19. QUIERO EL PODER DE DESAPARECER

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Alfred y yo bajamos del avión sin mirarnos ni tocarnos, es más, yo iba caminando prácticamente detrás de él. El juego había empezado hacía horas, días, pero sabíamos que una vez en Galicia sería cuando la partida se acercaba al punto decisivo. Después del encuentro con Ana en el vuelo éramos incluso más conscientes de lo importante que era que jugáramos bien nuestras cartas.

No teníamos ni idea de cómo sería la mujer que nos tenía que esperar en el aeropuerto, así que nos sentamos en uno de los sofás que había cerca de la zona de llegada del vuelo.

Vi como Ana salía de la terminal junto a su marido, ella iba arrastrando dos maletas y llevaba una bolsa de deporte colgada del hombro, mientras él le iba gritando que se diese prisa.

La miré con lástima, ojalá hubiese podido hablarle del plan y decirle que se viniera con nosotros.

Entonces recordé como había estado sentada en el avión, con la espalda recta y las manos en su regazo, así que decidí imitar su postura. Alfred me miraba incómodo, estaba odiando cada segundo de este paripé tanto o más que yo.

Volteé mi cabeza ligeramente hacia él pero sin llegar a mirarle,.

- Voy a hacer ver que me voy. - Le susurré. Espero que hubiese entendido lo que quería decirle, quería acelerar el proceso, hacernos notar.

Me levanté del asiento apresuradamente, con cara de culpable, e hice el amago de irme. De repente noté la mano de Alfred sobre la mía y tuve que contenerme para no sonreír.

- ¿Dónde crees que vas, cariño? - Pronunció esa última palabra con tal desprecio que casi me creí nuestro teatrillo.

- Yo... quería ir al baño. - Le contesté con la voz temblorosa.

- Seguro... ¿Acaso me has pedido permiso? Además, es la segunda vez que intentas irte al baño en menos de una semana, tal vez deberíamos hacer algo para solucionar tus problemas de vejiga.

Alfred iba levantando el tono de voz a medida que me iba hablando. Su mirada era fría y distante, me entraron ganas de llorar de verdad, lo estaba haciendo incluso demasiado bien.

- Siéntate quietecita aquí a mi lado y tendremos el resto del día en paz. - Me estiró de la mano para que volviese al asiento y me la puso en su regazo, cubriéndomela con la suya y entrelazando nuestros dedos. - Haz un mínimo de fuerza para intentar soltarte y repetiremos lo del martes.

Mi plan había funcionado, habíamos conseguido que las personas que estaban a nuestro alrededor se girasen para observar la escena, los hombres con cara de superioridad y las mujeres con empatía. Esperaba que una de esas mujeres fuese la que nos tenía que recoger y nos hubiese visto gracias al espectáculo que acabábamos de dar.

De repente un hombre joven se acercó a Alfred y le saludó dándole unas palmadas en la espalda.

- ¡Hombre tío! Por fin has llegado, me habían dicho que el vuelo de Barcelona llegaba con retraso, por eso no he venido antes. - El hombre cogió la mochila que tenía Alfred en los pies y se la colgó en el hombro. - Cuando veas la casa que me he comprado vas a alucinar. ¡Tiene una jodida piscina con cascada! Levanta a tu otro equipaje de la silla y vamos que está el taxi esperando.

¿Quién era este hombre? ¿Se suponía que debíamos seguirle? ¿El otro equipaje era yo? Miré a Alfred con temor y le vi tragar saliva mientras pasaba su brazo por mi cintura y empezaba a seguir al hombre a través del aeropuerto.

Nos acercamos a un coche de color negro con las ventanillas de atrás tintadas. Alfred y yo frenamos un poco el paso a pesar de que el hombre lo había acelerado aún más. Nos miramos dubitativos, ¿nos íbamos a subir en el coche de un desconocido?

Después de dejar nuestra mochila en el maletero, el hombre se giró para mirarnos. Pude ver como intentaba decirnos algo con los ojos y señalaba disimuladamente el coche con la cabeza, así que me armé de valor y tiré levemente de Alfred en dirección al vehículo.

- Siéntala detrás, el maletero es pequeño.

Dicho esto se sentó en el asiento del conductor. Alfred me abrió la puerta del coche, podía ver la inseguridad en su mirada, así que rápidamente le di un beso en el hombro y me agaché para entrar en la parte trasera.

Una vez dentro vi que había otra mujer sentada en la parte de atrás. Ésta me sonrió y me apretó la mano con la suya.

- Bienvenida hermana, soy Miriam.

Una vez estuvimos todos metidos en el coche, el hombre arrancó y salió del aeropuerto a toda velocidad.

- ¿Eres la amiga de Aitana? - Le pregunté a Miriam esperanzada.

- Así es. Cuando me dijo que me enviaría a una pareja no me lo podía creer. He de confesar que al principio pensé que me estaba tomando el pelo, o que la habían pillado y estaba intentando darme un mensaje o algo. Es la primera vez que vamos a intentar sacar a un hombre. - Rió.

Suspiré aliviada y me acerqué todo lo que pude al asiento de enfrente donde estaba sentado Alfred para poder abrazarle desde atrás.

- Ha salido bien, amor. Ya estamos aquí.

No pude evitar que la voz me temblara de la emoción y los ojos se me aguasen. Alfred agarró mis manos y las llenó de besos, sabía que estaba igual de contento que yo.

- Bueno, tampoco cantemos victoria. - Intervino Miriam. - He de admitir que, de momento, está siendo mucho más fácil que las otras veces. La verdad es que haber podido enviar a Pablo a buscaros ha facilitado bastante las cosas.

Miré al hombre que conducía y vi como nos sonreía.

- Soy su marido, lleva aguantándome casi dos años. - Rió. - La verdad es que el numerito que habéis montado en el aeropuerto ha sido la hostia, además que me ha ayudado a localizaros.

- Creo que esa era la idea, ¿verdad Amaix? Ella es el cerebro de todo.

Alfred me volvió a besar la mano que aún tenía agarrada con la suya y noté como sonreía contra mi piel. Asentí tímidamente. Entonces caí, había dicho que llevaban casi dos años de casados.

- ¿Dónde están vuestros hijos?

- No existen. - Rió Miriam. - Sé que estamos en el límite, pero queremos ayudar a la mayoría de personas que podamos antes de huir.

En ese momento realmente admiré a esa pareja, eran héroes, eran la resistencia, y su labor nunca sería reconocida. Todo lo que hacían era de forma altruista, simplemente por el hecho de ayudar a otra persona a encontrar la felicidad.

Me sentía cobarde, nosotros estábamos marchando con la cabeza agachada y otras personas estaban resistiendo con la cabeza en alto, arriesgando su propia integridad física, su propia casa.

Me llevé la mano que no tenía agarrada Alfred a la barriga y la acaricié suavemente.

- Nosotros necesitamos marchar, no podemos poner en peligro al bebé, pero... una vez salgamos, si podemos ayudar desde fuera contad con nosotros.

Sabía que a Alfred no le importaría que hablase por los dos, además sabía que aprobaría mis palabras.

- Pues bienvenidos a bordo. - Dijo Miriam mientras le apretaba el hombro a Pablo y sonreía con orgullo.


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¡Creo que todxs sabíais quien sería el contacto de Galicia! jajaja

Muchísimas gracias por comentar, votar y leer los capítulos. 😘

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