Dioses griegos, Dioses Nórdicos y Dioses Egipcios se reúnen en el olimpo para acudir a una importante reunión en el que Zeus es el anfitrión.
Dioses entre Dioses llaman a al amor
Cúpido tendrá mucho trabajo
Sucesores que pasan a ser Dioses y amores...
Kise despertó de golpe sin saber la razón de eso. Se levantó de la cama y observó el cielo oscurecido aún por la noche.
Se bañó, cambió, peinó y comió, para luego salir al patio y llevarse la gran sorpresa de ver a Seiya ahí. Esperándolo.
-...¿Qué haces aquí, precioso? —Acarició la melena del animal que al verlo, relinchó.
-...Ahhh...Que sueño...—Se puso alerta al escuchar ese bostezo.
-...¡¿Quién es?! —Preguntó temiendo por la seguridad de sus acompañantes.
-...Shhh...Aún están durmiendo...—Observó como cerca de él, un joven rubio aterrizaba. Poseía grandes alas doradas, su melena larga y preciosa, la poca tela que cubría su cuerpo, y el arco y flecha que llevaba tras su espalda.
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-...¿Quién eres tú? —Relajó su postura al ver que se trataba de uno de los suyos.
-...Ah cierto, eres el nuevo...—Rió un poco y se acercó a estrechar su mano—...Yo soy Artemisa...—Kise abrió sus ojos con sorpresa. Frente a él estaba un chico ¡Un chico!—...Nacido bajo la estrella Shutoku...—Señaló el punto brillante en el cielo—...Miyaji Kiyoshi, un placer Apolo...—Le sonrió.
-...Kise Ryota...—Se presentó el rubio mientras le miraba de arriba abajo—...Eres un chico ¿No?
-...¿No se nota? —Se miró de arriba abajo confundido—...Bueno sí, soy un chico...—Rió—...Ay que cansado estoy...—Bostezó.
-...¿Porqué no vas a dormir? —Kise ladeó el rostro mientras se lo preguntaba.
-...Obvio, vengo por mi relevo...—Tocó su hombro—...Buena suerte...—Dicho esto, extendió sus grandes alas y se fué.
Ryota parpadeó un par de veces y entendió todo.
-...¡Claro! ¡Qué imbécil soy! —Se palmeó la frente—...¡Soy Apolo! ¡Debo levantar el sol! —Se apresuró a subir en el pegaso—...¡Vamos Seiya! ¡Arreee!
Y él y el Pegaso se perdieron en el, aún, oscuro cielo.
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-...Moo~ Por fin terminé...—Gruñó molesto mientras se adentraba en su templo. El azul del cielo empezaba a tornarse más claro, símbolo de que el sol no tardaría en salir.
Su cuerpo brilló y perdió su transformación al instante. Sintió su cuerpo aún más agotado de lo que estaba y se llenó de gozo cuando su cuerpo colapsó en las suaves cobijas de su cama.
Bostezó con una sonrisa y se dejó caer en sus propios brazos.