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Ruedo los ojos al ver la misma imagen de todas las mañanas: Pablo besándose con Luna mientras se asegura de que les estoy viendo. El tonto de él se pensará que me da celos y que volveré con él solo por verle con otra persona. No soy ese tipo de persona.

Y, como siempre, sigo mi camino hacia clase sin percatarme de la pareja. No me importan nada. Hoy es un día importante, vienen a darnos una charla sobre la Selectividad y sobre las carreras que podemos optar según nuestros intereses. 

A pesar de que ya tengo mi futuro decidido, atiendo a la charla, porque la información que proporciona es útil. Sobre todo, la que está relacionada con la prueba de Selectividad. Da vértigo que tu futuro se decida por una nota. 

―¿Sigues queriendo estudiar la carrera de Educación Primaria?

La voz de Pablo me sorprende por detrás. Me giro, quedando enfrente de él.

―Sí. Las vocaciones no suelen cambiar -le dedico una sonrisa falsa y, después, me dirijo a la clase de Latín.

―¿No quieres hablar conmigo? Estoy de buenas. 

―No es que no quiera hablar, que no quiero, es que tampoco tengo nada que hablar contigo -le marco la diferencia. 

―Quiero ser tu amigo.

Abro los ojos como platos y suelto una carcajada. ¿Amigos? ¿Nosotros? No sé cómo se atreve a pedir eso como si fuera lo más simple del mundo. 

―Para ser amigos se necesita confianza y eso es algo que ya no hay entre nosotros dos -le indico.

―La podemos recuperar.

Niego con la cabeza. Para mí, una vez perdida la confianza, no se puede recuperar. No puedo volver a confiar en alguien que ya me ha fallado, varias veces. Es como si trataras de recomponer un jarrón roto. Imposible. 

―Nunca volveré a confiar en ti. Lo intenté dos veces y nada. Y aquí lo de a la tercera va la vencida no vale.

Pablo me mira decepcionado, pero me da igual. No quiero volver a vivir una historia en la que ya sé el final. Ya lo he vivido dos veces y no estoy preparada para una tercera ni quiero.  La historia con Pablo ya es un libro acabado, sin terceras partes. 

Por la tarde, acudo a la Academia. Solo quedan dos días para el concierto y tenemos que ensayar para que todo salga perfecto. Estoy muy ilusionada. porque va a ser la primera vez que ensayemos en el escenario donde tendrá lugar el concierto. 

Es mi turno. Me sitúo en el centro del escenario, esperando a que comience a sonar la primera canción. Observo el patio de butacas vacío y me entra una sensación de nerviosismo al darme cuenta de que el sábado estará todo lleno (o eso es lo que se espera). La música hace que deje de pensar en cómo será el sábado para centrarme en cantar.  

Tras acabar, me dirijo al banco donde quedo siempre con Álex después de la Academia. Me quedo sorprendida al ver que no está. Tampoco lo ví el otro día y mi preocupación aumenta, porque no sé si le ha pasado algo malo. No tenemos medio para comunicarnos, por lo que no sé cómo está. Trato de tranquilizar a mi mente, que no para de pensar en él. Intento convencerme de que está bien y que, quizás, esté ocupado haciendo cualquier otra cosa o que se le ha olvidado, por segunda vez en una semana. Después de estar media hora esperándole, regreso a mi casa entre un sentimiento de inquietud y preocupación. 

Sábado

Ya estoy vestida y maquillada para salir a cantar. Estoy en el camerino, esperando mi turno, cuando mi mente, que no ha dejado de estar intranquila por Álex, vuelve a pensar en él. Me prometió que iba a venir a verme, pero, desde hace exactamente una semana, no tengo noticias de él. Me temo lo peor, pero ahora mismo tengo que apartar esos pensamientos para centrarme en dar lo mejor de mí en el concierto. 

La riqueza del corazón || Alex Hogh Andersen || #Wattys2019Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora