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―¿Estás bien, Chiara? -me pregunta mi profesor de canto de la Academia, Eduardo.

Por lo visto, mis nervios se están haciendo notar en mi voz. Así que cojo aire y lo expulso lentamente para así tranquilizarme. 

―Sí. Lo siento, estaba pensando en otra cosa.

Intento dejar el tema de Álex a un lado y centrarme en la clase de canto. Dentro de dos semanas vamos a tener una pequeña prueba en la que nos calificarán, por lo que debemos ensayar y trabajar bien aquellas notas que más difíciles encontramos. Y la canción que actualmente estoy ensayando tiene notas muy altas que con esfuerzo se pueden alcanzar.

―Con la canción de Christina Aguilera podrás obtener una buena nota si la haces bien, pero si no... 

―Puede salir muy mal -completo la frase -. Lo sé.

―Para eso tienes que seguir practicando y dejar las cosas que no tengan que ver con la canción, fuera -me regaña.

―Tienes razón. Me disculpo, otra vez.

La clase continúa sin ningún despiste. Después, con paso acelerado, me dirijo a Fuente Dulce, donde he quedado con Álex. Cuando me ve, se levanta y se dirige hacia a mí, sonriéndome. Eso es buena señal.

―¡Me han cogido!

Me abraza y me da una vuelta en el aire, lleno de felicidad mientras yo me río.

―¡Me alegro mucho! -le beso.

―Aunque es una sustitución de un mes -me comunica, rascándose la cabeza.

―Bueno, algo es algo. Por algo se empieza.

Caminamos hacia nuestra mesa.

―Sí. Pero estoy contento. Por primera vez, no me han juzgado por mi apariencia y van a confiar en mí. 

―Ya te dije que no todos son como los de tu primera entrevista. Hay gente buena -le acaricio la mejilla, mientras él me sonríe. 

―Aunque no me hubieran cogido, solo por hacerme la entrevista, ya hubiera estado contento -se sincera -. Para una persona como yo, el simple hecho de que te tengan en cuenta, es muy importante -una lágrima se desliza por su mejilla.

―Lo entiendo -le aseguro -. ¡Pero lo has conseguido! ¡Y estoy tan orgullosa!

Nos abrazamos.

―¡Gracias! -me besa.

―Estaba tan nerviosa por saber si te habían aceptado, que el profesor de canto  me ha llamado la atención -me río.

―No tenías por qué estarlo, Chiara.

―Lo sé, pero me suelo poner nerviosa fácilmente y más si es por ti. Quiero que todo te vaya bien.

―Eres tan dulce, Chiara.

Ahora es él quien me acaricia la mejilla y, lentamente, se acerca a mí y me besa. Pero el beso es interrumpido por la persona que menos me apetece ver en este mundo: Pablo.

―¡Oh, qué bonito! La dama y el vagabundo versión humana -se burla.

La rabia me invade y estoy levantándome dispuesta a replicarle cuando Álex se me adelanta.

―¿Quién te crees que eres para hablar así de mí? -le empuja.

Está enfadado y dolido. Se nota y lo puedo entender. Pero no me gusta cómo puede acabar la situación. 

―¿A caso no es verdad? -le planta cara, sin importarle que Álex sea más alto que él.

Conozco a Pablo y sé que viene a continuación. Así que decido intervenir antes de que vaya a más. Me coloco entre los dos para separarles.

―Sabía que eras mala persona, pero no podía imaginar que lo fueras tanto -le digo, decepcionada -. Ser vagabundo no es un problema. Además, se puede salir de ahí. Pero la maldad sí que es problema, porque eso es para siempre. 

Siempre me cuesta plantar cara a alguien. Ni siquiera me defiendo cuando me atacan a mí. Pero ahora que se está metiendo con Álex, no puedo quedarme quieta y no actuar. No soporto que una persona se burle de otra y mucho menos que sea mi ex-novio el que lo haga en contra de Álex.

―Vámonos, Álex -le cojo de la mano -. Me das pena, Pablo. 

Por suerte, Pablo no replica y se queda quieto en el sitio, viéndonos marchar. Cuando nos hemos distanciado de Fuente Dulce, rompo el silencio que se ha instalado entre nosotros. Me detengo, le cojo de las manos y le miro a los ojos.

―Álex, no quiero que te sientas mal por el comentario de Pablo. Siento mucho lo que ha pasado. No... No sabía que podía ser tan malvado. Yo... Yo...

―Chiara, no pasa nada. Llevas razón: ser vagabundo no es un problema, pero sí ser mala persona. Yo saldré de esta situación, pero él no podrá cambiar.

―Aún así, lo siento -me disculpo.

―Tú no tienes la culpa, Chiara -me abraza -. ¿Sabes de qué tienes la culpa?

―¿De qué? -le miro con extrañeza.

―De hacerme feliz.

[***]

Otra vez los gritos de mi padre se escuchan desde el portal. Es la segunda vez que discuten esta semana y no es nada agradable. Generalmente suele ser por asuntos estúpidos como, por ejemplo, que mi madre haga cualquier cosa de una forma diferente a la que le ha dicho mi padre. Estúpido, ¿verdad? Así es mi padre...

Pero esta vez el tema de discusión es, por lo que he podido deducir al escuchar, que mi madre está sin trabajo y mi padre se lo está echando en cara. Mi madre está echando currículums en distintas tiendas y también está buscando empleo en distintas plataformas de búsqueda de trabajo. Pero no encuentra nada y no es su culpa, pero mi padre no lo entiende.

Cuando escuchan el sonido de las llaves en la cerradura, la discusión cesa. Me asomo al salón donde están y me doy cuenta de que mi padre ha bebido, mínimo, tres cervezas. 

―Hija, contigo quería yo hablar -la voz de mi padre me confirma lo que pensaba.

Me quedo en la entrada del salón, apoyada en la puerta. Miro a mi madre, que me mira con compasión.

―Voy a necesitar el dinero que ganes en el concierto que des este sábado.

Abro los ojos, sorprendida. Miro a mi madre, que agacha la cabeza. Creo que también han discutido de esto antes.

―¿Por.... por qué?  

―Porque lo necesito para ir al partido del Real Zaragoza.

¿Le tengo que dar mi dinero por un capricho suyo? ¿¡Enserio!? Quiero replicar, pero sé que en ese estado de embriaguez no es buena idea. Así que desisto y me encierro en mi habitación. Cuando llegue el momento, no se lo daré y me enfrentaré a él.

La riqueza del corazón || Alex Hogh Andersen || #Wattys2019Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora