Capítulo 4: Noticia inesperada.

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Mis manos tiemblan, mi respiración se vuelve irregular mientras sostengo el anillo entre mis dedos. Chase me mira con amor, pero algo dentro de mí se resiste, como si una fuerza invisible me sujetara, impidiéndome dar el siguiente paso.

Una lágrima recorre mi mejilla y siento cómo mi pecho se estruja. ¿Por qué estoy dudando? ¿Por qué no puedo simplemente decir "sí"? Él ha sido todo lo que siempre he necesitado, ha estado a mi lado sin reservas, sin juzgarme, mostrándome un amor que no sé si merezco, pero el pasado sigue pesando sobre mi corazón, implacable, como una sombra que se niega a desvanecerse.

La confusión me consume, atrapándome en un laberinto sin salida. Todo lo que creí haber superado ha vuelto con una fuerza devastadora. ¿Cómo es posible que un solo encuentro haya desmoronado todo lo que con tanto esfuerzo reconstruí? Dentro de mí sigue habitando el caos, un caos con nombre propio: Ethan. Tuvo mi corazón en sus manos y lo hizo trizas sin piedad, pero, de alguna manera, sigue vivo en mí. La herida nunca sanó por completo, y su regreso ha abierto cicatrices que pensé haber dejado atrás.

Una culpa que me devora porque sé que Chase no merece esto. No merece mis dudas, no merece que una sombra del pasado empañe lo que hemos construido. Si pudiera arrancarlo de mi pecho, lo haría sin dudar. Si pudiera borrar cada recuerdo, cada promesa rota, cada beso que aún arde en mi piel, lo haría.

Pero no puedo. Porque él sigue siendo parte de mí, aunque me duela, aunque me destruya. La presión se vuelve insoportable. Él espera una respuesta, su mirada llena de amor y esperanza, ajeno a la tormenta que me ahoga. Yo solo puedo quedarme ahí, inmóvil, con el corazón dividido y el alma hecha pedazos. Soy la causa de mi propia tormenta, incapaz de detener la destrucción que se avecina.

18 de noviembre del 2004

—¿En dónde estamos? —Dice ella maravillada mientras contempla el lugar.

Es un vergel, un paraíso donde los árboles se alzan majestuosos, formando con sus ramas arcos naturales sobre los senderos. Son pocos los que tienen el privilegio de ver un sitio así. Flores de todos los colores adornan el paisaje, mientras una cascada cae en un pequeño lago cristalino, entremezclándose con el canto de las aves. Los rayos del sol se filtran entre las hojas, creando destellos dorados que danzan con la brisa.

Él se acerca lentamente y la toma por la cintura, atrayéndola hacia sí.

—Quería hacer esto en un lugar especial —susurra, acariciando con ternura su mejilla—. Eres increíblemente hermosa y dulce. Cuando estoy contigo, mi corazón solo conoce la felicidad. Aquel día en la playa lo cambió todo. —Toma su mano y la coloca sobre su pecho—. ¿Lo sientes? —pregunta con una sonrisa temblorosa. Ella asiente, sintiendo el latido acelerado bajo su palma—. Si tuviera miles de vidas, ninguna sería suficiente para darte todo el amor que tengo para ti. Quiero hacerte la mujer más feliz del mundo. Me gustas... Me gustas, realmente, me gustas —sus palabras son firmes, cargadas de emoción. Acorta la distancia entre sus labios y, con la voz entrecortada, pregunta—: ¿Me harías más feliz de lo que ya soy a tu lado aceptando ser mi novia? —Él siente su pulso acelerarse aún más, la impaciencia lo consume mientras la mira, esperando su respuesta.

Su mundo entero está justo frente a él.

Ella lo observa con el corazón desbordante.

Lo ama, completa e incondicionalmente. Se pregunta en qué momento aquel niño con quien jugaba se convirtió en el hombre del que está profundamente enamorada.

—Por supuesto que quiero ser tu novia.

Se pone de puntillas para alcanzar su rostro, besándolo con dulzura. Él sonríe en medio del beso, dejando escapar una ligera risa.

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