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La mañana del domingo la paso en el Hospital con mi abuelo, así mi abuela puede aprovechar para ir a casa a descansar, que lo necesita. Mi abuelo me cuenta cómo va evolucionando. Los médicos están contentos porque esta semana no ha sufrido ningún bajón, las transfusiones de sangre le han ido muy bien.

―Me he informado del proceso y me voy a hacer donante de sangre. Así puedo ayudar a mucha gente como muchos te ayudan a ti.

―Eso es muy bonito, cariño -me aprieta la mano -. Es un acto que salva muchas vidas.

―La próxima vez que venga el autobús de donar, iré.

―Me ha contado la abuela que ayer tuviste una cena con tus compañeros de la Academia, ¿qué tal te lo pasaste?

―Muy bien. Después de cenar, fuimos a un karaoke. Incluso canté una.

―¿Cuál? -me pregunta interesado. Sé que también quiere que se la cante, le conozco muy bien.

Le canto la canción mientras veo cómo se emociona. Le encanta escucharme cantar y a mí cantarle. Cuando acabo, le abrazo.

―Tienes una voz angelical, mi vida. Es un placer escucharte -me dice al oído.

Como siempre hace cuando estamos juntos, mi abuelo me cuenta algún episodio gracioso de su juventud. Es algo que le pedí cuando tenía 10 para conocerle más, para saber más sobre su historia. Creo que todas las personas vivimos una historia, aunque no queden reflejadas en libros o en cualquier soporte. Y yo quiero saber la historia de mi abuelo y, sobre todo, la emoción y la alegría que siente cuando me la cuenta.

Cuando llega mi abuela me doy cuenta de lo rápido que se me ha pasado la mañana con mi abuelo. Me despido de ellos y cojo un taxi hacia mi casa. A medida que me acerco a mi calle, un nudo crece en mi estómago, temiendo la reacción de mi padre.

Ayer me fui despidiéndome de manera general, no entré en el salón para despedirme como otras veces. Y esta mañana no ha respondido nada cuando he informado por el grupo de familia que estaría en el Hospital y que regresaría a la hora de comer. Es algo extraño.

Para mi sorpresa y alegría, mi padre no dice nada cuando entro en casa. Saludo a mi hermano Gianluca con un beso y voy a mi habitación. Necesito una ducha.

Lunes

Lo primero que hago al llegar al instituto es dirigirme a la sala de profesores. Llamo a la puerta con dos golpes suaves y cuando escucho un «adelante», entro. La sala es amplía, dispone de una mesa larga central, rodeada de mesas, en una de las esquinas se encuentra la máquina de café junto a una pequeña nevera y un lavamanos, además, hay estanterías con libros a un lado y, al otro, ventanas por la que se filtra la luz solar. Busco con la mirada a mi tutor y, a la vez, profesor Lengua Castellana y Literatura. Es el más joven de los profesores el instituto, tiene 30 años, pero aparenta menos.

―¡Buenos días! Antonio, ¿puedo hablar contigo un momentito?

Mi tutor afirma con la cabeza mientras camina hacia mí. Salimos de la sala, quedándonos afuera y con la puerta cerrada para que no nos escuchen. Me hace un gesto con la mano para animarme a hablar.

―Quería preguntarte si podías cambiarme de sitio.

―¿Tienes algún problema con Pablo? -me interrumpe, con voz preocupada -¿Te ha hecho algo?

―Sí, pero en el pasado. Pablo es mi ex-novio y digamos que nuestra relación fue tóxica. Y tenerle al lado es incómodo, a la vez que me recuerda episodios pasados que quería olvidar.

―No te preocupes, os cambiaré de sitio. Pero cambiaré a todos, para que no se den cuenta y no hagan suposiciones, ¿te parece? -me propone.

―Genial. ¡Muchas gracias, de verdad! Es un gran alivio para mí.

―No hay de qué. Si necesitas hablar de algo, ya sabes dónde estoy -me sonríe.

Tal y como ha dicho, Antonio cambia la distribución de la clase nada más entrar, argumentando que es hora de cambiar de compañero para que nos relacionemos con los demás. Esta vez me colocan en primera fila, en frente de la mesa del profesor con una compañera que se llama Ana y es una de las amiguitas de Luna. En cambio, Pablo está en el otro extremo, pero en la penúltima fila, con Luna. Cuando empieza la clase, me mira y yo le sonrío en agradecimiento.

«¡Mierda!».

Pablo ha venido a buscarme en el recreo. No me queda otro remedio que permanecer en el banco, esperando a que se acerque y que suelte de una vez por todas lo que me tenga que decir. Se sienta a mi lado y yo ni siquiera le miro. Mi mirada está fijada al frente, hacia el edificio. Noto que Antonio está parado, mirándonos. Seguro que está de guardia y ha visto que Pablo está conmigo y quiere asegurarse de que todo va bien.

―¿Quién es el chico de ayer?

¿Suena celoso o es lo que me está pareciendo? Esta vez sí le miro, dedicándole una cara de incredulidad. No me puedo creer que me pregunte eso. Me recuerda a esas veces, siendo parejas, en la que hablaba con cualquier chico por cualquier motivo, aunque fuera una tontería, y siempre me formulaba esa pregunta. Me sentía controlada y observada. ¿Qué se imaginaba que iba a hacer? ¿Lo que él me hizo meses después?

―¡A ti que te importa!

―Me preocupa la gente con la que te juntas.

Me río. Es increíble que él, que se ha juntado con cada quién, se preocupe ahora por cómo son las compañías. Además, ¿por qué juzga a Alex sin conocerlo?

―¿Qué hay de malo en que él sea mi amigo?

―Es un vagabundo.

―¿Y?

―Que se va a aprovechar de ti -me advierte.

―Pensaba que eso ya lo habías hecho tú.

Me voy. No aguanto más su presencia. No soporto más que venga de bueno cuando ha sido y es malo. No conoce nada a Alex, no puede suponer que se va a aprovechar de mi. Alex no es ese tipo de persona.

Sin embargo, Pablo sí se aprovechó de mí, de mi inocencia, de mi ingenuidad, de mi inseguridad, de mi bien hacer. Con él, la frase «de buena, tonta», se cumplía en todas las ocasiones. Podría decirse que se me ha tatuado en el cerebro de tantas veces que me la repetí cuando estaba con él.

La voz de Antonio me detiene antes de entrar al edificio. Me paro y veo en su cara preocupación. No sabe de qué hemos hablado, pero el haberle confesado que fue una relación tóxica puede que provoque que se imagine lo peor.

―¿Estás bien? ¿Qué te ha dicho para que te fueras de esa manera?

―Sí, estoy bien. Ha sido una tontería, pero eso me ha traído un mal recuerdo.

Sin esperarlo, me abraza. Me siento incómoda y un poco avergonzada de que me abrace delante de otros alumnos y, también, de que se tome tanta cercanía conmigo. Noto que los alumnos que están cerca nos están viendo y están susurrando cosas inaudibles.

―Yo también pasé por una relación tóxica, sé lo que puedes sentir -me comenta en el oído y yo asiento con la cabeza.

El timbre hace nos separemos. Le sonrío a modo de despedida y voy a clase. Agradezco que no tenga clase con Antonio en lo que queda de mañana, porque no sabría cómo actuar, cómo sentirme. Ese abrazo me ha sorprendido de verdad y, también, su confesión. Solo soy su alumna y no he hablado con él más que lo que compete a su asignatura y de las demás en general. Simplemente, una relación típica de tutor-alumna.

De verdad, no lo entiendo por más vueltas que le dé. 

La riqueza del corazón || Alex Hogh Andersen || #Wattys2019Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora