04.

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—¡¡¡Muéranse de una vez!!! —rugió la pelinegra, su voz desgarrada por la rabia y la desesperación. Una esfera de energía, oscura y pulsante, emergió de su mano con una violencia descomunal y se precipitó hacia Bulma y Bura Briefs. El impacto fue inmediato y devastador. Sus cuerpos apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Ambas murieron al instante.

Alguna vez fueron su familia.

Un ki se aproximó a gran velocidad, envuelto en una furia abrasadora. Era su padre. Su energía vibraba con una rabia que apenas podía contener. El dolor lo cegaba, y la incredulidad le arañaba el pecho como un cuchillo sin filo.

Ella sonrió de lado. Una sonrisa torcida, ajena a cualquier remordimiento. Cerró los ojos y sostuvo sus puños con ambas manos. La tensión fue tal que los nudillos se quebraron con un crujido seco y espeluznante. Un grito eufórico, mezcla de dolor y locura, estalló desde lo más profundo de su garganta.

—¡Papá~! —canturreó con ironía, mientras lanzaba el cuerpo moribundo del hombre justo al lugar donde yacían los cadáveres de Bulma y Bura—. ¿¡Qué has hecho, _______!?

·  ·  ·  ·  ·  ·  ·  · ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·

—Trunks... —susurró, abriendo los ojos de par en par, con la voz temblorosa y entrecortada—. ¿Trunks?... ¡¿Trunks?!

La respiración se le agitó de inmediato. Estaba amarrada a una silla metálica en medio de una sala enorme, cuyas paredes curvas y enrejadas recordaban la estructura de una jaula para aves. El eco de su respiración y las cadenas que la sujetaban llenaban el espacio con un ritmo opresivo y asfixiante.

El pánico la dominó. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control, empapando su rostro mientras jadeaba entre sollozos.

—¡Ya basta! —gritó con la garganta desgarrada—. ¡Déjenme volver a casa!

Una voz conocida, áspera y cargada de crueldad, respondió desde la penumbra:

—No hasta que saques a Fuun de ti.

Era él. El mismo de siempre. Su figura emergió desde las sombras, como un espectro rutinario de su tormento, mientras manipulaba unas herramientas sobre una mesa cercana.

—Oye... —llamó ella con un hilo de voz, rota, temblorosa—. ¿Qué estás haciendo?

No hubo respuesta. Solo se escuchó una carcajada burlona que heló la sangre.

—¡Oye! ¿¡Qué estás haciendo!? ¡Te estoy hablando! —insistió, con una mezcla de ira y terror.

—Estoy arreglando mis herramientas, preciosa —respondió finalmente, con un tono repulsivo.

Una oleada de asco la recorrió de pies a cabeza. Sintió arcadas que subieron por su garganta sin control.

—¿Q-qué...? —gruñó, conteniendo las náuseas.

—Comenzaremos de nuevo —anunció con indiferencia, girándose hacia ella con un objeto entre las manos. No pudo ver qué era, pero su presencia bastaba para ponerle los pelos de punta—. Te desmayaste la última vez, justo a la mitad.

«¿Qué...?»

Ese era su día a día. Una rutina de tortura sin sentido, sin final. Siempre por el mismo hombre, aunque a veces él se cansaba y enviaba a otro. Luego regresaba, como si nada.

Nada terminaba... hasta que su cuerpo no soportaba más y se desmayaba.

⋯ • ⋯

Una voz ronca resonó a lo lejos, fría y acusadora.

—Casi la matas.

El otro respondió con indiferencia.

—¿Qué tiene? —parecía no importarle

¿Sigue aquí ese maldito?

Un intento de excusa fue abruptamente interrumpido por un golpe fuerte contra la mesa, un ruido seco que hizo que incluso aquella prisionera encadenada diera un pequeño salto por reflejo.

—No tengo nada que ver con ella —declaró el primero, con tono severo—. Demigra es quien da las órdenes, no esa "debilucha".

El apodo despertó confusión en la mente adormecida de la joven. ¿Debilucha? ¿Towa? Para ella, Towa era alguien fuerte, imponente, quizá tan poderosa como Bills. La voz de quien hablaba ignoraba ese hecho, menospreciándola cruelmente.

—Pero... ella es la más fuerte de nosotros, solo la superan Demigra y Fuun —replicó el otro.

—¡Tonto! —lo interrumpió con desprecio—. Me refiero al sentido emocional.

La joven, atrapada en su estado inconsciente, escuchó cómo los pasos se acercaban. Cerró los ojos, fingiendo estar completamente fuera de sí, con los labios entreabiertos.

Una mano firme y sin tacto le levantó el rostro, observándolo con desprecio.

—Está completamente inconsciente. Qué débil.

Otra voz se aproximó.

—La golpeaste muy fuerte —comentó, aunque con menor reproche.

—No —respondió el primero con firmeza—. Se desmayó de dolor.

—Oh... ya veo —musitó el segundo, comprendiendo la situación—. ¿La dejarás en su "jaula" otra vez?

—Sí —contestó el primero sin vacilar—. Hoy vuelve Towa. La verá ahí.

La joven sintió cómo la alzaban con brusquedad, colgándola del hombro de aquel hombre, a quien había apodado mentalmente como "el torturador". Su rostro caía sobre su espalda, y su cabello, enmarañado por la sangre y la suciedad, cubría casi por completo su visión.

El dolor se intensificó al ser sostenida de esa manera; un gemido apenas contenido escapó de sus labios. Sus costillas probablemente estaban rotas, y cada movimiento le recordaba la fragilidad de su cuerpo.

El trayecto fue silencioso y opresivo. Los pasos resonaban como un eco en aquel lugar oscuro, hasta que finalmente llegaron a la celda.

Allí, con desprecio, la dejaron caer al suelo frío y áspero. La puerta se cerró con un clic seco.

Otra vez, la soledad y el encierro la recibían sin piedad.

Gemelos | 5Donde viven las historias. Descúbrelo ahora