Fetiche

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—No nos dejes caer en la tentación. Amén.

Me santiguo mirando a mi Cristo de la Salud, que mira de frente desde el altar de la amplia iglesia cargando su cruz al hombro y con túnica púrpura, me levanto de la plataforma de madera, dejando mi postura arrodillada.

Siempre que vengo a rezar, al terminar hago lo mismo, rodeo el altar y beso el talón de mi Dios, paso la mano por él y me voy.

 En ese roce de su talón con mi mano, es cuando creo que nota mi presencia o por así decirlo, creo que es cuando recibe mis plegarias, mis peticiones, mis agradecimientos por todo lo que me da.

 Cuando Dios archiva mi paso por la iglesia, aunque cada vez me cuesta un poquito más acercarme a este templo y no me refiero al edificio en sí que hay en la calle Verónica, no. Si no a lo más profundo de mi ser, a mi fe, a mi Dios.

Y es que estos tiempos que corren no ayudan mucho a la fe ciega, ni a pensar en que esta mueve montañas. Creo que en los tiempos que corren todo lo tenemos que hacer por nosotros mismo, levantando la cabeza, irguiendo la espalda, agarrándonos a nuestra esperanza con uñas y dientes.

Que en estos tiempos que corren hay personas llenas de maldad, de vicio y de corazones podridos sin escrúpulos...

 —Candela— escucho la voz del párroco llamarme.

 — Dígame don Pascual — digo girando hacia su voz.

 —Le puedes decir a tu padre que me hace falta vino.

 Mi padre es el dueño del Bar Casa Manué y de vez en cuando le trae al párroco algo de vino para las misas.

 —Yo se lo digo Don Pascual, de su parte.

 —Gracias niña —dice y cuando me giro para marcharme, me llama de nuevo—Candela, ¿desde cuándo no te confiesas?

 Cojo aire de espaldas a él y luego me giro intentando poner un gesto amable para contestar.

 —Sí, ya hace tiempo, pero tengo prisa, Otro día Don Pascual, que ahora tengo que ir a clase.

Después de decir aquello salgo rápido de la iglesia, para que no vuelva a interceptarme, Don Pascual sabe ser muy persuasivo y yo entiendo que es su trabajo, pero me resulta un poco incómodo abrirme a él y contarle mis más íntimos pecados, y más después de rezar.

 Es curioso, pero al contrario de encontrar paz, encuentro discusiones conmigo misma en mi cabeza, inconformista con lo que siento, con lo que pasa, la reflexión me lleva al caos, a la lucha, a no conformarme y ser peleona como dice mi madre.

 Según ella soy la protestona, la inconformista, la luchadora de humo...

Me voy a casa, no a clase y al abrir el portón, como siempre sentada en el sillón delante del televisor, está mi abuela.

 —Hola abuela.

 —¡shhh!, calla Candela, déjame escuchar esto — dice y me sorprende, porque mi abuela es adorable, siempre me recibe dándome charla, preguntando cosas o contando muchas otras.

Así que suelto mi bolso encima de la mesa y me acerco a sentarme junto a ella a escuchar eso tan interesante que están contando en televisión.

 Alejandro "El Loco" había salido de prisión tras 12 años de cárcel, donde supuestamente fue condenado por un delito que él no cometió, cuentan en aquel programa de actualidad y dicen que aquel hombre ha pasado por manos de muchos psicólogos y que ahora lo tienen que indemnizar con una suma muy grande de dinero.

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