Nick se enamora de un corazón que pronto dejará de latir.
Amy es una estrella más cuya luz advierte con apagarse en el firmamento.
Ella, la chica cuya enfermedad terminal le ha puesto fecha límite a sus días. Él, un fanfarrón que se cruza en su v...
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Mamá me ha obligado a permanecer en reposo durante todo el día. He estado recluida en la estrechez de mi habitación desde el inicio de la mañana, cuando mis padres orquestaron mi traslado desde la incómoda camilla del consultorio hasta las acogedoras colchas de mi cama.
Tan sólo he pasado de apreciar las paredes pálidas del hospital para terminar observando, con el mismo inexistente interés, las paredes color lila que revisten mi dormitorio.
No he sido capaz de poner un pie más allá de la puerta sin que los gritos y la agitación de mi madre hagan un eco retumbante por toda la casa.
Ella piensa que estoy convaleciente. Mamá está tratándome como si estuviese desvaneciéndome en mi último aliento, y sus cuidados son excesivamente empalagosos. Pero la entiendo. No le agradó para nada el hecho de que su hija se hubiese desmayado en un lugar público, lejos de su supervisión, sin que ella hubiera estado allí para evitarlo de alguna forma.
Y ahora su exagerada preocupación la ha conducido a tenerme encerrada aquí, en cautiverio, bajo su estricto y rotundo precepto de “Prohibidas las salidas hasta nuevo aviso” y “Cuidado con moverte demasiado”. Sin olvidar el “Has tenido una recaída y necesitas descansar lo suficiente”
Mi madre no logra comprender cuanto aborrezco sentirme aislada del mundo, enjaulada. Estar postrada sobre una cama no es una alternativa cuando se tiene todo un mundo por delante fuera de estos cimientos, un mundo plagado de un sinfín de delicias por degustar en cada una de las particularidades que ofrece.
El aislamiento me hace sentir que estoy perdiéndome de un millón de cosas allá afuera. De las cosas que suceden continuamente a nuestro alrededor y suelen inmiscuirnos en sus aconteceres. De las cosas que la vida puede tenernos deparadas por allí, cosas inesperadas, inimaginables. De las cosas que nosotros mismos podemos trazar en nuestros caminos con nuestras propias decisiones y búsqueda de nuevas experiencias.
El mundo es un vaivén de oportunidades y dichas segundo tras segundo. Y si nos clausuramos de él ¿Cómo es posible que podamos beneficiarnos de ellas?
Mi madre debería tener algo muy en cuenta: lo último necesario para una adolescente desahuciada es mantenerla restringida de lo poco que puede ofrecerle la vida mientras le perdure.
Pero ella tiene la ilusoria esperanza de que yo podría mejorar. Y erróneamente considera que el primer paso para ello es abstenerme de los “Peligros de las andanzas a solas por las calles”. Ella asegura que debo recobrar mis energías para compensar la debilidad que me condujo al desmayo.
Pero lo cierto es que estoy bien. Todo pasó cuando el doctor Núñez inyectó cierta sustancia a mis venas y desperté renovada. Sólo se trató de un simple vértigo ocasionado por el recordatorio de la LLS de su existencia. Y ahora, gracias a la inseguridad que atormenta a mi madre, me ha tocado agobiarme sabiendo que el atardecer ya ha transcurrido sin dejarme deleitarme con él entre los caminos del Oest.