Capítulo 2: Pirata abordo

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Sabía que los piratas no querían mujeres en sus navíos, por todas las maldiciones que rondaban por la mar y la tierra, sobre cosas malignas que habían sucedido con ellas a bordo. Por ello lo primero que hice fue buscar una tienda en la cual poder gastar mis ultimas monedas.

En un callejón vacío me vestí rápidamente y metí mis prendas anteriores en mi bolsa. Había cortado mi pelo hasta los hombros, me até el cabello en una cola baja, me puse encima un pañuelo rojo con puntos blancos que rodeaba mi cabello y cabeza, encima un sombrero con una visera que al agachar la cabeza me tapaba total vista, pero lo beneficioso era que ellos tampoco podrían verme el rostro. Con la tela de mi vestido, que había roto por la mitad, rodeé mis pechos con ella como un corsé y tiré de él hasta que se me dificultaba el respirar. Me puse encima una camiseta de marinero y unos pantalones holgados marrones. Mis sandalias las había metido en la mochila e iba descalza. Me dolían los pechos y me costaba respirar, pero aguanté, recordé porque estaba allí y a donde iba, y el dolor se fue convirtiendo en ira.

Así salí del callejón, como un marinero.

Volví al puerto y me dirigí a la Joya Negra que se alzaba ante mí con fuerza.

Al llegar agaché la cabeza y con las dos manos sobre las tiras de la mochila fui avanzando en una fila de hombres que buscaban trabajo en el navío. Cuando me toco mi turno, levante la mirada para ver a un hombre mayor, barba blanca, cara sucia y ojos saltones. Entonces me sonrió y vi sus dientes sucios junto a uno de oro brillante al que le daba la luz de frente.

-    Por fin, un muchacho joven- dijo alegremente el hombre palmeándome el brazo.

Olía muy mal se notaba que aquel hombre hacía semanas que no se duchaba, aunque había un olor más fuerte, el del alcohol.

-    ¿Bueno, chico que vienes a buscar?

Me quedé callada, no había pensado en ello. Cuando hablase reconocería mi voz como la de una mujer y si no se daba cuenta por la borrachera ahora, luego, sería en el mar, donde no se lo pensarían dos veces antes de tirarme por la tabla al mar.

-    ¿Qué pasa no sabes hablar, chico? - me miro con una ceja enarcada.

Tragué saliva, no sabía cómo salir de esta.

-    ¿Buscas el trabajo de limpiar la popa? Porque es lo único que nos queda- dijo finalmente, ya que yo no decía nada.

Asentí con la cabeza y el hombre volvió a sonreír.

-    Pues venga muchacho- y volvió a palmearme la espalda con demasiada fuerza haciéndome tropezar.

Pasé de él y tiré hacia delante, subí por la tabla que daba al barco y cuando estuve arriba visualicé el panorama.

Los hombres pasaban de lado a lado preparando todo para cuando zarpáramos, iban sucios, sudorosos y cansados, pero trabajaban como si la vida les fuese en ello.

Había conseguido subir a la Joya Negra, a un barco pirata.

Ahora solo quedaba sobrevivir las tres semanas que nos quedaban para llegar a Terra Vella.

Después de ayudar a dos muchachos más jóvenes que yo a mover cajas, me dieron vía libre para dormir ya que solo me necesitarían por las noches para limpiar la popa de lado a lado hasta dejarla brillando y que el rostro del capitán se viese reflejado en ella.

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Después de una semana y cinco días aproximadamente, aun no me habían descubierto. El tiempo pasaba rápido, despertaba, comía y trabajaba así continuamente. No me había encontrado aún con ningún tripulante ya que cuando ellos despertaban yo me iba a dormir y viceversa.

Aquella noche, mientras me limpiaba con la mano el sudor de la frente y fregaba con fuerza la esponja contra el suelo, escuché un silbido.

Me quedé congelada en mi sitio, en ninguna de las noches me había encontrado con nadie y a veces me sacaba el sombrero junto al pañuelo para dejar a mi cabello respirar. Además de que con el agua que sobraba del cubo que me daban, me lavaba el pelo.

Me giré y vi la figura de un hombre apoyado en la barandilla del barco, su pelo color azabache estaba desordenado mientras que en la mano tenía el sombrero. Era joven, sus ojos eran de un profundo color azul como las olas del mar, sus cejas estaban levantada hacia arriba mientras me miraba fijamente. Se relamió los labios y pronunció lo peor que me podía pasar.

-    ¿Me puede contar que hace una señorita, como usted, en mi barco?

Ardiente VenganzaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora