Mundos opuestos III

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El azabache reinaba en los cielos,

los demonios marcaban su terreno.

Abrieron la puerta sin avisar,

no sabía ni cómo reaccionar.


Dos grandes cicatrices dejaron al marcharse.

Mi cuerpo apenas podía arrastrarse.

La noche se extendió,

y la tranquilidad se perdió.


Sólo el claro lunar me acompañaba.

La luna, siempre tímida, jamás dijo nada.

Me miraba con indiferencia;

pero su luz me mantenía despierto, aunque con mucha somnolencia.


Después de una eternidad, el sol se asentó.

Las nubes me acobijaron y el arcoíris se presentó.

Los animales llegaron de la nada;

era lo único que tenía, mi realidad había sido modificada.

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