Luke
Triana se encontraba recostada en el sofá, pensando en sus cosas tranquilamente.
Me gustaba ver la cara que se le ponía cuando tenía algo a lo que darle vueltas.
Si al fin encontraba una solución sonreía pícaramente y me besaba como si yo hubiera sido la respuesta a todas sus dudas.
Se levantó y me miró a los ojos de una forma cercana y cariñosa, como si quisiera estar el resto de su vida junto a mí.
Hoy iba vestido de traje.
A trabajar también solía ir así, pero los domingos no me ponía esa ropa, ni aunque me pagasen. Era incómoda y pesada, me impedía una movilidad cómoda y eso me agobiaba bastante. Además me hacía sudar como si verdaderamente me tiraran barreños encima.
—¿por qué vas así? —me senté junto a ella y me observó detenidamente como si tuviera algo raro en la cara. Pero aunque su mirada fuera muy directa, no me molestaba, porque me miraba de una forma tan dulce, que conseguía que me tranquilizara.
—aún no miraste en la mesilla—dije y ella se acercó a mí risueña.
—como sea una guarrada te juro que te pego—sonreí y negué. No me hubiera tomado tantas molestias para una tontería, era algo importante.
—sabes que no soy así—agarró el cuello de mi camiseta y me besó de nuevo en un beso rápido.
Ambos subimos a mi habitación y ella miró el mueble un tanto curiosa. Dudando si debía, o no abrirla, finalmente comenzó a tirar flojito y yo la frené de golpe.
—te quiero—dije en un susurró que casi no se escuchó.
Ella también me lo decía, aunque no con tanta frecuencia como yo.
Aparté mi mano para que finalmente pudiera tirar del cajón.
Rebuscó bien y sacó algún calcetín y alguna corbata. Hasta que finalmente llegó al objeto que quería que encontrase.
—¿qué es eso? —dijo sin sacarlo del mueble.
Yo sonreí y la invité a que sacara lo que tenía entre sus manos, pero justo una de las niñas comenzó a llorar. Triana dejó las cosas como estaban y bajó a por las crías, las trajo entre sus manos, y las colocó tumbaditas en nuestra cama.
Cuando la conocí me dijo que odiaba a los bebés, pero ahora parecía que había cambiado de opinión.
Sin duda, lo mejor de mi vida eran las gemelas, mis gemelas. Eran el comienzo de la familia con la que tanto había soñado hacía tiempo atrás.
Siempre tuve mucho amor, pero no fue por mis padres, eso desde luego.
Quizás durante mis seis años tuve una época feliz, pero les voy a ser sincero, no me acuerdo.
Triana volvió a meter la mano y sacó el pequeño cubo de color rojo.
Su cara fue entre sorpresa y susto.
Me miró algo nerviosa y apunto de llorar. Yo aproveché y me arrodillé frente a ella, robándole la cajita.
—Triana Rey, ¿quieres casarte conmigo? —se me quedó mirando un segundo, que pasó como horas, y sentí que el tiempo se había detenido. Nada avanzaba, nada se movía y la miré a ella. Mostraba terror.
Se levantó de golpe y caminó al baño conteniendo las lágrimas.
No sabía muy bien que acababa de pasar y menos como reaccionar.
Me senté en la cama y esperé, segundos, minutos e incluso horas.
Me quedé tumbado en la cama junto a las dos niñas a mi lado. Dando vueltas y vueltas sobre el mismo eje.
Me cansé de estar en una posición fija mientras veía como el sol se cambiaba por la luna y todo oscurecía.
Me levanté y caminé a una de las habitaciones de la casa.
Sobre una mesa un pequeño paquete envuelto de color azul y en el que ponía mi nombre.
Tanto la caligrafía como el color se correspondía a la de quien fue mi mejor amiga.
Lo abrí y miré su interior. Un pequeño álbum de fotos con todos los momentos que yo había pasado con Naima, Arlet, Mónica, James, Evan, Blair, Zac, mis padres, Millam, Ian, Dylan, Casandra y Triana. Sobre todo estaba plagado de nuestras fotos juntos.
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Desde que te vi
Teen FictionA Triana la dijeron de pequeña que si juegas con fuego te quemas y a Luke que si te metes en medio de una pelea clandestina acabas con un puñetazo en la cara. Un periodista, estudioso, responsable. Una choni, bruta, loca y con una empatia que roza e...
