado y descansaba plácidamente. John se acercó un poco a él; el aliento le apestaba a vino, pero no se apartó durante un buen rato. Faltaban milímetros para que sus narices se tocaran, pero aunque sabía que Sherlock no se despertaría si llegaban a entrar en contacto, no quiso tentar a la suerte. Le colocó con cuidado unos mechones de su pelo oscuro y rizado en la frente que taparan la desagradable forma alargada y roja de los labios de Irene Adler y se fue a dormir.

La Mujer vuelve a su cabeza mientras lo mira ahora. Refunfuña; está celoso, por supuesto, y enfadado con Sherlock. Decide poner fin al sueño del detective, quien está durmiendo hecho un ovillo, con la cara mirando al respaldo del sofá y la manta enrollada al cuerpo y tapándole de la barbilla a los pies.

John suspira y se acerca a la ventana, corriendo las cortinas y abriéndolas de par de par para que el sol entrase por completo en la habitación y le diese de lleno en la cara a Sherlock.

— ¿Pero… qué? —Sherlock abre los ojos con gran dificultad; las legañas habían pegado sus párpados y le cuesta ver con claridad con la luz dándole directamente en la cara—. ¿No podías haber sido un poco más delicado?

— ¿No podías haber avisado de que salías? Me voy un par de horas y te vas de copas.

— ¿De qué hablas? —sin darse cuenta se da media vuelta en el sofá y cae de bruces en la alfombra—. ¡Ah! ¿Qué es este infernal martilleo en mi cabeza? —se lleva una mano a la frente y arruga la cara. Cuando se la quita, ve que tiene en sus dedos manchas de rojo—. ¿Y esto qué es?

—Ese dolor de cabeza se llama resaca —dice el doctor con una sonrisa en los labios, la cual se torna a un gesto serio mientras le ayuda a levantarse—. Y eso… se llama pintalabios, de la señorita Adler, supongo —se cruza de brazos y le mira con compasión—. ¿No te acuerdas de nada?

—De algo…

Sherlock no acostumbraba a beber. <<Ahora que sufra las consecuencias>>, piensa John.

Suspira de nuevo. No quería profundizar más en la cena de Sherlock con Irene, y menos con él en ese estado.

Ve cómo su amigo se debate entre dejarse caer hacia atrás en el sofá y descansar un poco más o ir a la cocina y tomar un té acompañado de unas pastillas para el dolor de cabeza. Sherlock se deja seducir por la segunda opción, pero antes va despacio al sillón donde tiró su abrigo cuando llegó a casa. Había algo en el suelo.

El doctor se acerca por detrás y se asoma a curiosear. Era un pequeño papel rectangular con la palabra ‘’Abril’’ escrita con una pluma de tinta morada. No había firma, pero era una letra elegante, uniforme y alargada. Claramente de mujer.

<<Genial. No hace falta ser el único detective asesor del mundo para deducir que Irene quiere jugar >>. John pone los ojos en blanco, resopla y se dirige a la cocina para prepararle algo a Sherlock.

—Venga, ven. Voy a darte un par de pastillas y a la cama. Va a perder un preciado día de trabajo, señor Holmes. Tú te lo has buscado.

Sherlock se desploma en una silla. Tiene todavía la nota entre sus manos, examinándola de arriba abajo e intentando averiguar algo sobre ella, pero es inútil por su dolor de cabeza. Se levanta de nuevo y la deja en la chimenea, junto al correo ensartado por el cuchillo.

— ¿Tienes alguna idea de lo que quiere decir? —le pregunta a John mientras se mira en el espejo que había encima de la chimenea y se quita con efusividad la mancha roja de la frente de una vez por todas.

—No lo sé —responde John seco. <<Ni me importa>>—. Pero ahora no te preocupes por eso. Toma.

Sherlock vuelve a la mesa, aún con la manta enrollada al cuerpo, y se toma las pastillas y el té. John le está mirando desde el otro lado de la mesa mientras saborea una taza de café.

— ¿A qué viene esa mirada acusadora?

— ¿No podías mandarme un mensaje de que salías, o algo?

—No eres mi niñera, John.

— ¿Tú crees que está bien quedar con Irene Adler, que te engañó, utilizó y mintió? —pregunta elevando un poco el volumen de su voz.

—Si supieras que fue ella la que me ayudó a salir de Inglaterra para manteneros a salvo —el detective hace un gesto de desagrado con la mano para que John baje el volumen—, no dirías eso.

—Esa respuesta no me vale —aparta la mirada—. Pero, ¿sabes qué? Me da igual. No voy a ir detrás de ti.

Habían pasado tres años y seguía sin gustarle hablar de ello, porque sufrió cada día que Sherlock no estuvo con él. <<El día que se dé cuenta de lo doloroso que fue para mí, para todos, que se fuera —piensa mientras le da un sorbo a su café—, entenderá el porqué de que me preocupo tanto por él. Quizá ni siquiera llegue a darse cuenta y tenga que decírselo yo>>.

—Ya te he dicho que no eres mi niñera —replica Sherlock.

John deja la taza de café en la mesa. No quiere seguir hablando, y tampoco quiere descubrir si Sherlock es más cabezota sobrio o ebrio.

—Vete a la habitación a dormir.

—No quiero irme a dormir —dice Sherlock mientras se recuesta en la mesa de la cocina.

—Ya te he dicho que tienes que descansar y reponer fuerzas. Recuerda este día como el día en el que pillaste tu primera resaca y no lo olvides nunca para que no se vuelva a repetir. El mundo no puede estar sin su único detective asesor.

The Man Who Can [Sherlock BBC Fanfiction] (Parte II)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora