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Con un pequeño y rápido gesto le indico a Alex que mi problema es mi padre, quien acaba de entrar por la puerta. Alex le mira extraño, al igual que mi padre a él.

―¿Qué haces aquí? -intento que mi rabia no se enfoque en mi voz y tampoco en mi mirada.

―Me has dicho que si sobraba pizza, me la traerías. Así ya no me la tienes que llevar -responde con simpleza.

Así de inmaduro es mi padre: si no obtiene lo que quiere, intenta fastidiar. Se me pasan muchas cosas por la cabeza por hacer: gritarle que se vaya, lanzarle una pizza a su cara, enfrentarme a él, expulsarle a empujones... Pero no me atrevo a hacer nada. Me he congelado, como si el calor que inundaba el ambiente hubiera sido drásticamente vencido por un frío polar. Estoy bloqueada, sin capacidad de reaccionar.

Suspiro con fastidio mientras observo a Alex. Noto que se ha tensado y se le nota molesto. No le culpo. Mi padre nos ha fastidiado la cena y todo por un rabieta infantil... Ya me resultaba raro que no me dijera nada antes de marcharme...

―¿No me vas a presentar a tu amiguito? -mi padre se coloca delante de nosotros, rompiendo el incómodo silencio.

― Soy Alex -se adelanta él.

―Ignazio, encantado.

Alex no responde y sonrío internamente. A ver si así se da cuenta de que molesta y tiene un poco de decencia y se marcha. Pero conozco a mi padre y eso le da igual. Es más, le alimenta a seguir, porque le encanta fastidiar a los demás.   

El pitido del horno nos indica que la primera pizza ya está hecha. Alex y yo nos levantamos ya del sofá para sacarla. No me gusta la idea de que mi padre me haya estropeado este momento con Alex, así que voy a arreglar esta situación. No quiero estropear la ilusión que tiene Alex por cenar conmigo. Él no se lo merece y yo tampoco. 

Una vez que Alex ha dejado la pizza en el plato, parto la mitad de ella, saco el papel de aluminio y lo envuelvo en él. Después, se lo entrego a mi padre, que me mira sorprendido.

―¿No querías pizza? ¡Aquí la tienes! Ya te puedes ir -le señalo la puerta mientras le desafío con la mirada. No sé si está bien, si conseguiré que se marche o, en cambio, si eso le dará más ganas de quedarse.

Mi padre se queda unos segundos en silencio, en los que me mira a mí, después a Alex y después dirige su mirada a su ansiado trozo de pizza envuelto y, por fin, se marcha. Eso sí, sin despedirse. Suspiro aliviada cuando la puerta se cierra tras él. 

―Y todo esto porque no le he querido dar una pizza en casa. Siento que haya venido y que le haya tenido que dar un trozo, pero si no...

―Chiara -me interrumpe y se acerca a mí -, no lo sientas. No es tu culpa, de verdad.

―Es que es tan, tan -me muerdo el labio inferior, luchando por no llorar y me rasco la cabeza, nerviosa.

Alex me abraza y me acaricia la cabeza. Me dejo llevar por la tranquilidad que me aporta estar entre sus brazos.  

―Lo importante es que se ha marchado y podemos continuar con nuestra cena -me besa en la frente. 

Metemos la otra pizza y, mientras, cenamos el trozo de la pizza que nos ha quedado. Alex me cuenta que en el Orfanato también había una chica parecida a mi padre, que les obligaba a hacer todo lo que ella quería, llegando incluso a ordenarles robar en la cocina para echarle, luego, la culpa a la cocinera y así despedirla. 

―Era malvada. Nos amenazaba y un día me revelé y me gané una torta -recuerda ahora entre risas -. Con ella descubrí el máximo grado de maldad.

―¿Tan malvada era? Me cuesta comprender que exista la maldad -niego con la cabeza -, por más que la experimente, me cuesta o no quiero creerlo. Hay gente mala, pero ya malvada es un paso más adelante.

―Créeme, lo era. Ya te contaré más historias sobre ella, pero ahora cambiemos de tema. Sé que no te gusta hablar de estos temas.

―Tengo que contarte una cosa muy, muy emocionante -imito los redobles de tambores golpeando la mesa mientras Alex se ríe -: voy a dar un mini-concierto con mis compañeros de la Academia. ¡Estoy muy contenta!

―¡Eso es genial! Me alegro mucho. ¿Dónde es?

―En el auditorio que tiene la Academia. Es el próximo sábado, me gustaría que fueras.

―Por supuesto que voy a ir. No me lo perdería por nada del mundo. 

― Gracias -le sonrío -. Cada uno vamos a cantar unos 20 minutos. Incluso vamos a hacer duetos.¡Va a estar muy bien!

―¿Es el primer concierto que haces?

―He hecho actuaciones de dos canciones o poco más en mi antiguo instituto, pero no duraban tanto tiempo como el que voy a hacer el sábado. Y tampoco englobaban la importancia que este tiene.

No es lo mismo cantar delante de los alumnos de un instituto en los típicos festivales que organizan que en un auditorio donde tienes que mostrar el trabajo que has hecho en las clases de canto. Es un contexto diferente con un propósito diferente.

―Ahí estaré con un pancarta gigante que ponga: «¡Soy tu fan número 1, Chiara! ¡Eres la mejor!» -bromea Alex, provocando que me ría sin parar al imaginármelo.

―En letras doradas, ¿no?

―¡Eso que no falte! Y un corazón también.

―Ya me encargaré de decir en el escenario que no conozco al loco de la pancarta.

Me encanta escuchar el concierto que nuestras risas dan, encajando perfectamente, acompasándose. Me gusta el sentimiento de saber que estás en sintonía con otra persona. Es una sensación especial.

El resto de la noche nos la pasamos riendo, gastándonos bromas, haciendo el tonto y conociéndonos un poco más. Estoy descubriendo un Alex divertido, gracioso, atento y caballeroso. 

Me acompaña a casa, porque no quiere que vaya sola tan tarde por la calle. Estoy tan a gusto con él que no quiere llegar a casa. Su compañía te hace sentir como cuando lees un libro que te encanta, que te engancha desde el primer capítulo y no quieres que se acabe. Alex es como un buen libro del que me quedan muchos capítulos por disfrutar y del que no quiero que acabe.

―Chiara, muchas gracias por esta noche -nos detenemos en mi portal.

―Gracias a ti también -nos sonreímos, un poco nerviosos. 

Nuestras miradas se unen, sabiendo que es el momento de la despedida, que no se volverán a cruzar por unos días. Alex es quien toma la iniciativa y se acerca lentamente a mí para depositar un dulce beso en mi mejilla derecha.   

La riqueza del corazón || Alex Hogh Andersen || #Wattys2019Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora