Era un día nublado, de esos que parecían detener el tiempo. En el interior de una oficina silenciosa, la joven de cabello lila observaba el paisaje a través de la ventana, su mirada perdida en el horizonte.
—Es increíble que hayan pasado casi dos años —susurró con voz baja, como si le hablara más al recuerdo que al presente.
Se giró lentamente hacia su hermano, que se encontraba sentado frente a su computadora, abstraído entre teclas y pensamientos.
—¿No crees, hermano?
Él levantó la vista al oírla, con un suspiro largo que evidenciaba el peso de aquellos meses transcurridos.
—Ciertamente... pasó muy lento —respondió, dejando que su mirada se posara en la figura de su hermana—. O así lo siento yo.
El silencio se apoderó del ambiente por unos segundos. El zumbido tenue del monitor fue lo único que los acompañó hasta que, finalmente, ella volvió a hablar, esta vez con un tono cargado de honestidad.
—Aunque suene extraño... la echo de menos —dijo con sinceridad, mientras acariciaba sus propios brazos con una mueca de nostalgia y leve incomodidad.
Su hermano se levantó de su asiento y se acercó con calma. Una sonrisa cálida se dibujó en su rostro mientras rodeaba a su hermana con los brazos desde atrás.
—Lo mismo digo —susurró junto a su oído—. Aunque, ¿por qué dices que es extraño? Yo lo veo como algo completamente natural.
Ella bajó la cabeza, entrecerrando los ojos como si las emociones se agolparan dentro de sí.
—Es raro para mí extrañar a alguien —admitió con un dejo de tristeza—. Se supone que ya debería estar acostumbrada a perder personas... —suspiró profundamente, intentando convencerse de sus propias palabras.
Él rió suavemente, con ternura.
—Tonta orgullosa... —murmuró con afecto mientras besaba su cabeza con cariño fraternal.
Ella no respondió de inmediato. Se quedó quieta entre los brazos de su hermano, como si por primera vez en mucho tiempo permitiera que alguien la sostuviera de verdad. Sus ojos, antes duros, ahora temblaban ligeramente, humedecidos por emociones que siempre intentaba reprimir.
—No me gusta sentirme así —confesó finalmente, con la voz apenas audible—. Vulnerable... abierta... como si todo lo que construí pudiera desmoronarse por recordar a una sola persona.
Mirai no la soltó. Sabía que su hermana no era de compartir lo que sentía. Aquella confesión era un pequeño milagro. Su silencio era intencional: le daba espacio, sin presión, sin juicios.
—No estás sola, ¿sabes? —le dijo después de unos segundos—. Por mucho que quieras cargar con todo, no tienes por qué hacerlo siempre.
Ella cerró los ojos y respiró hondo. La oficina, antes silenciosa y fría, parecía ahora más cálida, como si el simple acto de hablar la hubiera hecho humana otra vez.
—A veces sueño con ella —añadió de repente, rompiendo el silencio—. No es un sueño triste, pero cuando despierto... me deja un vacío difícil de explicar.
Mirai apoyó el mentón en su hombro.
—¿Y qué hace en el sueño?
—Nada fuera de lo común... solo está ahí, como si no se hubiera ido. Me mira, me sonríe... y eso basta para que todo se sienta en paz —respondió ella, con una media sonrisa nostálgica—. Pero luego despierto, y me duele más que antes.
Él entendía bien ese sentimiento. Había aprendido que algunas ausencias pesan más con el tiempo, no menos. A veces, la distancia no cerraba heridas, sino que las mantenía abiertas con más intensidad.
—A lo mejor no estás destinada a olvidar —dijo con suavidad—. A lo mejor, recordarla también es parte de sanar.
Ella asintió levemente. No tenía fuerzas para resistir esa idea. Por primera vez, parecía dispuesta a aceptarla.
Se separó con lentitud del abrazo, y se sentó al borde de su escritorio, cruzando los brazos mientras miraba nuevamente por la ventana. Afuera, el cielo empezaba a despejarse, y una tenue luz se filtraba entre las nubes.
—¿Te quedarás conmigo un rato más? —preguntó, sin mirarlo.
Mirai sonrió.
—Todo el tiempo que necesites.
Y así permanecieron, en silencio, mientras el día avanzaba. A veces, no hacían falta más palabras. A veces, solo bastaba con estar.
·••·
―Oye, hermano.
La voz de Bura rompió el silencio espeso del anochecer. Trunks, con el ceño fruncido, apartó la vista de la pantalla.
Suspiró, cansado.―¿Qué pasa, Bura?
―Te estoy hablando hace media hora. ¿Qué pasa contigo?
El joven de cabello lila tardó unos segundos en responder. Bajó la mirada y, con tono seco, murmuró:
―Nada.
Ella lo observó con atención. Había aprendido a reconocer cuándo su hermano mentía, y ese era uno de esos momentos.
—Algo ocurre, yo lo sé —insistió, dejando sus cuadernos sobre la mesa y sentándose a su lado—. ¿Qué te pasa? —preguntó nuevamente, esta vez con un matiz de preocupación más profundo.
Trunks apretó los labios y chasqueó la lengua con frustración.
―Tsk... Nada. Es solo que... —suspiró, como si reconsiderara sus palabras—. Nada —negó con firmeza, poniéndose de pie de inmediato—. Tengo que entrenar. Dile a mamá que no voy a cenar —añadió, tomando su computadora con movimientos bruscos.
Bura lo observó alejarse, dudando por un instante. Pero al final, lo dijo:
―¿Es por... ______, cierto?
El cuerpo de Trunks se tensó en el acto. Se quedó inmóvil unos segundos antes de girarse parcialmente, furioso.
―¡Ya te dije! ¡No te incumbe! —gritó, con una rabia que no iba dirigida del todo a ella.
Sin decir más, se marchó dejando tras de sí una atmósfera pesada y cargada de emociones contenidas.
Bura suspiró, con tristeza.
Era obvio que Trunks estaba así por ella. Desde que desapareció de sus vidas, él había cambiado drásticamente. Su hermano, antes cálido y amable, se había vuelto más serio y distante, casi como su padre, Vegeta. Había retomado los entrenamientos con una disciplina feroz, y se había sumido por completo en su trabajo en la Corporación Cápsula, dejando atrás muchas de las cosas que antes disfrutaba.
Ese cambio no había sido voluntario. Lo había hecho por necesidad. Después de que la mayor de sus hermanas abandonara todo para unirse a la Patrulla del Tiempo junto al Trunks del futuro, alguien tenía que hacerse cargo.
Bura se levantó con pesar, recogió sus cosas y se retiró a su habitación. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella, con la vista fija en el techo.
Desde aquel día, todo en casa había cambiado. Hubo un tiempo en que la familia compartía risas y comidas en la misma mesa. Había vuelto una alegría que creían perdida cuando Bulma, Trunks y ______ hicieron las paces. Pero esa armonía fue efímera. Desde su desaparición, el calor del hogar se esfumó. Ahora, apenas se saludaban durante el día, y era raro que todos coincidieran a la hora de comer.
Ella deseaba recuperar esa felicidad. Anhelaba los días en los que podían hablar sin sentir que algo pesaba sobre ellos. Porque, en el fondo, Bura no podía creer que su hermana estuviera muerta. Había algo en su interior, una certeza silenciosa, que le decía que aún estaba viva.
Era ilógico que hubiera muerto. Inconcebible. No podía haber sido derrotada tan fácilmente. No ella.
