017.

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La pelinegra jadeaba con fuerza mientras negaba frenéticamente con la cabeza. ―No lo sé... no me siento bien ―respondió con voz temblorosa, aún escondiendo su rostro entre su cabello y manteniendo la mirada clavada hacia el suelo.

—Bulma, ve por una semilla del ermitaño —ordenó el príncipe, sin apartar los ojos de su hija, quien parecía perdida en un punto fijo de la cama.

La peliazul salió casi corriendo de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. En ese instante, Trunks se acercó y posó su mano con suavidad sobre la cabeza de su hermana, acariciando su cabello. Ella se estremeció ante el contacto, como si su cuerpo reaccionara con miedo y alivio al mismo tiempo.

—¿Qué tienes? —preguntó el peli-lila con voz baja, sin retirar su mano.

No obtuvo respuesta inmediata. Ella permaneció como antes, ensimismada en su propio vacío. Al cabo de unos segundos, susurró apenas audible:
—Quiero agua...

Trunks asintió en silencio y salió de inmediato para buscarla.

Vegeta, en cambio, ya no pudo contenerse. Tomó con firmeza el mentón de su hija y levantó su rostro. Entonces lo vio: estaba llorando, las lágrimas caían silenciosas por su piel pálida y herida. Casi sin pensarlo, la atrajo hacia sí y la abrazó. Ella, como si hubiese esperado ese instante durante años, sollozó con desesperación en su pecho y lo aferró con todas sus fuerzas.

El príncipe permaneció rígido al principio, sorprendido por aquel arrebato. Sin embargo, al ver la angustia reflejada en sus lágrimas, le devolvió el abrazo y comenzó a acariciar su espalda, intentando transmitirle calma.

Ella no comprendía del todo lo que estaba haciendo. Una parte de su mente le gritaba que no era real, que solo se trataba de otra ilusión cruel. Pero aun así, no podía evitarlo: necesitaba sentir a alguien, necesitaba recordar que todavía existía calor humano. En ese instante, aunque su mente dudara, su corazón rogaba por creer.

Se quedó aferrada a su padre, con el rostro enterrado en su cuello. Las lágrimas seguían resbalando por su rostro herido.
—¿De verdad estoy aquí? ¿Esto no es una ilusión, Papá? —preguntó entre sollozos, con un tono que heló el corazón del saiyajin.

Vegeta frunció el ceño. ¿Ilusión? ¿Por qué su hija hablaba de esa forma?
—¿De qué hablas? No te entiendo.

—Por favor... —murmuró con la voz quebrada—. No juegues así conmigo.

—No estoy jugando contigo —aseguró el príncipe con firmeza, acariciando su rostro para luego peinar con suavidad sus cabellos húmedos por las lágrimas.

Ella se sintió más tranquila en sus brazos, aunque la desconfianza seguía atenazándola. El miedo era demasiado profundo: temía abrir los ojos y volver a encontrar el vacío de aquella celda, o peor aún, descubrir que en realidad había muerto. Una parte de sí incluso lo deseaba: morir parecía una salida más dulce que regresar a ese lugar solitario y enfermizo.

—Oye... —dijo Vegeta, con una voz insólitamente suave para él—. Duerme un poco.

Ella negó de inmediato, apretándose aún más contra su pecho.
—No quiero dormir y darme cuenta de que sigo en la misma situación... Por favor. No quiero despertar ahí otra vez, te lo suplico.

Vegeta suspiró, cerrando los ojos con frustración y dolor.
—No. No estás en esas malditas ilusiones. Estás en casa. Estoy contigo.

Finalmente, tras varios minutos en sus brazos, logró que el agotamiento la venciera y se quedara dormida.

«Parece que no duerme hace años...» pensó con amargura mientras se levantaba con cuidado. Lo cierto era que estaba en lo cierto: hacía casi dos años que ella apenas dormía, siempre aterrada de caer en las pesadillas y despertar de nuevo en su prisión.

Vegeta salió de la habitación, cerrando la puerta lentamente detrás de sí. Justo en ese momento aparecieron Bulma y Trunks con pasos apresurados.

—¿Y ella? —preguntó Bulma con ansiedad.

—La dejé durmiendo —respondió él con voz grave.

—Pero, papá... —intentó replicar Trunks.

Vegeta lo interrumpió con firmeza.
—Le pediré a Wiss que coloque un campo de fuerza alrededor de la habitación. Nadie entrará ni saldrá sin mi permiso. También activaremos los sensores internos. —Se giró hacia ambos, su expresión era severa pero en el fondo cargada de preocupación—. Ahora iré a comer algo y luego volveré para hacer guardia. Ella está durmiendo, así que no hagan ruido.

Bulma y Trunks asintieron en silencio. El peso de las palabras de Vegeta reflejaba una verdad innegable: lo último que podían permitirse era volver a perderla.

Gemelos | 5Donde viven las historias. Descúbrelo ahora