La noche es espectacular. La temperatura es ideal para estar en el jardín, disfrutando de la pequeña naturaleza que lo envuelve y de las estrellas. Así que Álex y yo decidimos cenar el sándwich vegetal que nos hemos preparado con los ingredientes que había en la nevera.
Nos sentamos en unas sillas de plástico ubicadas en en lateral derecho, que rodean una mesa de plástico, del mismo color. La noche estrellada y la Luna Menguante nos acompaña.
―Si ahora pasara una estrella fugaz ya sabría que pedirle: seguir compartiendo momentos contigo -me comenta Álex.
―¿Momentos, en general? -pregunto, sorprendida, porque lo normal es pedir buenos momentos.
―Sí. Porque también quiero estar contigo en los malos momentos, no solo en los buenos. Por eso, momentos en general, porque quiero estar contigo en las buenas y, sobre todo, en las malas.
Le beso. Es tan tierno y dulce. En ese momento, otra pareja que está en el mismo Hostal aparece en el jardín y nos saluda. Ocupan la mesa de al lado. Conversamos un poco con ellos y, después, nos retiramos a la habitación. Cierro con llave la habitación para estar más seguros.
Álex comienza a besarme con pasión y con intensidad. Yo le sigo el ritmo. Llegamos a la cama y Álex me tumba con delicadeza y, después, se coloca encima de mí, apoyando su brazo en la cama para soportar su peso y no hacerme daño. Ahora me besa el cuello, mi punto débil.
―Es la primera vez que lo voy a hacer -me confiesa y me sonríe, nervioso.
―Vale. No pasa nada. Si necesitas parar porque te sientes incómodo o por lo que sea, no tengas miedo en pedirlo, ¿vale? -le acaricio la mejilla.
―Vale -asiente con la cabeza y me besa.
―Lo primero, ¿has traído preservativo?
Álex se levanta para sacar de su mochila la protección y la deja en la mesilla. Después, continuamos con los besos. El ambiente se calienta y, entre besos, caricias y pasión, nuestros cuerpos se funden en uno. Es nuestra primera vez y ha sido especial, mágico.
―¿Qué tal, amor? -le pregunto mientras me apoyo en su pecho para descansar.
―Muy bien, pequeña -me besa la cabeza -. Ha sido especial. Me gusta que haya sido contigo, Chiara. Creo que no podía haber perdido la virginidad con nadie mejor -me vuelve a besar en la cabeza.
―A mi también me gusta que tu primera vez haya sido conmigo. Me hace sentir especial -le acaricio el pecho.
―Eres especial, Chiara -me incorporo para mirarle a los ojos -. Eres la persona más especial que conozco -me besa -. Te quiero.
―Te quiero -nos sonreímos y nos besamos.
Después, nos duchamos juntos. Luego, nos dormimos abrazados. Creo que podría acostumbrarme a dormir así. A la mañana siguiente, el despertador -que ya no tiene el sonido del canto del gallo- nos levanta. Nos vestimos y salimos a la cocina a desayunar. Por segunda vez, coincidimos otra vez con Sara y Álvaro, la pareja que conocimos ayer en el jardín.
―¿Qué toca visitar hoy? -pregunta Álex al salir del Hostal, cogiéndome de la mano.
―La fuente de los veinte caños y la mina.
Emprendemos el camino hacia la fuente. En el camino nos encontramos con gente de la ciudad que no saluda amablemente, incluso algunos nos dan conversación y nos sugieren sitios que ver, aunque, desgraciadamente, no nos va a dar tiempo porque regresamos esta tarde.
―¿Crees que podamos encontrar, por casualidad, algún mineral? -pregunta Álex mientras entramos a la mina, acompañada de otros visitantes.
―¿Los sabríamos identificar? Hay un montón de piedritas -observo el suelo -. ¿Podrías decir cuál es un resto de mineral y cuál no?
―Eso ya no -nos reímos -. Yo que tenía la ilusión de encontrar oro y hacerme rico -bromea.
―Aquí no ha habido nunca oro -un hombre mayor nos corta el rollo.
―Era una broma, señor -dice Álex con amabilidad a pesar de lo borde que ha sido el señor.
―¿Broma o ignorancia?
―¿Y lo suyo es broma o ignorancia también? -intervengo yo -. Porque creo que no sabes muy bien lo que es una broma o estás bromeando.
Me parece de mala educación, en primer lugar, meterse en una conversación ajena y, en segundo lugar, llamarnos ignorantes. Encima con la arrogancia y prepotencia como se ha mostrado... Pero no prefiero decir nada más, creo que con lo que le he dicho ya es suficiente.
―Jóvenes -rueda los ojos y se aleja de nosotros.
―Me parece increíble que nos haya dicho eso -comenta Álex.
―Y a mí. Se aburrirá -me encojo de hombros -. Como dice mi abuela, tontos hay en todos los lados -nos reímos.
Durante la visita guiada a la minería, el guía nos explica cómo era su funcionamiento hace más de 50 años y qué minerales se extraían y el señor no nos vuelve a incordiar, aunque sí vemos que nos mira raro, pero nosotros pasamos de él y vamos a nuestro rollo.
Nos montamos en el autobús de vuelta a Zaragoza con una mezcla de pena y alegría. Pena porque ya se ha acabado nuestro fin de semana juntos y alegría, porque nos lo hemos pasado genial y nos ha servido para conocernos más y fortalecer nuestra relación. En el camino de vuelta, Álex y yo intercambiamos opiniones acerca de este mini-viaje y los dos estamos de acuerdo en que, cuando podamos, haremos otro viaje de este tipo. Ya hemos llegado a la estación y toca despedirse.
―¡Gracias por este finde tan maravilloso! -le beso -. ¡Jo! Ahora no quiero separarme de ti -pongo morritos.
―Ni yo, pequeña -me abraza -. Nos vemos mañana, ¿vale?
―Vale. Te quiero.
―Te quiero -nos besamos.
Nada más entrar a casa, mi madre me llama emocionada para que le cuente todo lo que hemos visto. La ilusión con la que mi madre escucha el resumen de mi experiencia, me hace sonreír. A mi madre le encanta Álex. Al principio, el hecho de que fuera vagabundo no le gustaba, se pensaba que se iba a aprovechar de mí, pero, tras conocerlo y ver lo feliz que me hace, cambió de opinión. Los prejuicios engañan, pero en tu mano está hacer que esos prejuicios cambien. Y mi madre lo hizo.
―Es para ti.
Le entrego un paquete envuelto en papel de regalo rojo. Es una figura en miniatura de la Basílica de Santa María de los Sagrados Corporales.
―¡Es precioso! -mi madre me abraza -. Lo pondré en la estantería del salón.
―Vale -me río.
―Hija, tengo que decirte algo -me avisa mi madre con tono serio.
―¿Es del abuelo? -pregunto asustada. Los últimos días ha estado débil y tengo miedo de que haya empeorado aún más.
―No, no -respiro aliviada -. Estoy conociendo a un chico.
―¿Y eso es malo? -me río -. Me habías asustado con tu tono de voz.
―Pensaba que no te gustaría la idea... Como hace casi dos meses que lo dejé con tu padre, igual te parecía pronto para intentar rehacer mi vida. Pero él llegó sin buscarlo, me trata muy bien...
―Mamá -le interrumpo -, está bien. El amor llega sin avisar y me parece estupendo que estés conociendo a alguien, de verdad -le sonrío -. Te mereces ser feliz. ¿Y cómo es?
Mi madre me habla sobre Raúl, el chico que está conociendo. Por su descripción, parece una buena persona y tengo muchas ganas de conocerle en persona. Solo espero que todo vaya bien, porque mi madre se merece ser feliz.
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La riqueza del corazón || Alex Hogh Andersen || #Wattys2019
Teen FictionLas decepciones en sus amistades han hecho que Chiara no confíe en nadie y que haya perdido el interés en hacer amigos. Para ella, el maravilloso mundo de los libros es la mejor compañía. Los libros nunca te fallan, no te engañan. Alex, un joven de...
