Con el mayor silencio posible, introduzco la llave de casa y giro para abrirla. Quizás, con suerte, mi padre esté dormido. Cierro la puerta con lentitud y, de puntillas, comienzo mi camino hacia mi habitación. Pero me llevo un susto cuando la luz del salón se enciende.
Trago saliva.
―Chiara -me llama mi padre. Por la voz, deduzco que está un poco bebido.
―¿Qué? -me quedo en el pasillo, sin entrar al salón para no estar cerca de él.
―¿CREES QUE ESTÁ BIEN LO QUE HAS HECHO?
―Sí -respondo con un hilo de voz. Está un poco agresivo.
Se levanta del sofá, tambaleándose un poco, y se acerca a mí. Me coge de la chaqueta y me empuja lo justo para quedar apoyada en la pared. Lo tengo a escaso centímetros de mí y estoy sintiendo mucho miedo.
―¡ERES UNA IDIOTA! -me escupe a la cara. El aliento a alcohol hace que gire la cabeza.
―Papá -intento explicarme, pero no me deja.
―¿Qué pasa? ¿Qué son esos chillos? -escucho la voz adormilada de mi hermano justo antes de sentir la bofetada de mi padre.
Miro a mi padre dolida y, después, a mi hermano, que no entiende nada y se está frotando los ojos para comprobar que no es un sueño y que ha pasado de verdad.
―Tú métete en tu cuarto, Ángelo -le ordena.
Consigo deshacerme del agarre de mi padre y salgo de casa. No quiero estar ahí más. No quiero volver a ver la cara de mi padre esta noche. No. No sé cómo se atreve a pegar a su hija. A su propia hija. No solo tengo dolor físico, sino también, emocional.
No sé dónde ir ahora.
Podría ir al Hospital a pasar la noche con mis abuelos, pero no quiero que se enteren de lo que ha sucedido. No quiero que mi abuelo se preocupe y pueda empeorar. No se lo merece. Así que esa opción queda descartada.
También podría ir a donde duerme Álex, pero tampoco quiero preocuparle. Bastante mal se ha sentido porque no he conseguido el dinero por la escena que ha pasado como para hora decirle que mi padre me ha pegado. Se lo contaré, pero en otro momento.
Al final decido quedarme sentada en un banco, frente a una tienda de móviles. He elegido ese lugar porque hay buena iluminación y, así, no paso miedo. No puedo parar de llorar al recordar la escena. Creo que tardaré en superarlo.
Mi móvil suene con insistencia. Al tenerlo en modo vibración apenas me he percatado. Así que saco mi móvil del bolso y reviso las llamadas. Son de mi madre y de mi hermano. También tengo mensajes de WhatsApp de ellos, preocupándose por mi estado y preguntándome dónde estoy. No me apetece hablar con nadie, así que le mando el siguiente mensaje:
«No te preocupes, estoy bien. Un poco sorprendida por lo sucedido, pero bien. Estoy en casa de una amiga. Hoy necesito estar alejada de papá. Mañana hablamos».
Sí. Es mentira. Pero no quiero preocuparla más de la cuenta. No sé cómo habrá reaccionado al saber lo ocurrido, pero no quiero imaginármelo. Sobre todo, por la réplica que le haría mi padre ante su reacción. No. No quiero pensar en eso.
―¿Quéé haaace una chicaa tan guapaaa sola? -pregunta una voz masculina al tiempo que se sienta a mi lado.
«Lo que me faltaba...».
Es un chico de unos treinta cinco años, moreno y de ojos marrones. Claramente está borracho. Me aparto de él, chocando con el reposabrazos metálico del banco. Intento que el miedo que siento no se manifieste en mi cara.
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La riqueza del corazón || Alex Hogh Andersen || #Wattys2019
Teen FictionLas decepciones en sus amistades han hecho que Chiara no confíe en nadie y que haya perdido el interés en hacer amigos. Para ella, el maravilloso mundo de los libros es la mejor compañía. Los libros nunca te fallan, no te engañan. Alex, un joven de...
