—Vegita... —abrió los ojos de par en par y lo observó de reojo.
—Come.
—No... no quiero.
—¿Por qué dices eso? ¡Es tu plato favorito! —insistió él, sosteniendo el plato de comida y tratando de acercarle un bocado.
—Porque es bastante probable que cuando lo coma resulte ser extremadamente asqueroso.
Él se acercó y se sentó a su lado, acariciándole la espalda con suavidad.
—¿Qué ocurre, Vegita?
—Hoy se cumple una semana desde que llegué aquí... —murmuró ella, manteniendo la vista fija en un punto de la pared.
—Sí. —respondió él, y por su tono supo que estaba sonriendo—. ¿Verdad que es increíble?
Ella asintió levemente.
—¿Ya crees que realmente estás en casa?
—Un poco... —susurró—. Pero... esta clase de ilusiones...
—Ya basta. —la interrumpió con un tono firme mientras se levantaba—. No es una ilusión, ya deberías tenerlo claro.
Vegita se estremeció de inmediato, intimidada por la dureza de su voz.
—L-lo lamento...
Él suspiró, como si estuviera cansado de escuchar sus dudas.
—Lamento molestarte tanto, papá. Intentaré creer que esta es mi verdadera realidad.
Él la miró de reojo y sonrió con una seguridad que parecía inquebrantable.
—Eso espero. Tú eres fuerte, y siempre tienes que recordarlo. Eres mi hija, y ella nunca se rinde. —sonrió de lado.
—Papá...
—Eres increíble. La más fuerte de todos aquí, la saiyajin más formidable que he conocido. No dejes que esos bastardos te hagan daño, porque si lo hacen... harán enojar a ______. —su sonrisa se ladeó con un matiz de amenaza.
—Oh... —Vegita suspiró, sorprendida—. Papá...
Él se inclinó y besó su frente con un gesto fugaz antes de retirarse. Vegita permaneció inmóvil, mirando el suelo. Una sonrisa temblorosa se dibujó en su rostro.
—Lo haré... —murmuró apenas audible.
··•··
—¿Hermana? —Trunks tocó la puerta suavemente antes de abrirla—. Hola...
Entró despacio, cerró tras de sí y se acercó a la cama.
—Hola... —susurró ella con voz apagada.
Él sonrió y se sentó a su lado.
—¿Estuviste llorando? —preguntó al notar el brillo húmedo en su rostro.
Ella asintió, encogiéndose de hombros.
—No estoy muy bien que digamos.
Sin pensarlo, Trunks la rodeó con los brazos y la apretó contra su pecho. Al principio, ella permaneció rígida, pero después correspondió el abrazo con fuerza.
—Te quiero, hermana. —besó su cabeza con ternura.
Ella asintió, y de pronto su llanto se desbordó. Trunks, algo desconcertado, volvió a estrecharla contra él.
—Oye... ¿qué ocurre?
—Te quiero, Trunks. De verdad te quiero, hermano. —se aferró a su pecho sollozando.
—Y-yo también... Te quiero. Te quiero, ______. —respondió confundido, sin comprender la razón de aquel estallido.
—Perdón... —susurró ella al cabo de unos segundos—. Perdóname...
—¿Perdonarte? No entiendo. ¿Por qué tendría que hacerlo?
—Todo es mi culpa... todo es mi culpa. Yo soy la culpable de todo. —su voz se quebraba en cada palabra.
—N-no... ¿de qué hablas? ¡Explícate, por favor!
—Me odio... soy una estúpida... —continuó entre murmullos ahogados, como si ya no hablara con él sino consigo misma.
Alarmado, Trunks la sostuvo por los hombros y la separó un poco para mirarla de frente.
—¿Qué pasa? ¿A qué te refieres?
—Es mi culpa... —repitió, cada vez más desconectada de su entorno.
El muchacho, angustiado, sacó rápidamente su teléfono y escribió un mensaje para su madre:
«Ven a la habitación de ______. Está actuando extraño. Date prisa.»
—______... basta, por favor, deja de decir eso. —le rogó Trunks mientras la recostaba en la cama, temiendo que se cayera al estar tan al borde.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe.
—¡Trunks! ¿Qué ocurrió? —la voz de su madre irrumpió en la habitación, seguida de los pasos firmes de su padre.
El joven iba a responder, pero su hermana lo aferró con desesperación, escondiendo el rostro en su pecho mientras rompía a llorar otra vez, con un dolor que helaba la sangre de cualquiera que la escuchara.
Vegeta permanecía de pie en el jardín del planeta de Bills, los brazos cruzados, mirando el horizonte con el ceño fruncido. La escena de su hija desplomándose en los brazos de Trunks aún lo atormentaba, y la tensión en su mandíbula delataba su impotencia.
Whis, con su característica calma, lo observaba mientras daba un pequeño giro con su báculo, como si nada de aquello le sorprendiera.
—Tu hija... está quebrándose —dijo con un tono casi analítico, como quien comenta un fenómeno interesante—. No en el campo de batalla, sino en su interior. Esa clase de fractura no se arregla con entrenamiento.
Vegeta chasqueó la lengua, sin apartar la vista del vacío.
—No necesito que me lo recuerdes. Lo sé perfectamente.
Bills, que hasta entonces dormitaba en su trono improvisado bajo un árbol, abrió un ojo con fastidio.
—Tanta escenita por una simple humana con sangre saiyajin. Si está rota, se reemplaza y ya.
El príncipe giró de inmediato hacia el dios de la destrucción, con una furia contenida que casi se escapaba en un rugido.
—¡Cállate, gato! Nadie reemplaza a mi hija.
Bills sonrió con una mueca felina, divertido por la reacción.
—Tanta debilidad en un guerrero que se jacta de ser el príncipe de los saiyajin... curioso. ¿No deberías estar agradecido de que ella aún conserve vida después de lo que sufrió?
—¡Ella no merecía sufrir eso! —replicó Vegeta, con la voz quebrada por una rabia que escondía un dolor más profundo.
Whis intervino antes de que la tensión escalara.
—Lord Bills, no es prudente provocar a Vegeta en este asunto. —alzó una ceja, mirando al saiyajin—. Y tú, Vegeta, deberías considerar lo que él, de manera brutal, quiso señalar. Tu hija fue forjada en el dolor. Aquella Fuun, el reflejo oscuro que se apoderó de ella, aún existe dentro de su mente. Y lo que ves ahora... es la lucha de ambas por coexistir.
El guerrero apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
—No me importa cuántas veces deba luchar contra esa maldita sombra... pero mi hija no va a perder.
Whis inclinó la cabeza, estudiándolo con su serenidad inquebrantable.
—¿Y si la batalla que debe librar no es contra enemigos externos... sino contra ti mismo, Vegeta? Contra tus exigencias, tus silencios, tu legado.
Las palabras calaron hondo. Vegeta bajó la mirada apenas un instante, reconociendo sin querer la verdad detrás de ellas.
Bills bostezó, mostrando los colmillos.
—Qué fastidio. Humanos, saiyajins, siempre tan dramáticos. Si la muchacha se rompe, será más divertido ver qué sale de los pedazos.
El príncipe lo fulminó con la mirada, y aunque sabía que no podía enfrentarse al dios en ese momento, dejó clara su determinación:
—Si ella cae... yo mismo la levantaré. Una y mil veces.
··•··
En la habitación, mientras tanto, su hija seguía llorando en silencio contra el pecho de Trunks, sin saber que a miles de kilómetros, su padre luchaba no contra un enemigo, sino contra la certeza de que ni todo su poder bastaba para protegerla de sí misma.
