Desperté como cualquier mañana: mis cabellos amanecían enredados y mis ojos se negaban a abrirse, deseando seguir durmiendo aunque fuera imposible. Mi cuerpo se quedó estático en la misma posición, la vista fija en un punto sin importancia, hasta que unos instantes después logré reunir la energía necesaria para levantarme. Fui al baño para asearme un poco y regresé a la habitación para vestirme. Desde que comencé a preparar la ropa de la jornada la noche anterior, mis mañanas resultaban menos tediosas y ahorraban bastante tiempo.
Tardé exactamente una hora en estar lista. Salí a la calle, aseguré la puerta y me dirigí a tomar el autobús que me dejaría en mi destino; una rutina ya establecida.
Al llegar, Katherine y Nathalia se acercaron rápidamente. Desde que pisé este lugar, ambas se volvieron fundamentales para mí; me han ayudado en todo, logrando que mi adaptación sea más rápida, aunque todavía no termino de acostumbrarme del todo. Katherine es una chica de 1.70 metros, de cabello cobrizo y piel morena. No le gusta usar ropa pegada, por lo que siempre viste sudaderas o camisas bastante holgadas, logrando un estilo muy atractivo. Nathalia, en cambio, disfruta vestir a la moda; su piel es casi tan blanca como la nieve, su cabello castaño oscuro y tiene unos ojos color miel que te derriten. En cuestión de gustos son bastante diferentes, pero se llevan tan bien que resulta imposible no dudar de su amistad, siendo inseparables a pesar de ser mejores amigas.
—Te dije que me esperaras, pero nunca me haces caso —reprochó la castaña.
—Ya te dije que lo siento, no fue mi intención, además te estabas tardando —trató de restarle importancia la morena.
No sé de qué hablaban; yo no estaba metida en su plática, aunque sabía que tarde o temprano me vería arrastrada a ella, algo que prefería evitar.
—Rocío, ¿verdad que debió esperarme? —Y ahí terminó mi paz interior.
—Estás loca, si te hubiera esperado tal vez no tendría mi autógrafo —se defendió Kath.
—No quiero estar en una de sus peleas, siempre termino resolviéndolas; tienen que hacerlo ustedes sin mi ayuda —dije, levantándome con el pretexto de ir al baño.
Tenía cinco minutos antes de que iniciara la clase y caminaba rumbo al baño sin siquiera tener ganas reales de ir. Durante el trayecto no prestaba atención a mi alrededor; por alguna extraña razón me sentía sumamente cansada, lo que mantenía mis sentidos casi apagados. Fue entonces cuando desperté de golpe al impactar con algo... o mejor dicho, con alguien. Me disculpé rápidamente con esa persona, sin detenerme a ver su rostro, y seguí mi camino. Al llegar al baño, me mojé la cara para activarme y observé mi reflejo en el espejo, intentando arreglarme un poco.
Las últimas semanas habían sido muy pesadas; apenas y había descansado. La mudanza era realmente complicada, y más cuando se trataba de otro país.
Decidí regresar al salón. Al salir del pasillo, vi a un joven bastante alto, de tal vez 1.90 metros, bastante atractivo a la vista. Reconocí entonces la pulsera en su brazo izquierdo: era el chico con el que había chocando hacía un rato.
—Merezco una disculpa directa, ¿no crees? Ni siquiera volteaste a verme a los ojos —sonrió con prepotencia, pero decidí no darle importancia. Prefería evitar problemas, y además la clase estaba por empezar.
—Tienes razón —lo miré a los ojos tal como él quería, regalándole además una de mis mejores sonrisas—. Me disculpo por haberte chocado; no debí distraerme.
Me alejé... o al menos lo intenté, porque su mano me detuvo justo cuando pasaba de largo. Sus ojos no dejaban de mirarme y comencé a sentirme incómoda.
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Caminos Cruzados
RomanceSam y Rocío son dos jóvenes que estudian en la misma universidad, pero nunca han cruzado palabra alguna, soló miradas, hasta que llega el día en el que cruzan sus caminos finalmente, ambos tienen sus problemas, y ambos buscaran la manera de ayudarse.
