La alarma de mi móvil comenzó a sonar, indicando que era hora de levantarse. Me di cuenta de que había pasado toda la noche dormida en la mesita haciendo tarea; con razón mi cuerpo se sentía cansado y adolorido, pero no tenía tiempo para quejarme o se me haría tarde. Arreglé mis cosas, cambié de ropa y lavé mis dientes antes de salir de casa. Papá en esta ocasión me llevaría a clases; íbamos en completo silencio, me sentía incómoda por una extraña razón y no podía esperar más a llegar.
Bajé del auto despidiéndome de mi padre con un beso en la mejilla, para después avanzar por la entrada principal. Desde que Sam se abrió conmigo, lo acompañé en más de una ocasión con su madre; ambas nos hemos hecho buenas amigas. A veces olvidamos que Sam está ahí, pero me alegra verlo un poco más suelto y relajado; no negaré que aún se mantiene al margen, pero tampoco puedo presionarlo. Las clases dieron inicio, un día más avanzaba. Mis amigos no paraban de jugar entre ellos, y temía que la maestra me regañara por igual si nos descubría. Yo no estaba haciéndoles caso, incluso los regañé en una ocasión, pero me ignoraron. Los minutos avanzaron hasta que se volvieron horas y así tuvimos tiempo libre para tomar algo. Alonso fue a comprar lo que le pedimos, mientras Mariana y Melisa no perdieron la oportunidad para preguntarme por Sam. El momento iba a llegar, eso era seguro, y más porque en algunas ocasiones me iba con él al salir de clases. Traté de no decir nada que no debiese, simplemente les expliqué que me pidió ayuda para un tema y le daba asesorías; obviamente no me creyeron, pero dejaron de insistir porque les explicaba lo mismo cada que preguntaban. La tortura terminó cuando Alonso regresó; por alguna razón, cuando él estaba, no hacían esa clase de preguntas.
—No había jugo de manzana, así que les traje de durazno, ¿está bien?
—Yo no tengo problema, gracias, Al. —Le dediqué una grata sonrisa.
—Hubieras traído de uva mejor. —Mariana hizo un gesto que me disgustó.
—Es cierto, el durazno casi no nos gusta, para la otra piénsale mejor. —Melisa ni se diga, me irritó más.
—Lo siento, no volverá a pasar, es más, iré a cambiárselos. —Alonso se levantó y tomó los jugos de mis amigas con intención de irse nuevamente.
—Sí, por favor, si vas a hacer las cosas, hazlas bien. —Eso me hizo enojar.
—Bueno, entonces vayan ustedes, las he visto tomar jugo de durazno y no se han quejado. Si solo quieren joderlo, no está bien, no sean delicadas y mamonas. —Levanté un poco la voz, menos mal que estábamos en las canchitas.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué nos hablas así? Solo estamos jugando, relájate, Rocío, no te sientas la más correcta. —Mariana me respondió con ese tono retador.
—Chicas, no discutan, no pasa nada, ahorita cambio los jugos, no hay problema. —Alonso trató de calmar las cosas.
—No, Alonso, sí hay problema. En otras ocasiones no dicen nada, y ahora resulta que las señoritas no pueden tomar jugo de durazno porque no les gusta.
—Bueno, ¿y eso a ti qué te importa? Nosotras no andamos llorando por cualquier cosa como tú.
—¿Qué mierda te pasa, Mariana? ¿Tienes algún problema conmigo? —Ahora sí estaba enojada.
—Mariana, no es para tanto, Rocío tiene razón. —Melisa se asustó un poco; no esperaba que esto pasara, así que también trató de calmarnos.
—Ahora que lo dices... ¡Sí! Tengo un problema con la señorita perfecta. Me enferma que trates de ser el centro de atención, que te comportes como la chica buena, la que no se equivoca o hace nada malo, la que habla bonito y trata de ser buena persona con todos. Eres tan falsa, además de no querer contarnos lo relacionado con aquel imbécil miedoso. Ese es mi problema.
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Caminos Cruzados
RomanceSam y Rocío son dos jóvenes que estudian en la misma universidad, pero nunca han cruzado palabra alguna, soló miradas, hasta que llega el día en el que cruzan sus caminos finalmente, ambos tienen sus problemas, y ambos buscaran la manera de ayudarse.
