—Cállate —murmuré con el ceño fruncido, intentando que se levantara, aunque mis esfuerzos fueron en vano.
Él me observó fijamente, con una mezcla de ternura y preocupación en sus ojos, y luego llevó la mano hasta mi mejilla, acariciándola con suma delicadeza.
—No me mientas —susurró, sus dedos deslizándose suavemente por mi rostro—. Sé cuándo estás mal. Es mi instinto.
—¿Sí? —respondí ya más molesta, insistiendo para que se pusiera de pie, pero él permanecía inmóvil—. Pues tu instinto te ha fallado esta vez.
No se inmutó. Sacó la mano de mi rostro con calma, pero su mirada nunca me soltó.
—¿Qué pasó? —preguntó, con un tono cargado de una curiosidad casi burlona—. ¿Será que tú y Goten se pelearon?
Abrí los ojos de par en par, sorprendida y pensando, «este tipo tiene poderes mentales».
—¿Eso es un sí? —añadió, alzando una ceja con una sonrisa triunfante.
—E-eh... —desvié la mirada, incapaz de sostener su escrutinio—. Algo así.
—Habla —sentenció, su voz tornándose seria, sin espacio para evasivas.
Suspiré profundamente, preparando mis palabras. —Le dije que quería estar sola por un tiempo, tal vez terminar las cosas... y él...
—¿Se lo tomó mal? —me interrumpió.
—Más o menos —respondí, conteniendo un nudo en la garganta.
El silencio se hizo para darme espacio a continuar. —Me dijo que no había problema.
—¿Oh? —frunció el ceño con evidente desconcierto—. Entonces, ¿qué te pasa?
—Es que... yo... —Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas; intenté desviar la mirada para que no lo notara, pero mi voz temblorosa y quebrada traicionó mi intento—. Creí que se preocuparía por mí, que me diría algo... pero cuando Bura y Karotto llegaron me dijeron que... él había salido un día sin turno en la patrulla del tiempo, y cuando lo llamé... no respondió.
—Bueno, tal vez... —empezó a decir.
—Karotto dijo que no llegó a casa esa noche, sino hasta la tarde del día siguiente.
⋯ • ⋯
—¿Hablas en serio? —preguntó Wiss, con la ceja alzada.
—¡Claro! —respondió Vados con una sonrisa tranquila—. Champa está dormido y no estará por aquí durante algunos años más. Además, supe que están interesados en las Super Dragon Balls.
—Es un favor para los humanos —comentó el Destructor con seriedad.
—¿Para los humanos? —preguntó Vados, sorprendida.
—______ murió hace unos años —explicó Wiss rápidamente—. La traeremos de vuelta.
—¿Qué...? —Vados abrió los ojos de par en par—. ¿_____... la _____ de la Tierra? ¿Está muerta? —la noticia la impactó profundamente.
Bills y Wiss asintieron en silencio.
—Hace unos años —confirmó Wiss—, pero... —miró a su servidor—. Con todos mis respetos, señor Bills, no creo que _____ esté muerta.
—¿Qué? —Bills lo miró de reojo, molesto—. ¿De qué hablas, Wiss?
—Que no la hayamos encontrado no significa que esté muerta —respondió Wiss con firmeza.
—¿Qué tienen en mente? —preguntó Vados, aún confundida, arqueando una ceja.
—El dragón nos ayudará —dijo Bills, tajante.
—¿Nos ayudas a buscar las esferas? —intervino Wiss, mirando a su hermana—. Traeremos de vuelta a tu querida _____.
⋯ • ⋯
—¿Las... esferas del dragón? —preguntó Bulma, incrédula y algo asustada.
—Sí, Bulma, ¿acaso no escuchas? —respondió Bills con cierta molestia.
—Sí, escuché, pero... —su voz reflejaba confusión—. ¿Para qué las quiere?
—Solo hazlo —ordenó Bills con seriedad.
Bulma sacó el radar de su bata y presionó el único botón que tenía.
Las siete luces comenzaron a brillar con intensidad, y le entregó el dispositivo al impaciente dios, quien no podía ocultar su ansiedad.
