Jim, 5

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Un abrumador y abrasador calor recorría todo el cuerpo de Jim. Era como si sus pesadillas lo estuvieran quemando vivo. El sudor frío de la frente corría lentamente hasta derramarse a los lados. Una expresión suplicante se esbozaba en su rostro. Tenía la sensación de que no eran pesadillas en lo que ahora estaba sumergido, sino recuerdos olvidados que sin explicación alguna su mente veía oportuno recuperar ahora. En ellas no ocurrían cosas malas que le hicieran tener miedo, pero le daba pavor estar atrapado en su propio cuerpo y representando escenas de las que él no tenía constancia haber vivido, escenas en las que parecía un maniquí cogido con hilos y movido por otra persona totalmente opuesta a él.

— ¿Qué estás haciendo? —Jim, con una voz aniñada y revoltosa, abraza a alguien por detrás, un hombre alto y rubio.

Jim tenía claro que era imposible que fuera él. Él no se comportaba así, nunca lo había hecho. Todo era una treta del subconsciente.

— ¿Tú qué crees? —La voz de Sebastian hace que Jim de un respingo en la cama y gime de nuevo cuando el rubio se da la vuelta y le sonríe—. Cosas de trabajo. Cosas aburridas para ti.

— ¿Luego vendrás a ver la tele conmigo?

Era imposible que estuviera diciendo esas cosas, pero por otro lado, es como si supiera lo que dice. Aunque el francotirador fuera suyo, de su propiedad, nunca le hablaría así, era ridículo. Aunque lo único que quiere ahora es despertarse y desprenderse de todo eso, una parte de él no se sentía a disgusto reviviéndolo.

—Sabes que sí —contesta Seb.

Jim nota que las comisuras de su boca se estiran, esbozando una sonrisa. Una sensación embriagadora de felicidad llena todo su ser, haciéndolo sonreír aún más.

—Muy bien —dice—. Te quiero. ¿Lo sabes?

Sebastian se acerca a él y lo besa con dulzura. Jim nota un revolotear dentro de él agradable. Aunque nunca se habían besado así, su otro ser, el que quiere seguir viendo eso, lo disfruta. Era suave, lento, sin ansias de devorarse, simplemente dejando pasar el tiempo.

—Lo sé, Rich.

Quiere gritar después de oír ese nombre, pero no puede. Se da la vuelta y se dirige a lo que parece ser el salón con paso vivo y alegre. Jim reconoce el entorno vagamente al recorrerlo; los muebles viejos, las revistas de la mesa del té, la televisión, la escalera, el pasillo… Era esa casa, esa diminuta casita; estaba en Cardiff.

Su corazón se apacigua y late con normalidad, porque ese sitio le transmitía paz y tranquilidad. Jim recuerda cuando Seb entró por la puerta un día y él le preguntó qué demonios había pasado y qué hacía ahí. Al pensar en eso, tiene más claro que son recuerdos que su cerebro había guardado bajo llave, era uno de los momentos que había vivido después de pegarse el tiro en la azotea del Barts, pero que no los recordaba… hasta ahora.

Un fulminante fundido en negro, y Jim se sitúa ahora acostado en la cama, entre las blancas sábanas de una habitación de paredes azules. A su lado, de nuevo Sebastian, sonriendo y jadeando cada vez con menos ganas, exhausto. Jim nota la respiración de su cuerpo también agotada y profunda. Sus ojos recorren el cuerpo desnudo de Sebastian, y pasa su mano desde el bajo vientre hasta llegar a la mejilla del francotirador. Jim recuerda el tacto, pero no porque era algo que hacía a menudo con Sebastian (¿signos de cariño entre ellos? Bah), sino una vaga sensación de esos días de cómo recorría con su mano su torso, y cómo se le erizaba el vello al hacerlo, y recuerda también lo mucho que le gustaba hacerlo, y que lo había hecho tropecientas veces y todavía sentía la misma emoción que la primera vez que lo hizo.

Todo se estaba volviendo muy real. Pequeños flashbacks aparecen de repente, situaciones de todo tipo, y la sensación que tiene al recorrer esos momentos fugaces se convierte en un sentimiento más que real, hiperreal: recuerda cuando se entristeció en el momento en el que Seb quiso cruzar la puerta principal de la casa para no estar con él, y cómo le besó después de que se le declarara al francotirador, la primera vez que entró en la casa y lo mucho que le gustó, la primera vez que vio a Sebastian en el hospital después pegarse el tiro en la cabeza…

En la cama del recuerdo, Seb lo arrima a él lentamente hasta que están tan cerca que pueden notar la respiración del otro. Se funden en un beso del que luego se separan para darse otro más corto.

Lo que más miedo le está dando a Jim no es recuperar esos recuerdos, y ahora no le embarga un sentimiento de furia hacia Sebastian por haberse aprovechado de esa situación y después ocultarle todo lo que había pasado, sino que muy en el fondo algo dentro de él era feliz con todo eso, con esas muestras de cariño, con esa vulgaridad. No lo soporta. Él no es así, y se tranquiliza un poco pensando que no era consciente en ese momento y que nunca sentiría la necesidad de volver a comportarse así.

Por fin su subconsciente cree que ya ha visto suficiente, abre la puerta de su mente y deja que Jim salga. Empapado en sudor y con los ojos abiertos como platos, mira a todos lados y niega con la cabeza, incrédulo.

—No… No… No puede ser…

— ¿Por qué no? —La voz infantil e inocente de Rich resuena en su cabeza en eco, muy lejana, como si todavía no hubiera despertado—. Lo disfrutabas. Ahora lo recuerdas, ¿verdad?

The Man Who Can [Sherlock BBC Fanfiction] (Parte II)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora