La calma de la habitación era engañosa. La luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando el rostro apacible de _____. A simple vista parecía dormir profundamente, pero en su interior la guerra apenas comenzaba.
Su respiración, al inicio serena, comenzó a agitarse. Sus manos se crisparon contra las sábanas, los dedos se clavaron con tanta fuerza en la tela que esta crujió bajo la tensión. Un sudor frío cubrió su frente y su cuerpo empezó a sacudirse levemente.
En su mente, los barrotes de hierro reaparecieron. El eco de los grilletes resonaba en las paredes, como un recordatorio cruel de que la libertad era una mentira. Volvía a estar allí: atada, inmóvil, con el hedor metálico de la sangre impregnando el aire. El sonido de pasos arrastrados se acercaba, la misma voz burlona que tanto odiaba se filtraba entre las sombras.
—Ya despertaste, preciosa...
Su corazón golpeó con fuerza contra su pecho. El terror la dominó, y en un impulso desesperado, forcejeó contra las cadenas. La opresión en sus muñecas era tan real que podía sentir cómo le cortaban la piel.
Un grito desgarrador escapó de su garganta.
—¡NO! ¡Basta!
Su cuerpo se incorporó bruscamente en la cama. Los ojos bien abiertos, jadeando, con el pecho subiendo y bajando en un frenesí incontrolable. Miró a su alrededor con desesperación: la lámpara de la mesa de noche, las cortinas azules, los muebles familiares... todo estaba en su sitio. No había jaula, no había sombras, no había torturadores. Sólo la tranquilidad de su hogar.
Pero la duda la golpeó como un puñal.
«¿Y si no es real? ¿Y si aún sigo allí? ¿Y si todo esto es otra de sus ilusiones?»
Sus lágrimas brotaron de inmediato. Se llevó las manos al rostro y comenzó a sollozar, temblando como una niña desprotegida. El orgullo saiyajin que la había sostenido en la batalla se desmoronaba en esos instantes de soledad.
Fue entonces cuando la puerta se entreabrió. Vados había sentido la alteración en su ki y se acercó sin hacer ruido. La ángel se quedó en el umbral, observando el frágil temblor de la joven. Por primera vez, la maestra no vio a una guerrera, sino a una víctima marcada por cicatrices invisibles.
—Todo fue un sueño... —murmuró Vados con dulzura, acercándose lentamente y posando una mano suave sobre su hombro—. Estás en casa, nadie va a tocarte aquí.
_____ la miró con los ojos enrojecidos, aún incrédula, como si necesitara escuchar esas palabras mil veces más para convencerse.
Y aunque la calma regresó poco a poco, el temor permaneció escondido en lo más profundo de su ser, recordándole que la batalla verdadera no era contra los enemigos externos, sino contra las huellas que ellos habían dejado en su alma.
Detrás de la puerta, en la penumbra del pasillo, Vegeta permanecía inmóvil. Había sentido el grito de su hija desgarrando la calma de la casa y se había precipitado hasta allí, pero al llegar se encontró con Vados atendiéndola. No entró. Se quedó de pie, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y los dientes apretados, como si esa postura rígida pudiera contener la tormenta que lo carcomía por dentro.
Escuchó sus sollozos, cada uno clavándose en su pecho como un cuchillo. Jamás en su vida había imaginado ver a su hija reducida a ese estado: temblando, vulnerable, dudando de la realidad misma. El orgullo saiyajin que él había forjado en ella estaba hecho pedazos, y eso lo llenaba de una rabia incontenible... pero no contra ella, sino contra sí mismo.
«No estuve allí... No la protegí...»
Su puño tembló al apretarse con tanta fuerza que los nudillos palidecieron. La voz de su hija resonaba todavía en su cabeza, gritando "¡NO! ¡Basta!". Ese eco lo perseguía como un recordatorio cruel de su fracaso. Había luchado contra dioses, contra monstruos que amenazaban el universo entero, pero nada de eso lo preparó para la impotencia de escuchar a su propia sangre quebrarse por dentro.
Por un instante pensó en entrar, en tomarla entre sus brazos como cuando era una niña pequeña, prometerle que jamás volvería a pasarle algo así. Pero se detuvo. El orgullo y la vergüenza lo encadenaron al suelo. ¿Qué palabras podía ofrecerle un hombre que siempre había mostrado dureza y exigencia, que había enseñado que el dolor debía resistirse sin lágrimas?
Entonces escuchó la voz suave de Vados consolando a la muchacha, y sintió un nudo en la garganta. La ángel tenía algo que él nunca había podido darle a su hija: ternura sin reservas.
Se dio media vuelta lentamente, caminando por el pasillo en silencio. Cada paso resonaba pesado, como si arrastrara consigo una carga insoportable. Cuando llegó al final del corredor, apoyó una mano en la pared y cerró los ojos con fuerza.
—Malditos demonios... —susurró entre dientes, apenas audible—. Me lo van a pagar. Todos.
En ese momento no era el príncipe orgulloso, ni el rival eterno de Kakarotto, ni el guerrero indomable. Era simplemente un padre consumido por la impotencia, jurando que vengaría cada lágrima que su hija derramara.
