Capítulo 28: Volver a respirar.

1.1K 71 11
                                        


ETHAN

Me encuentro parado frente a la casa en la que una vez viví.

Llevo horas mirando la puerta, como un imbécil, incapaz de moverme y de entrar.

Porque sé que, cuando lo haga, él no estará.

El aire se siente pesado en mis pulmones, el vacío en mi pecho me aprieta con una fuerza absurda. No importa cuánto tiempo pase, las cicatrices de su partida nunca podrán cerrarse, nunca podrán ser sanadas.

Es un dolor que cargaré conmigo hasta el día en que, con suerte, pueda encontrarme con él otra vez.

Espero que exista otra dimensión, otro plano, otro maldito lugar donde pueda verlo eternamente, porque si no es así...

Qué triste sería saber que jamás volveré a encontrarlo.

—¿Qué haces aquí? No esperaba verte. —Esa voz interrumpe mis pensamientos.

Levanto la mirada y ahí está Jacob, parado frente a mí con los ojos llenos de una emoción que tenía tiempo sin ver.

Antes de que pueda responder, da un paso adelante y me abraza con fuerza.

—Desde hace mucho tiempo he querido hacer esto —dice, con la voz cargada de sentimientos—. Te he extrañado tanto. —Por un momento, solo un puto momento, dejo de resistirme.

Siento cómo su abrazo me reconforta en un instante, como si estuviéramos pegando con cinta adhesiva los pedazos de algo que se rompió hace años.

La puerta se abre de golpe, y la voz de Miriam nos saca de esa burbuja.

—Es la mejor forma de ver a mis hijos.

Nos separamos y la miramos. Está sonriendo, como si este momento significara más para ella que para nosotros.

La saludamos y entramos. Nos dirigimos a la sala, nos sentamos, y mientras tomamos un poco de café, ella rompe el silencio:

—Gracias por venir —su voz es suave, pero segura—. Es hora de que cada uno de nosotros vuelva a vivir.

Ruedo los ojos y dejo la taza sobre la mesa.

—Tengo muchas cosas que hacer, así que habla rápido. No quiero que empieces a divagar con cursilerías.

—Ethan, para, por favor. Para.

Jacob quien interviene, mirándome con una mezcla de súplica y cansancio.

Pero yo no sé cómo parar. No sé cómo dejar de sentirme así.

—Quería que nos reuniéramos porque no puedo permitir que esta familia siga desmoronándose y continúe separada. Es suficiente con que uno de sus miembros ya no esté presente... —traga con dificultad, como si las palabras le dolieran en la garganta—. Yo también caí en una depresión profunda, porque el hombre que amé por casi treinta años ya no despierta a mi lado. Él era mi confidente. He llevado una batalla difícil, porque lo vi pasar de estar sano a estar completamente enfermo, postrado en una cama. No menciono esto para que sientan pena por mí, sino para que me tomen de ejemplo.

Hace una pausa y limpia con un pañuelo las lágrimas que caen por sus mejillas. Verla así hace que mi corazón se oprima. Quiero correr y abrazarla para que ya no sufra ni sienta más dolor.

Pero es imposible para mí siquiera mover un dedo.

—Jacob, necesito que te reincorpores a la empresa esta semana. No voy a aceptar un "no" como respuesta. No podemos estar sin el vicepresidente y tu hermano no puede manejarlo solo. Necesita tu ayuda.

Volver a VerteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora