Irene, 5

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— ¡Basta! ¡Para! —suplica a gritos el cliente, atado de pies y manos en la cama.

Irene chasquea un par de veces la lengua.

—Ah, ah, ah. —Mete la parte delantera de la fusta en su boca—. A mí nadie me manda parar.

El sonido de la fusta chocando con la carne desnuda e irritada y los gritos desesperados del cliente resonaron durante media hora más. Mientras le desataba y le tiraba a la cara la ropa, se acercó a él y le cogió con fuerza la barbilla.

—Si no eres capaz de aguantar esto, no hagas que pierda mi valioso tiempo.

El hombre salió furtivo de allí. Cuando Irene oye la puerta de la calle, se sienta en el borde de la cama. Kate pasa al rato a la habitación.

—Cancela la cita de esta tarde y que esa niña llorona no vuelva a molestarse en venir por aquí —le ordena La Mujer.

La chica obedece rápidamente. Al momento Irene se mete en la bañera.

Lo más excitante que hacía ahora Irene era ver muy de vez en cuando a Sherlock para intercambiar o darle información. En ningún momento le mencionó lo de la nota, ya que Sherlock nunca sacaba el tema. Ella no daría el primer paso, y llevaba un año sin recibir señales de interés en su pequeño juego. La culpa era de Sherlock y su orgullo.

Lo demás era trabajo y apenas salir de casa. Gracias a Kate se entretenía y relajaba de tantos clientes suplicantes de placer, y a la que había decidido empezar a inculcarle el arte de ser dominatrix.

El apacible silencio de la casa se vio interrumpido por el timbre de la calle y los tacones de Kate contra el parquet en el piso de abajo. Irene apoya la cabeza en la puerta del baño y escucha.

— ¿Sí? —pregunta Kate por el telefonillo—. U-un momento.

Oye cómo se abre la puerta de la calle. Se pone una bata que estaba colocada en una percha del baño y sale a la habitación. Kate entra un poco nerviosa.

—Señorita Adler, ha venido a verle… Moriarty. Dice que baje inmediatamente.

Se ciñe la bata y coge la fusta. Le extrañaba la visita, ya que Jim llevaba un par de semanas sin hacer acto de presencia por su casa, y ahora ella no estaba de humor para nada.

Baja las escaleras y lo encuentra mirándola fijamente.

— ¿Cómo le va a la dominatrix más bella del mundo?

—Espero que mejor o igual de bien que al asesino consultor más famoso del mundo —contesta, pasando por su lado y dirigiéndose al salón—. ¿Qué haces aquí?

— ¿No me ofreces ni una taza de té?

Irene hace un gesto con la mano algo forzado para decirle a Kate que traiga una bandeja con té. La joven vuelve a los pocos minutos y cierra detrás de ella las puertas del salón, dejándolos a solas—. Hoy no estoy de humor, Jim. ¿Pasa algo?

Jim coge su taza de té y bebe despacio, mirando cada rincón del salón. Tarda un rato en contestar, desesperando a Irene, que resopla y se cruza de piernas mientras agita la fusta al aire.

— ¿Has cambiado la decoración de la casa? Veo algunas cosas cambiadas desde la última vez que vine. —Señala un cuadro a la derecha de Irene—. Eso por ejemplo no estaba antes ahí. ¿Es un Luchian?

Se estaba yendo por las ramas, y eso no era buena señal.

— Jim, querido, no estoy para juegos.

Jim vuelve a no prestarle atención. Irene suspira y mira hacia otro lado. Había cancelado su cita de la tarde porque estaba cansada, y la visita de Jim era inesperada e innecesaria. Quería saber por qué estaba ahí cuanto antes para que se fuera y la dejase en paz.

The Man Who Can [Sherlock BBC Fanfiction] (Parte II)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora