CAPÍTULO 37: NI UN PASO EN FALSO

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Esto ya se prendió.


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No recordaba haber mirado a nadie con la profundidad con la que miraba a Kyan Novak en este momento.

Aquel era un juego que se había salido de control, o mejor dicho, uno en el que nunca había tenido dominio alguno.

La fragilidad de ese hombre en ese instante despertaba algo que jamás había sentido por alguien más. No mentía cuando declaraba estar enamorado de él, era tan devastadoramente cierto que cada segundo a su lado era doloroso al saber que él no sentía lo mismo.

¿Qué se supone que debería haber hecho al encontrarlo como un alma en pena deambulando en la calle con las manos ensangrentadas? Y ni siquiera le había permitido acercarse.

Era un completo estúpido y actuaba en consecuencia esperando como un perro afuera de su departamento con la esperanza de poder llevárselo a su casa y protegerlo.

Tal como la primera vez que lo había visto llorar frente al espejo de los baños del Zaphyr.

Pero al mismo tiempo, ¿resultaba vil de su parte dado el momento de vulnerabilidad en que evidentemente estaba? Sentía que sí, que indudablemente se había aprovechado de la situación.

No podía consigo mismo, no podía sino apretar los dientes todo el camino al castillo, conteniendo los deseos de besar sus labios, de derretir su lengua en aquel calor húmedo y prohibido que lo enloquecía tan furiosamente.

Nunca había requerido de tanto autocontrol antes.

A Daniel le gustaban las relaciones físicas con los hombres, tal como le había dicho en la cocina, era por eso que le resultaba tan frustrante no satisfacer sus deseos por él. Nunca antes había tenido sentimientos por alguien de su mismo género, era la primera vez... y resultaba extrañamente confuso por tratarse de una persona tan hermética como Kyan, tan reacio al contacto físico en un momento y tan sexual en otro.

Pero ante la inmensa tristeza que el castaño arrastraba como una lacerante cadena esa noche, sus ansias habían pasado a un segundo plano.

Deseó darle todo lo que estuviera a su alcance para hacerlo sentir bien. Le hubiera dado su brazo cocinado al Oporto si con eso pudiera borrar esa desoladora expresión de su rostro.

Para alguien que solía controlarse tanto como Novak, intuía que lo que había ocurrido esa noche iba más allá del límite que cualquiera podría aguantar con aplomo. Su dolor era muy personal, muy hondo.

Deseó por un segundo inspirarle la suficiente confianza como para saber el motivo, pero claro, realmente conseguirlo parecía algo imposible.

Siempre intentando deducir a través de sus reacciones lo que él no le decía, al grado de comenzar a obsesionarse con observar hasta las pequeñas respiraciones de ese hombre, el cambio en sus entonaciones, el significado de su lenguaje corporal.

¡Estaba loco por él! ¿En qué momento había perdido por completo la cordura?

Sentarse a su lado en la chimenea era algo casi irreal y escucharlo hablar de su familia de una manera tan confidencial resultó inquietante.

Kyan estaba confiando en él, aunque fuera circunstancialmente.

¿Cómo arruinar ese momento acercándolo a su cuerpo y obedeciendo sus instintos?

Tuvo que concentrarse cuando se quedó callado, en no romper ese glorioso y a la vez miserable momento.

Él necesitaba un amigo, se lo había prometido, pero como costaba cumplirlo.

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