Aida está tumbada en su cama, hundida entre las suaves sábanas que aún conservan el olor limpio de casa. La habitación permanece en penumbra; solo la luz cálida de la lámpara de la mesita de noche rompe la oscuridad, proyectando sombras alargadas y difusas sobre las paredes. En la estantería, algunas revistas de moda yacían abiertas, olvidadas, y sobre la silla descansaba la chaqueta que llevaba esa noche, lanzada sin cuidado al llegar.
El cansancio la invade de pies a cabeza. El cuerpo le pesa después de un día interminable entre vuelos, sesiones de fotos, prisas y el evento. Debería estar dormida desde hace rato. Sin embargo, su mente se niega a apagarse.
Se mueve inquieta, da vueltas en la cama, cambia de postura una y otra vez. Mira al techo, contando grietas invisibles, intentando ordenar pensamientos que no quieren obedecer.
Hay algo que no la deja conciliar el sueño.
Una imagen se repite, insistente, como una escena que se niega a desaparecer: la sonrisa de Alba. Apenas fue un gesto fugaz, casi irónico, con ese punto desafiante que parecía decir no te acerques demasiado. Y aun así, la dejó completamente enganchada.
—¿Qué me está pasando? —murmura en voz baja, rompiendo el silencio.
Nunca antes se había sentido así. Nunca alguien le había provocado tanta curiosidad en tan poco tiempo. Y mucho menos una mujer. Esa certeza la descoloca todavía más.
Cierra los ojos con fuerza, intentando pensar en otra cosa. En el trabajo. En los viajes. En cualquier cosa que no sea Alba. Pero su rostro vuelve una y otra vez, como si se hubiera instalado cómodamente en algún rincón de su cabeza.
Suspira, derrotada.
—Tengo muchas ganas de verla otra vez... —admite para sí misma, casi avergonzada.
Entonces llega la realidad, fría y clara.
No sabe nada de ella.
Ni su número de teléfono.
Ni si volverán a coincidir.
Solo sabe que algo se ha movido dentro de ella. Algo nuevo, inesperado y ligeramente inquietante.
Aida se gira de lado, abrazando la almohada, mientras la luz de la lámpara sigue dibujando sombras en la habitación.
Esa noche, aunque el cuerpo descansa, su corazón permanece despierto.
Alba se despierta en su cama, envuelta en las sábanas revueltas, con el cuerpo todavía pesado y la mente a medio camino entre el sueño y la vigilia. La luz del mediodía se cuela por la ventana, filtrada por las cortinas mal corridas, dibujando franjas claras sobre la pared. Parpadea un par de veces, convencida de que aún es temprano. Tal vez las diez, como mucho las once.
Coge el móvil de la mesilla y frunce el ceño.
Las dos de la tarde.
—Joder... —murmura.
Se queda unos segundos mirando la pantalla, desubicada, como si hubiera perdido por completo la noción del tiempo. Normalmente, Bruna ya la habría llamado para comer, como hace siempre. Pero el piso está en silencio. No se oye ni el ruido de la cocina, ni voces, ni música.
Vuelve a dejar el móvil a un lado y se gira, acomodándose mejor entre las sábanas. Decide quedarse un rato más en la cama, disfrutando de esa calma extraña, casi suspendida.
Poco a poco, los recuerdos de la noche anterior empiezan a ordenarse en su cabeza.
La fiesta.
Las luces.
La música.
Y entonces... Aida.
Su rostro aparece de repente, nítido, inoportuno. Alba siente un pequeño nudo en el estómago y se pasa una mano por el pelo, aún despeinado.
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Mucho , Mucho Amor....
Roman d'amour¿Qué te ofrezco con esta historia? Una historia de amor que no se queda en lo superficial. Romance, deseo, intensidad... pero también dudas, decisiones y todo lo que nadie cuenta cuando eliges a alguien de verdad. Aquí no solo vas a leer una relació...
