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Decido retroceder mi camino a ver si así consigo llegar a la academia y ya de ahí, regresar a mi casa preguntando el camino a los transeúntes, pero... ¡Me vuelvo a perder!

Me siento en la acera, desesperada, agobiada e impotente. Apoyo mis codos en mis rodillas y comienzo a llorar, desahogándome. Es lo único que me apetece ahora: llorar. Necesito descargar mis emociones.

Noto que alguien se sienta a mi lado en la acera. Lentamente saco mi cabeza del escondite proporcionado por mis brazos y le miro. Sus ojos azules se clavan en mí. Reflejan preocupación, interés.

―¿Estás bien?

Lleva una chaqueta vieja, sucia y un poco rota, el pelo moreno revuelto, unos pantalones rotos y unas deportivas desgastadas. A su lado tiene un vaso de plástico transparente, con monedas. Pese a lo joven que parece, es un vagabundo.

―No -trago saliva -. Me han robado... -me aguanto un sollozo. Me da vergüenza llorar delante de alguien y más si es un desconocido - Me han quitado todo: mi móvil, mi dinero, mis...

―Los bienes materiales no dan la felicidad. Solo son cosas. Aprecia que estás bien, que no te han dañado.

―Lo sé -le aseguro -. Me da más pena que he perdido la carta que escribió mi abuelo. ¡Ni 24 horas la he tenido! Me arrepiento tanto de haberla metido en el bolso -confieso y ahora sí que no puedo aguantar el sollozo.

―Tranquila -duda si abrazarme o no, pero al final no lo hace -. ¿Te acuerdas del contenido de la carta?

―Sí -asiento mientras le miro a los profundos ojos azules.

―Eso es porque lo tienes guardado en el corazón. Y ese es el mejor lugar donde puede permanecer algo. Ahí no se olvida. Está incrustado. Solo tienen que recurrir a tu corazón cuando quieras acordarte de lo que dice la carta. Al fin y al cabo, la carta son palabras escritas en un papel, que se puede perder, estropear...

―Robártelo -bromeo interrumpiéndole.

―También -se ríe -, pero ahora esas palabras están escritas en tu corazón y ahí es para siempre.

¿Cómo puede un desconocido animarte tanto en tan pocos minutos? ¿Con una pequeña charla? Ya no me siento tan mal gracias a él.

―Tienes toda la razón -le miro, esperando que me diga su nombre.

―Alex.

―Alex. Soy Chiara. Encantada -nos sonreímos -. Muchas gracias, de verdad. Me has levantado el ánimo.

―De nada. Me alegro de que estés bien. ¿Eres italiana?

―Sí, ¡exacto! Mi padre es italiano y mi madre española. Y yo nací en Italia -le explico.

―¿Llevas mucho tiempo viviendo en España?

―Unos tres años, pero en Zaragoza solo llevo una semana.

―Una semana y ya te han robado -bromea Alex.

―Y estoy perdida -apunto.

La cara de Alex es de sorpresa y de incomprensión. Yo asiento con la cabeza y me encojo de hombros.

―Ahora mismo no sé dónde estoy ni cómo volver a mi casa.

―No hay problema: ¡Súper Alex ha venido al rescate! -eleva el brazo, imitando el gesto de los super-héroes y no puedo evitar reírme -. Dime dónde vives y te indico.

―Vivo en la calle Hidalgo.

―¡Eso está muy lejos de aquí!

―Con que me lleves a donde está la Academia Musicalité, me conformo. Ya has hecho mucho por mí.

La riqueza del corazón || Alex Hogh Andersen || #Wattys2019Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora