Un crimen sin pistas, reabre los casos sin resolver atribuidos a un asesino en serie. Una pareja de detectives deberán armar aquel rompecabezas , corriendo contra el tiempo, ya que el viajero está empeñado en dejar su marca.
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Un joven, portando una mochila, salió del hotel en dirección de la terminal de buses. Quería irse de aquella ciudad por muchos motivos. El principal: el calor. Aquel sitio podía considerarse cómo la antesala del infierno. Apenas había estado unos meses subsistiendo en aquella capital de provincia, pero sabía que no deseaba regresar jamás en su vida entera. Podías estar sentado a la sombra sin hacer nada, y empezar a sudar sin control. Y la humedad excesiva hacía que todo el tiempo sintiera esa incómoda sensación de suciedad en la piel.
Además al haber satisfecho su vicio un par de veces, ya se había vuelto peligrosa su estadía. Pronto las autoridades empezarían a indagar, y cualquier fuereño sería sospechoso.
Pero al final no todo había sido malo. Aquel encuentro providencial le había dado un propósito, un motivo. Ahora todo se veía claro y con total sentido. Antes había sido una caricatura de sí mismo. Un ser a medias. Hoy, lo opuesto.
Por ello salió temprano de aquella posada. Pagó lo adeudado, y caminó sin prisa a la estación de autobuses. El sol no había salido por lo que confiaba abandonar ese detestable lugar antes que aquel calor opresivo se apoderara de todo.
Luego de caminar un poco, llegó. Decirle "terminal" a aquel galpón era un mal chiste. El perímetro estaba cercado por láminas de zinc que casi estaban más allá de la oxidación. Apenas diez sillas para los pasajeros en espera. Una taquilla lamentable que con facilidad podía confundirse con una letrina. En definitiva, pensó el viajero, estaba en el culo del mundo.
Se acomodó en aquellos asientos que parecían los despojos de una escuela paupérrima. Esperaba ansioso la venta de los boletos para poder regresar a la ciudad capital. Al fin y al cabo, allí había nacido, y le parecía que era el mejor sitio adonde podía empezar de nuevo. Sin ceremonia alguna sacó de su mochila un libro gastado que alguien había dejado olvidado en la habitación de aquel hotel. La portada se veía borrosa y en ella podía leerse un título enigmático: "El golem". Faltaban las primeras páginas, y el nombre del autor era un misterio porque dicha parte estaba deteriorada al punto de solo verse unas manchas que no resolvían aquella incógnita.
Al viajero eso no le importó, ahora le encantaba leer. Había descubierto aquel placer hacía poco, y ahora era un completo devorador. No tenía ninguna preferencia. Incluso gastó parte de sus días en ir a una biblioteca en el centro donde pudo saciarse. Pensó en que quizá sería bueno ir por primera vez a la escuela. Ahora que le habían enseñado a leer y escribir se le antojaba cómo una buena idea. Un poco de estudio a nadie le hace daño.
Antes de proseguir con su lectura pensó en el destino final de su hermano. Sintió algo parecido a la lástima, pero aquello no duró gran cosa, porque sabía que él no tuvo ninguna responsabilidad en aquel desenlace fatal. Es más, incluso tuvo la oportunidad de vengar el agravio. Entonces todo eso era caso cerrado, lo único que importaba era saber qué hacer cuando llegara a su destino.
Seguía pensando en todo aquello. Tan absorto estaba que parecía estar embobado viendo el libro que reposaba en su regazo. Por lo anterior no se dio cuenta que había alguien sentado a su lado y que lo observaba con franco interés. El curioso comentó:
— Ese libro me gustó. Lo tenía mi padre en su biblioteca.
El viajero volvió a ver, un tanto asustado.
— ¿Y es bueno? — preguntó al recién llegado como en un acto reflejo.
— No te lo quiero arruinar. Pero yo lo leí en un sentón. — respondió el chico.
Entonces ambos se presentaron, animados por su mutua afinidad a las letras. Pasaron charlando un rato, sintiendo como el tiempo corría más rápido. De pronto el muchacho sacó de su maleta una bolsa de donde extrajo un par de emparedados de carne. Su padre, según comentó, era un ganadero de una ciudad vecina que lo enviaba a estudiar a la capital. Allá lo recibiría una tía lejana a quien no veía desde que era un niño. El viajero fue parco al hablar de sí mismo, no por falta de honestidad sino porque quería un nuevo comienzo, y el pasado se volvía un poco nebuloso si se ponía a pensar mucho en él. El hijo del hacendado compartió su desayuno con el viajero como si fuesen amigos de toda la vida.
Luego de un rato, un hombre obeso que durante todo ese tiempo había estado barriendo la plataforma, sacó un manojo enorme de llaves, y abrió la pequeña taquilla que estaba ubicada al fondo del galpón. Con cierta parsimonia empezó a hurgar en un pequeño escritorio, de donde sacó una gorra gris que parecía provenir de alguna guerra anacrónica.
Algunos de los pasajeros observaron la maniobra y empezaron a acercarse al sitio. Los dos muchachos, uno portando una mochila y otro una maleta, también imitaron la acción, y al final se incorporaron a la naciente fila.
El hijo del ganadero iba adelante del viajero. Seguían hablando de literatura mientras esperaban su turno. Cada uno pensaba que era una suerte haber encontrado a alguien afín y locuaz. Así las ocho horas que duraría el viaje, de seguro, ni se sentirían.
El gordo proclamó con un acento marcado:
— ¡El que sigue!
El chico de la maleta se adelantó y sin más dijo:
— ¡Capital! ¡Solo de ida! — entonces le entregó al empleado un billete que valía el doble que el pasaje.
El funcionario cortó, de un talonario amarillento, dos boletos dándoselos al muchacho de forma mecánica.
— ¡Hey! Yo solo quiero uno — reclamó aireado el joven.
El hombre entornando los ojos, lo observó con recelo diciendo:
— ¡Yo pensé que pagabas también el de tu hermano!
El chico se sintió extrañado pero al verse reflejado en el vidrio polvoso de la taquilla, notó que su nuevo compañero tenía un aire familiar. Podría, sin duda, pasar como un pariente, tal vez un primo. Ambos eran de piel clara, cabello castaño, y una constitución robusta. Lo único que parecía distinto era la forma de la nariz. La propia era un tanto aguileña, y la del viajero lucía más respingada. Por lo anterior, era obvia la confusión del taquillero.
Luego de aquello, el futuro estudiante quiso indagar los orígenes de su acompañante, pero este se mostró esquivo. Aunque ambos al final concluyeron que aquella coincidencia era fortuita. Algo del azar.
El autobús llegó puntual a la terminal. Y aquellos jóvenes abordaron el vehículo que los llevaría a la urbe donde los esperaba su destino.