Capítulo 5: Confesiones.

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ETHAN

Hoy será gran día, aunque lo cierto es que, no sé si "gran" es lo más acertado. Más bien es un día de mierda.

Necesito llegar antes a la casa de los Mitthermeier, no es por presumir, pero su familia me ama, su madre una vez tuvo la loca idea de pensar que podía hacer que Elizabeth y yo nos enamoráramos, ese era un plan demasiado enfermo, menos mal que se le esfumó de sus pensamientos, sería muy incestuoso, de solo pensarlo me dan ganas de vomitar. Ahora estoy aquí, de pie frente a la imponente casa, esperando con un nudo en el estómago. Toco la puerta, ansioso.

Liselotte, la matriarca, siempre fue un espectáculo por sí sola. Elegante hasta en su forma de respirar, con ese cabello cobrizo impecable. Nunca la vi desalineada. Crió a sus hijas sin ayuda, aunque tenía los recursos para contratar a un ejército de niñeras. No, ella nunca permitió que alguien más ocupara su lugar.

Sus tres hijas son un reflejo de ella. Todas comparten el mismo color de cabello y la piel pálida, esa que se enciende en un rojo intenso cuando se ruborizan o se alteran. Sus rostros están salpicados de pequeñas pecas, casi imperceptibles, pero que las hacen aún más encantadoras. Solo Elizabeth heredó los ojos verdes de su padre, mientras que Eleonor y Chloris tienen la misma mirada azul profundo de su madre.

A pesar de su parecido físico, cada una tiene una esencia propia. La mayor, es fría y calculadora. Me ama, aunque a veces siento que me analizaba como si fuera un experimento. La del medio, mi Eleonor. Mi ruina. Dulce, soñadora, pero con una voluntad de hierro que haría temblar a cualquiera. Cuando ama, lo hace con cada fibra de su ser. Y por eso me duele tanto que haya decidido amar a otro. Luego está la menor, rebelde, indomable, creativa

con una energía imposible de igualar. Siempre en busca de algo nuevo, algo diferente.

Suspiro, sintiendo que el aire pesa demasiado en mis pulmones. Mi puño se cierra por inercia cuando la puerta se abre. Es hora de enfrentar lo inevitable.

—¡Chloris! —Exclamo sorprendido al verla. Ya no es la niña de trece años que solía corretear por la casa. Ahora es toda una mujer.

—¡Ethan! —Dice emocionada mientras me envuelve en un abrazo rápido—. Tenía siglos sin verte. Te ves... muy guapo. —Asiento con una media sonrisa y la sigo hasta la sala. No es la misma de antes.

Todo ha cambiado. Donde antes había muebles clásicos y algo anticuados, ahora hay sofás modernos y minimalistas. La mesa de centro de vidrio refleja la luz cálida de la chimenea, que le da al lugar un aire acogedor.

Me dejo caer en uno de los sillones.

—Muy bien. Estoy por terminar mi carrera en diseño de modas y ya tengo mi propia empresa. Puedes pasarte cuando quieras. —Se encamina hacia un pequeño bar—. ¿Quieres algo de tomar?

—Por ahora estoy bien —ella toma asiento a mi lado con una copa en la mano—. Imagino que hay muchos buitres merodeando. —Suelto una risa burlona, esperando su reacción. Sonríe, pero baja un poco la mirada antes de responder.

—La verdad, sí, pero estoy saliendo con alguien desde hace un año.

—¿Y cómo se llama el afortunado? —Levanto una ceja, recargándome más cómodo en el respaldo del sofá.

—Dereck Pershing... —su voz suena casi tímida. La miro fijamente por un momento y luego esbozo una sonrisa orgullosa.

—Espero que trate bien a mi pequeña hermanita.

Ella ríe con alivio justo cuando una voz fuerte resuena en la sala.

—¡Farlanewins! —Reconozco el tono de inmediato y no necesito girarme para saber quién es Elizabeth. Siempre me ha llamado así, como si fuera mi nombre en lugar de mi apellido. Me levanto y la recibo con un abrazo. Al hacerlo, noto que los padres de Eleonor han entrado en la sala.

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