Capítulo 6: Hatake y Senju.

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     Era de noche, y la Senju caminaba sola hacia su casa sosteniendo sus bolsas de la compra cargadas hasta arriba. Al llegar a la puerta de su casa, sacó las llaves de su bolsillo y suspiró pesadamente. De repente, alguien habló.

     —Senju —susurró una voz masculina grave—. Tengo una propuesta para ti.

     —Que no quiero ninguna cafetera, por Dios, ya os lo dije —masculló Makoto, dejando las bolsas en el suelo para poder abrir la puerta.

     —La manzana no cae muy lejos del árbol. —Rio. —De todas maneras, no hablo de cafeteras, sino de algo mucho mejor. Si mi propuesta incluyese revivir a algunas de tus personas queridas, ¿la aceptarías? —habló con un tono juguetón.

     —Los muertos están muertos por algo y estoy segura de que son mucho más felices que los vivos —comentó Makoto, metiendo la llave en la cerradura—. Agradecería que se marchara porque, después de una propuesta tan absurda, está claro que jamás me uniré a nada de lo que me proponga.

     —Créeme, Senju, volveré a por ti, y vendrás conmigo por las buenas o por las malas. Sino, alguien podría sufrir las consecuencias, y podría morir de una forma peor a la de tu madre. —La chica frunció el ceño. —Hasta otra, Makoto. —La voz pareció desvanecerse.

     La Senju pese a su apariencia calmada estaba muerta de miedo, ¿quién debía ser ese? ¿Qué quería de ella? Le costó girar la cerradura para el lado correcto, pero, cuando lo consiguió, cogió sus bolsas las tiró en el salón y se sentó detrás de la puerta, asegurándose de que estaba cerrada.

     Era consciente de que lo peor ya había pasado, ya que si se había ido no la podría atacar, pero no podía dejar de preguntarse quién diablos era. Makoto subió a su habitación y se metió en la cama, cerrando sus ventanas gracias al pestillo de las mismas. Bajó la persiana y deslizó la cortina, cosa que no hacía en mucho tiempo. «¿Y si me he vuelto loca? —se preguntó medio en broma—. No sé ni porqué hago esto... si es un ninja entrará de cualquier manera».

     La situación provocó que aquella noche no durmiese, presa de la angustia y el miedo de saber que alguien la quería reclutar para algo. Esa noche dio vueltas en la cama mientras la voz se repetía en su cabeza una y otra vez.

     La mañana por fin llegó, haciendo que la angustia de la chica se disipara parcialmente. Lo que más destacaba de su cara eran las ojeras y sus bolsas, fruto del cansancio. Daba gracias a que se había hecho de día, no aguantaría otra hora más sumida en la oscuridad ella sola.

     No podía apenas moverse apenas, así que decidió no entrenar e ir con sus compañeros andando a paso lento, como si se tratase de una abuela.

     El equipo Minato había quedado en el campo de entrenamiento siete para practicar algunos jutsus, pero Makoto llegó una media hora antes, aun habiendo caminado extremadamente lento. Se sentó y apoyó su espalda contra el tronco de un árbol. No pudo evitar quedarse dormida en él.

     Cuando se despertó, lo primero que vio fue la cara de Obito Uchiha a centímetros de la suya propia, mirándola con una curiosidad.

     —Eh, ¿ah? Lo-lo siento —murmuró Obito, apartándose de golpe. Se rascó la nuca avergonzado.

     —¡Obito! ¡Te dijimos que no la despertaras! —le reprochó Rin.

     —Pero se ha despertado ella sola. —Obito frunció el ceño.

     —Da igual, ahora podrá entrenar —dijo Kakashi, que siguió entrenando sus jutsus.

     —Makoto, lo sentimos, es que te vimos tan cansada que decidimos dejarte dormir —explicó su maestro.

     —No pasa nada, ¿cuántas horas han pasado? —preguntó Makoto entre bostezos.

     —Solo dos, si quieres puedes entrenar todavía. —La Senju asintió y se puso al lado del Namikaze.

     —¿Qué jutsu he de perfeccionar? —murmuró Makoto mientras empezaba a estirarse.

     —¿Cuántos clones puedes llegar a hacer? —preguntó su profesor.

     —Depende del día. —Se encogió de hombros. —Mi máximo son ocho. —Enrojeció al saber que el Hatake podía hacer más que ella.

     —Para tu edad está bien. —Removió su pelo. —Pero, ¿qué te ha pasado? No sueles quedarte dormida en un árbol. —La Senju vaciló en contárselo o no, pero, al final, el lado más razonable de su consciencia ganó.

     —Alguien me persiguió hasta casa —explicó la alumna bajo la atenta mirada del rubio—. Me dijo que tenía que hacerme una propuesta, yo la rechacé al instante y dijo que alguien podría llegar a resultar herido por mi culpa. —Su maestro asintió ya tenía una idea de quién era y cuál era la oferta que había querido hacer a la Senju.

     —Makoto, le tengo que explicar esto al Hokage. —Ella asintió. —Tú quédate entrenando, si necesitas ayuda pídesela a Kakashi. —Makoto volvió a asentir.

     —O a mí. —Obito se señaló con el pulgar y ella sonrió de manera incómoda. «Me da a mí que no lo pilla...», pensó la Senju.

     Minato apereció delante de la oficina del Hokage en menos de un suspiro y entró una vez se le concedió el permiso.

     —Tercero. —El rubio se arrodilló.

     —¿Qué ocurre Minato? —preguntó el Hokage con la pipa entre sus labios.

     —Danzō está reclutando gente. —El Tercero se sorprendió.

     —¿Lo sabes con certeza? —Minato asintió.

     —Sí, ya se lo ha ofrecido a dos de mis pupilos —contestó seriamente—. Makoto Senju y Kakashi Hatake.

     —¿Sabes qué hizo Makoto? —Separó la pipa de sus labios.

     —Rechazó la propuesta y, entonces, la amenazó —El Sarutobi asintió mientras suspiraba.

     —Ya veo. Tendré que hablar con él... —dijo Hiruzen—. ¿Qué hay de Kakashi?

     —No ha querido contármelo —respondió Minato—. De todas maneras, hablar con Danzō no servirá de nada. Raíz es un lugar al que no podemos llegar, y temo por el futuro de Kakashi y Makoto.

     —Si tienen un mínimo de sentido común no entrarán. Pero ambos tienen un vacío que dejaron sus seres queridos, y pueden ser más susceptibles a ser llevados por la venganza. —El Sarutobi se sentó en la silla.

     —No, ellos son buenos chicos, confío en que sabrán qué hacer —dijo Minato sonriendo.

     —No, no te confundas, que sean buenos chicos no tiene nada que ver. Son demasiado jóvenes como para discernir si está bien lo que hacen y han sufrido tanto o incluso más que nosotros. Incluso si acabaran por el mal camino, ¿podríamos culparles, teniendo en cuenta que nosotros mismos hemos participado de una forma u otra en su dolor? —comentó Hiruzen.

     —¿Hay algo qué pueda hacer por ambos? —preguntó Minato.

     —Intenta que no quieran irse de tu equipo, quizás así tengamos una posibilidad de que no obedezcan a Danzō. —El rubio asintió sutilmente.

 —El rubio asintió sutilmente

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ANBU | Kakashi HatakeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora