—Es por... ______, ¿cierto?
Los ojos de Trunks se abrieron de par en par. El solo escuchar su nombre desató una tormenta en su interior. Miles de recuerdos irrumpieron en su mente como una avalancha. Sintió un nudo en la garganta y una presión insoportable en el pecho. Antes de procesarlo, gritó algo ininteligible y se marchó directo a la cámara de gravedad. Cerró la puerta de golpe, como si eso pudiera encerrar también sus pensamientos.
Suspiró, exhalando el peso que no lograba quitarse de encima, y programó la máquina. Aún temblaba.
Pronunciar su nombre bastaba para dejarlo desarmado. Cerró los ojos con fuerza, apretando los puños, y luego los abrió decidido a descargar esa angustia entrenando.
Desde la última vez que había estado con ella, el tiempo se sentía eterno. Lo devoraba la desesperación de no saber nada sobre su paradero. Preferiría mil veces verla enojada con él, gritando, peleando, a este silencio incierto, a esta ausencia que dolía más que cualquier batalla.
El remordimiento no lo dejaba en paz. Cada día lo carcomía la culpa por lo que había hecho... o por lo que no hizo. Aunque el tiempo avanzara, no podía perdonarse. Lo que había sucedido, lo que no evitó, lo que permitió que se rompiera. Todo lo cargaba encima.
Su madre, e incluso Mirai ______, le decían que debía dejar el pasado atrás. Que tenía que seguir adelante. Pero él no podía. Su terquedad era legendaria, lo sabía. Pero también era lo único que lo mantenía sintiendo algo. Era su forma de no olvidarla.
Desde entonces, también su relación con Vegeta se había desmoronado. Antes, su padre solía pasar tiempo con ellos. No era cálido, pero estaba presente. Ahora, apenas lo veía una o dos veces a la semana. Siempre ocupado, siempre en otra misión, entrenando con Whis o perdido en alguna parte del universo con la Patrulla del Tiempo.
—Es mi turno —dijo una voz firme a sus espaldas.
Trunks frunció el ceño. Vegeta estaba en la entrada de la máquina de gravedad, cruzado de brazos, con expresión impaciente.
—Perdón, se me pasó la hora —admitió, saliendo con pasos apresurados.
—No me importa —gruñó el príncipe saiyajin, entrando con decisión.
Trunks dudó, pero no pudo evitarlo.
—Oye, papá...
—Dime.
—Explícame algo... ¿Has seguido con...? —no encontraba las palabras—. Ya sabes, ¿has seguido investigando sobre...?
Vegeta lo interrumpió, seco.
—No hay nada nuevo por ahora. Sal de aquí.
Trunks abrió los ojos, sorprendido por la dureza de la respuesta. Apretó los dientes y asintió con rigidez.
—Entiendo...
⋯ • ⋯
Minutos después, encerrado en su habitación, su respiración comenzó a agitarse sin control. El pecho le dolía, las manos le hormigueaban, y sentía que las piernas no le respondían. Desabrochó los primeros botones de su camisa, buscando aire. Se llevó ambas manos a la cabeza, jadeando.
—¡Malditos ataques de ansiedad! —gruñó entre dientes, y golpeó el escritorio. No lo suficiente para romperlo, pero sí para canalizar algo del pánico.
Pasaron varios minutos antes de que lograra calmarse. Respiró hondo, apoyó los codos sobre las rodillas y se cubrió el rostro con las manos. El sudor frío le recorría la espalda.
Llevaba más de un año y medio con esos episodios, y aún no se atrevía a contárselo a nadie. Ni siquiera a su madre.
Sabía que si lo hacía, todos culparían a ______. Tal vez con razón, tal vez no. Quizás su desaparición fue la causa directa. Pero él no quería que la imagen de ella quedara más manchada de lo que ya estaba. No quería cargarla con el peso de su quebranto emocional.
Porque, en el fondo, tampoco quería culparla. No a ella. No del todo.
