Capitulo: 12

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​—Lo lamento, quisiera poder hacer más.

​—Descuida, debes descansar; no puedes trabajar, no debes forzarte. Además, me ayudas con el aseo, cosa que no deberías hacer, así que no te preocupes.

​—No quiero dejarte todo el trabajo a ti. Ahora que no estoy trabajando, no gano dinero y te estoy dejando todo el peso.

​—Mamá, no te preocupes por eso, puedo manejarlo. Recuerda que aumentaron mi sueldo y obtuve una beca con la que se me facilita todo.

​—Sé que lo estás haciendo, pero estás desperdiciando tiempo por mi culpa; deberías estar con tus amigos, no cuidando de tu madre. —Sus comisuras descendieron; ya no tenía el brillo en sus ojos. Se le notaba pálida, más delgada; su cuerpo mostraba cuánto había estado sufriendo.

​—Cuidabas de mí cada vez que enfermaba, todos los días has estado al pendiente. Desde hace años solo te has centrado en mí, priorizando mi bienestar sobre el tuyo. Así que déjame devolverte un poquito de todo lo que has hecho por mí. ¿De qué me sirve salir con mis amigos si voy a estar preocupado por ti? Así que deja de decir esas cosas.

​Ambos guardaron silencio. Sam sintió el tacto de la mano de su madre sobre la suya; al fijar la vista en ella, notó una gran sonrisa, seguida de un «gracias». El castaño le restó importancia: lo que hacía no era para que se lo agradecieran, era su deber, o al menos así lo sentía. Cuidar de su madre era lo mínimo que podía hacer. Últimamente, la vida se había vuelto complicada y sentía que iba a explotar, aguantando a duras penas las ganas de llorar o de gritar. Sarah se había vuelto un pilar incondicional para él; algo que nunca imaginó, pero que agradecía profundamente.

​Terminó las tareas del hogar y sus deberes escolares, así que pudo relajarse el resto de la tarde. En ese instante, llamaron a la puerta. Algo cansado, se levantó para atender. Al abrir, Marcos y Andrea entraron cargando bolsas con comida. Marcos llevó una a la cocina, sacó unas bebidas y las metió al refrigerador, dejando tres fuera; entonces Sam supo que se trataba de cerveza. Por otro lado, Andrea buscaba algo en la alacena y sonrió al encontrar lo que necesitaba. Sam dejó que sus amigos se movieran por todo el lugar como si estuvieran en su propia casa. Andrea preguntó por su madre, y él respondió que yacía durmiendo plácidamente en su habitación; ya había cenado, así que no tenían que preocuparse por ella. Siguió a sus amigos hasta la sala, Marcos le tendió una lata, los tres abrieron sus bebidas y dieron un gran trago, disfrutando del sabor amargo y el frío de la cerveza, soltando un suspiro de satisfacción.

​—Gracias, chicos, pero ¿qué hacen aquí?

​—Andrea quería venir, así que pensamos en visitarte y traer algo para cenar.

​—No me has llamado estos días; creí haberte dicho que estaríamos al pendiente y que no dudaras en hacerlo. —Andrea sabía que no era buena idea dejarlo tanto tiempo solo; si se ponía a pensar en todo lo que había sucedido, su mente le haría estragos y terminaría en una crisis.

​—Lo siento, pero nos vemos en la universidad. No se preocupen tanto, estoy bien, lo tengo en cuenta.

​—Aun así, sabes que no dejaré de preocuparme. Además, ¿quién dijo que tenemos que pedir permiso para visitar a nuestro mejor amigo?

​—Andrea tiene razón —añadió Marcos—. Somos tus amigos y por ende, podemos venir cuando queramos. —Extendió la palma de su mano y la joven chocó la suya con la de él.

​—Bien, en eso tienen razón. Pero al menos avisen, así no me tomarán desprevenido. Gracias por todo.

​Los minutos pasaron; disfrutaron de la cena y la cerveza mientras charlaban. Con amigos, los días eran más llevaderos. Antes pensaba que no necesitaba la ayuda de nadie, pero ahora se daba cuenta de lo equivocado que estaba; gracias a ellos no se había vuelto loco. Quería compensarlos de alguna forma. Pocas personas se quedan cuando las cosas andan mal; mientras todo sean risas, dinero o reconocimiento, nunca faltan los "amigos", pero cuando todo se va a la mierda, pocos son los que se quedan, los que te ayudan a ponerte de pie cuando estás en el suelo, los que te consuelan y dejan que llores en su hombro. Esas personas valen más que el oro. Puedes tener muchos conocidos y pocos amigos; lamentablemente, así es la vida. La mayoría no dudará en cambiarte cuando ya no les sirvas; todos viven bajo sus circunstancias y lo que creen correcto, sin detenerse a pensar en los demás. Actualmente todos dan su opinión sin respeto; años atrás, podías expresar tu gusto por algún tema, ahora te critican por todo, por no pensar como ellos. ¿Quién demonios les dijo que todos debemos pensar igual? Es como si se necesitara más que nunca la aprobación social; de esta manera se pierden los valores y las amistades dejan de ser reales. No obstante, siempre existen personas dispuestas a demostrar lo contrario; cuando las encuentres, no dudes en atesorarlas.

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