EPÍLOGO: TODO ES PERFECTO SI ESTÁS

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Observaba como Alfred y nuestra pequeña Helga arrancaban las malas hierbas del huerto que habíamos plantado en el jardín mientras reflexionaba sobre las vueltas que daba la vida.


Ya habían pasado dos años desde que llegamos a Londres, la ciudad que había visto nacer a nuestra hija, la ciudad que nos había dado la oportunidad de descubrir que una vida mejor era posible, y la ciudad desde la que habíamos ayudado a cientos de mujeres.

Cuando llegamos a la ciudad dos años atrás, lo primero que hicimos fue llamar a Miriam para hacerle saber que estábamos bien y dispuestos a trabajar con ella.

Desde el momento en que nos conocimos en el aeropuerto de Galicia supe que Miriam sería alguien importante para mí, para nosotros, pero nunca habría imaginado cuanto.

Gracias a sus contactos, nos consiguió un pequeño piso en el centro de Londres. Más bien era un estudio, ya que la única habitación que tenía paredes era el baño, pero a nosotros no nos importaba, nos sobraba con lo que teníamos.

Pocos días después de llegar, Alfred consiguió trabajo en la banda de un musical en el teatro y yo empecé con mi búsqueda de supervivientes en la ciudad y a comunicarme con Miriam para encontrar a Ana.

Alfred había insistido en que buscase trabajo como músico, que es lo que yo siempre había querido y por fin había llegado mi oportunidad, pero en esos momentos lo que más me importaba era encontrar a Ana, ya tendría tiempo de sobras para dedicarme a la música.


Al ver que su insistencia no servía de nada dejó de mencionármelo. Unas semanas más tarde, me encontraba impaciente paseando por el pequeño espacio de nuestro piso esperando a que Alfred volviese de trabajar. Todos los días hacía la misma rutina y llegaba a la misma hora a casa, pero aquel día se estaba retrasando. No es que le controlase, pero dos horas me parecía un tiempo más que razonable para darme cuenta de su ausencia.

Cuando por fin llegó a casa no le dejé decir ni una palabra.

- ¡¿Dónde has estado?! Sé que no tengo derecho a pedirte explicaciones sobre lo que haces en tu tiempo libre, pero agradecería que la próxima vez que quieras quedarte a tomar unas copas o lo que sea con tus compañeros de trabajo me avises. Joder Alfred, ¡he estado muy preocupada por si te había pasado algo! ¿Y que es esa caja que llevas en las manos?

Alfred me sonrió tímidamente y se acercó a mí.

- Primero, tienes todo el derecho del mundo a pedirme explicaciones, porque si tú no aparecieses por casa a la hora normal me volvería loco y movería Londres entero para buscarte. Segundo, no llevaba intención de llegar tan tarde, pero el señor de la tienda ha creído que por tener un acento diferente al suyo iba a poder estafarme. Lo que me lleva hasta la caja que llevo en las manos.

Dejó la caja suavemente sobre la cama y se giró para mirarme.

- ¿Quieres abrirla? Lo que hay dentro es tuyo.

Miré a Alfred intrigada, me acerqué a la caja y la empecé a abrir lentamente. Cuando vi lo que había dentro no pude más que girarme con cara de ilusión y tirarme a los brazos de Alfred.

- ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! - Exclamé mientras abrazaba a Alfred lo más fuerte que podía.

- No me las des, en verdad es un regalo un poco egoísta...- Me respondió sonrojado.

- ¿Me compras un teclado y me dices que estás siendo egoísta?

- Jo... hecho de menos escucharte cantar mientras tocas el piano, cuquita.

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