11. El comienzo de lo inevitable

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Una vez que la falta de oxígeno se hizo presente en sus agitados cuerpos, los recién casados tuvieron que separarse...

Mientras Zelda recuperaba el aliento, asimilaba poco a poco lo que acababa de suceder. Sentía que iba a caer de rodillas del impacto por haber sido besada de esa manera, y por más que su mente se lo negaba, su corazón y su cuerpo reaccionaron al beso del príncipe. Fue demasiado intenso, donde sus lenguas se acariciaron con un deseo angustiante, haciéndola estremecer en sus más profundas pasiones; le costaba aceptar que sentir los labios de su esposo devorarla con pasión le hicieron perder la razón, al punto de doblegarse ante él.

Link, por su parte, se encontraba en la misma situación de su esposa, trataba de recuperar el aliento que perdió al tener aprisionada su boca con la de ella. Se desconoció a sí mismo por haber perdido el control de la situación, pero al tenerla tan cerca no pudo evitar besarla a la fuerza; era un deseo que tenía reprimido desde hace mucho tiempo, y una vez que pudo realizarlo no quiso detenerse.

Los labios de Zelda estaban totalmente pálidos debido a la presión que Link ejerció sobre los mismos al besarlos de forma tan poco delicada. Rozó la comisura con la punta de sus dedos y pudo notar una sombra de sangre en ellos; sin querer, su esposo se los había partido, pese a que no sentía dolor alguno al respecto. El joven, al ver lo que había causado, se preocupó en sobremanera.

- ¡Déjame ver tu boca, por favor! – pidió angustiado.

La princesa aún no salía del trance, así que no tuvo oportunidad de decirle que se aparte, además que en el fondo no deseaba hacerlo, pues sentirse cuidada por él era un hermoso encantamiento.

El joven sacó un pañuelo para limpiarle la diminuta herida de sus labios, se sentía muy culpable y avergonzado por lo sucedido.

- Lo lamento, creo que fui demasiado brusco. – dijo apenado.

Esa herida había sido provocada por la manera tan salvaje en la que la joven había sido besada, su esposo la había mordido sin darse cuenta; pero lo que más escalofríos le provocó a su confundida mente, fue ver que no le molestó descubrir esa lesión en sus labios, más bien una inmensa excitación en su ser y deseos vehementes de sentir más apasionantes experiencias. Eso la hizo sentirse asustada, pues en toda su vida jamás había perdido el control de sus emociones; desde niña se le enseñó que una princesa debía mantenerse serena y nunca perder el control de sí misma, y mucho menos delante de un hombre, pues era algo de mal gusto.

Link la abrazó al ver que la había lastimado, mientras que ella le correspondió de la misma manera, pero al saberse vulnerable de caer en sus propios deseos, la máscara de la indiferencia volvió a cubrirla entera, así que inmediatamente se apartó de su esposo y lo miró a los ojos con frialdad.

- ¿Qué pasa? – preguntó extrañado con la repentina separación.

- ¿Por qué me besaste? – preguntó ella en tono serio.

El príncipe, entristecido, la miró a los ojos antes de decidirse a responderle, mientras que su corazón latía de forma acelerada. En ese momento, le nació un enorme deseo de confesarle a su esposa sus sentimientos, quería decirle que la besó porque la amaba y deseaba con inmensa locura, pero al ver la mirada fría que ella le ofrecía, prefirió cambiar su respuesta con una actitud arrogante, por miedo a salir lastimado.

- Me dijiste que debo comportarme como un verdadero hombre, pues espero que con ese beso ahora hayas despejado tus dudas.

Ella esperaba escuchar otras palabras, unas que desde el fondo de su corazón había querido desde siempre. Se sintió una ilusa al haberse ilusionado con esa idea, así que, dejándose llevar por la pena, le contestó con sarcasmo.

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