Alba se despierta con una ligera punzada en la sien. No es un dolor intenso, más bien un aviso sordo que le recuerda que la noche fue larga. Está desnuda, envuelta en el calor del cuerpo de Aida, que duerme profundamente a su lado. Su respiración es lenta, regular, confiada. Alba intenta moverse con cuidado, deslizarse fuera de la cama sin despertarla, pero al girarse siente un leve malestar en los músculos, un eco físico de todo lo vivido horas antes. No le molesta: le arranca una sonrisa cansada.
Aida duerme boca abajo, el cabello oscuro desordenado sobre la almohada, la piel expuesta iluminada por la luz blanda de la mañana que se cuela entre las cortinas. En reposo parece distinta: menos control, menos personaje, más humana. Alba se detiene un segundo solo para mirarla, con esa mezcla de ternura y asombro que aún no sabe nombrar del todo.
La habitación es un pequeño caos íntimo. Las sábanas están revueltas, la colcha a medio caer, la ropa esparcida sin orden por el suelo: pantalones junto a la puerta, una camiseta olvidada sobre la silla, medias enredadas cerca de la cama. El aire conserva un olor indefinible, mezcla de perfume, alcohol y piel. Alba inspira hondo. Luego se lleva la mano a la cabeza. La resaca empieza a reclamar su espacio.
Aida se remueve, estirándose con un leve gruñido. Su habitual mal humor matutino asoma, pero está suavizado por la cercanía, por el cuerpo de Alba aún caliente junto al suyo. Abre los ojos a medias, como si el mundo todavía pesara demasiado.
— ¿Quieres desayunar? —pregunta Alba en voz baja, inclinándose hacia ella.
—Sí... —responde Aida con un hilo de voz, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia.
—Haré algo fuerte. Necesito energía... anoche fue intenso.
Aida frunce el ceño, parpadea, y de pronto suelta una risa ronca, incrédula.
— ¿Dónde estoy... y por qué estoy tan cansada?
Alba le acaricia la mejilla con los dedos, con una cercanía ya natural.
—Estás en mi cama. Y... bueno, no dormimos mucho.
Aida se cubre los ojos con la mano y vuelve a reír.
—Vale. Sí. Estaba muy borracha.
—Y bastante lanzada —añade Alba, divertida—. En el pub no parabas de besarme. Pensé que alguien nos iba a pillar.
Alba se levanta y camina hacia la cocina, todavía envuelta en la sábana, pero no llega lejos. Aida la agarra de la muñeca y la hace volver hacia ella. Se incorpora lo justo para acercarse a su oído.
—Quiero ducharme contigo.
El susurro es lento, deliberado. Le muerde suavemente el labio. Alba se estremece. No hace falta decir nada más.
Horas después, ya vestidas y con café entre las manos, el ritmo es otro.
Están en casa de Alba. La luz del mediodía entra de lleno por las cortinas entreabiertas, dibujando sombras suaves sobre las paredes claras. El salón tiene ese desorden cómodo de los lugares vividos: una manta caída sobre el sofá, tazas aún tibias sobre la mesa, restos del desayuno sin recoger del todo. No hay prisa.
Alba se sienta con las piernas cruzadas en el sofá, jugueteando distraídamente con la cucharilla. Aida está recostada entre los cojines, abrazando la taza, con la mirada perdida en algún punto indefinido. Parece tranquila, pero pensativa.
Alba rompe el silencio.
— ¿Cuánto hace que dejaste a tu ex?
Aida suspira. Se aparta un mechón de pelo de la cara antes de responder.
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Mucho , Mucho Amor....
Romance¿Qué te ofrezco con esta historia? Una historia de amor que no se queda en lo superficial. Romance, deseo, intensidad... pero también dudas, decisiones y todo lo que nadie cuenta cuando eliges a alguien de verdad. Aquí no solo vas a leer una relació...
