El gran viaje estaba programado para tres días después de haber recibido la noticia, pero ______ no volvió a llamar en todo ese tiempo. Cuando ya habíamos afinado los últimos detalles y comprado los boletos, intenté comunicarme con ella por mi cuenta, aunque no obtuve respuesta ni devolución de llamada.
Ahora, el avión comenzaba a descender sobre San Francisco, Estados Unidos. El murmullo de los pasajeros y la voz metálica del capitán anunciando el aterrizaje llenaban la cabina. A mi lado, Bura bostezaba con pereza. Durante el viaje me había pedido que le enseñara algunas frases en inglés, pero al cabo de unas horas se aburrió y terminó durmiendo profundamente.
—Vamos —ordené mientras me levantaba del asiento—. Ya llegamos.
—Espero que ______ nos esté esperando —comentó Bura, dejando caer su maleta al suelo con desgano.
—Hablando de eso... ¿tienes la dirección, Mamá?
Ella asintió con seguridad.
—Mirai me la escribió aquí, junto con algunas indicaciones. —Sacó de su cartera un papel cuidadosamente doblado y nos lo mostró.
Tras recoger nuestras maletas, nos dirigimos hacia la salida del aeropuerto y tomamos un taxi. Yo mismo le dicté la dirección al chófer y le di las instrucciones que Mirai nos había dejado escritas. El trayecto no fue largo, pero el silencio dentro del vehículo dejaba entrever la mezcla de nervios y expectativa que todos compartíamos.
Al cabo de un rato llegamos al edificio de ______. Era moderno y elegante, con grandes ventanales que reflejaban la luz del atardecer. Subimos al ascensor, y mientras los números ascendían uno a uno, sentí cómo los nervios se apoderaban de mí. Un sudor frío recorrió mis manos, que se aferraban con fuerza al asa de mi maleta.
El ascensor se detuvo al cabo de un minuto, y al salir nos encontramos frente a la puerta de su departamento. Mi respiración se volvió pesada. Mamá fue quien tocó el timbre, y a los segundos, la puerta se abrió. Allí estaba ella: ______. Parecía sorprendida de vernos, y con un gesto torpe se limpió la boca, como si acabara de interrumpir su comida.
—______... —murmuró Mamá con voz temblorosa antes de lanzarse a abrazarla.
⋯⋯⋯⋯⋯⋯
La joven correspondió de inmediato y luego se apartó ligeramente, permitiendo que su madre la contemplara con ojos brillantes.
—¡Wow! ______, estás más grande... ¡y más hermosa que nunca!
Ella se sonrojó, bufando con leve incomodidad.
—Claro que sí... —respondió en un intento de parecer despreocupada.
—¡Hermana! —exclamó Bura, abalanzándose sobre ella y quedando prácticamente colgada de su cuello—. ¡Nunca llamaste!
—El teléfono de Corporación Cápsula estaba fuera de servicio —se excusó mientras se liberaba del efusivo abrazo.
—Qué mentira más patética... —replicó Bura con un bufido, tomando nuevamente su maleta.
—Ajá... —dijo ______ haciéndose a un lado para permitirles pasar—. Adelante, bienvenidos a mi humilde hogar. —Una sonrisa leve se dibujó en su rostro.
—Vaya, qué educada... —bromeó Mamá, lo que provocó una risa breve en su hija.
—¿Acaso se te olvida saludar? —gruñó Vegeta, que hasta entonces había permanecido en silencio, observando con los brazos cruzados.
—Claro que no —contestó ella, frunciendo el ceño. Luego, con un suspiro, se acercó a él y lo abrazó—. También me alegro de verte.
—Mucho mejor —respondió él, satisfecho, y entró detrás de Bulma.
—Hola —murmuró Trunks al acercarse, besando su mejilla. Ella rió suavemente.
—Después de tanto tiempo, por fin sé de ti.
—Hablamos hace unos días —respondió con un bufido, aunque no pudo ocultar una sonrisa.
Apenas cruzó la entrada, su atención fue atraída por una pequeña figura en el centro de la sala. Una niña de cabellos lilas y ojos celestes nos observaba con expresión seria, los audífonos colgando de su cuello. Su ceño fruncido transmitía una mezcla de incomodidad y desconfianza, como si no terminara de entender qué hacían allí.
