Por fin llega el viernes. Solo he estado una semana en el instituto y se me ha hecho eterno. No solo por tener que soportar la incómoda presencia de Luna y sus amigas, sino también porque aún no he conseguido socializar. Lo he intentado.
Juro que lo he intentado.
El martes, nada más llegar a clase, antes de que llegara la profesora de Historia, me acerqué a Diana, Julia y Arantxa, que me dedicaron una mirada que me hizo entender que no era bienvenida. Pero hice caso omiso y me dispuse a seguir con mi idea inicial. Quizá sea una mala interpretación mía. Me suele pasar: a veces interpreto erróneamente los gestos o acciones de los demás.
―¿No creéis que como sigamos a este ritmo en Historia no vamos a dar todos los temas para selectividad?
Estamos en la segunda semana de octubre y se ha detenido en explicar un tema no que aparece en el libro y que, por ende, tampoco en la selectividad.
―No creo que demos todo -Arantxa se encogió de hombros sin mostrar interés alguno, no sé si en mí, si en el tema de conversación, si en el hecho de que no le interesa dar todos los temas o en todo en general.
―Podríamos hablar con la profesora y explicarle la situación? -sugerí.
―Eso ya lo hemos hecho -respondió Julia secamente -y no ha hecho caso.
«¡Qué chicas más difíciles para hablar!» pensé mientras regresé a mi sitio, porque la profesora entró en clase. Después, a la hora del recreo, tuve la intención de acercarme de nuevo a ellas, pero vi la mirada que me echaron y no tuve fuerzas. Misión fracasada.
El jueves volví a intentarlo con otras dos compañeras de clase, pero el resultado fue el mismo. Estos intentos fallidos solo han conseguido que me encierre más en mí misma -descubriendo que estoy bien yo sola, como he sentido siempre -, que mi autoestima baje un poco más y quitándome las pocas ganas que tenía de hacer amigos.
Hoy ya he decidido que es mejor estar sola que mal acompañada. Ninguno de mis compañeros ha mostrado interés en conocerme, solo yo he intentado acercarme a ellos y me han rechazado. No puedes conocer a alguien si este no se deja conocer.
No tengo problema en aceptar que, otra vez, estaré sola en el instituto. Ya estoy acostumbrada y he de admitir que no me importa en grandes medidas. Yo disfruto de la soledad. Me divierto conmigo misma. Eso hace que no eche de menos el contacto social.
―Chiara -mi madre se asoma por la puerta de mi habitación - ¿estás preparada?
Vamos a ir al Hospital a ver a mi abuelo, que está ingresado, recibiendo la quimioterapia. El motivo de mudarnos a Zaragoza fue el estado de salud de mi abuelo. Queríamos estar más cerca de él en este momento duro de su vida y darle nuestro apoyo para superar juntos el cáncer que, desde hace un año, tiene. Queríamos mudarnos desde el primer día que nos comunicó la mala noticia, pero los trabajos de mis padres nos lo impidieron. Hasta este año: mis padres encontraron trabajo aquí y nos mudamos.
Mi abuelo se emociona al vernos entrar. A pesar de lo débil que está, saca fuerzas para sonreírnos y hacernos ver que está bien. Es su manera de decirnos que no nos preocupemos por él. Le doy un abrazo y un beso y luego hago lo mismo con mi abuela.
―¿Qué tal llevas el tratamiento, yayo? -me siento en la camilla y le cojo la mano.
No puedo esconder la tristeza que siento al verle con tantas vías pinchadas con diferentes medicamentos o lo que sea. No logro acostumbrarme a ver a la persona que más quiero de esa manera. El cáncer es injusto. No debería existir.
―Bien, cariño. Poco a poco, ya sabes cómo va esto... Despacio, pero avanzando. Y lo más importante es avanzar. No importa la velocidad, solo no detenerse.
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La riqueza del corazón || Alex Hogh Andersen || #Wattys2019
Teen FictionLas decepciones en sus amistades han hecho que Chiara no confíe en nadie y que haya perdido el interés en hacer amigos. Para ella, el maravilloso mundo de los libros es la mejor compañía. Los libros nunca te fallan, no te engañan. Alex, un joven de...
