Capitulo: 17

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​Después de pasar un par de días nuevamente en revisión, la mamá de Sam regresó a casa. Su piel se veía cada vez más pálida, pero no dejaba de expresar aquella cálida sonrisa. En este tiempo traté de estar a su lado, quería hacerlo sentir acompañado, que no se sintiera solo atravesando toda esta situación. A veces iba a su casa saliendo de clase y, cuando no podía, iba en la tarde; los últimos días estaba pasando más tiempo en casa de mi novio que en la mía. Mi padre ya comenzó a trabajar, así que no tenía de qué preocuparme, aunque sí me daba una que otra advertencia, algo clásico en los padres, o al menos en la mayoría.

​Ambos necesitábamos una distracción, alejarnos de todo; estábamos enfadados, estresados, y había tantas cosas en las que pensar que darle vueltas a todo solo nos fastidiaba más. El lunes por la mañana me encontré a Andrea cerca de la entrada a la universidad, poco antes de entrar a clases. Ambas nos saludamos y entramos por la puerta principal charlando un poco; ella también iba de visita, así como Marcos e incluso Lily, que desde hace unos días se volvieron buenos amigos. Todos querían mostrarle apoyo.

​—Hoy no vendrá a clases. —Noté la preocupación en su tono de voz. Andrea tenía una sonrisa que expresaba tristeza, lo cual me preocupó.

​—¿Sucedió algo? —No quería alterarme; ayer no pude acompañarlo porque tenía mucha tarea, y temía que algo malo estuviese pasando.

​—Sam avanzó mucho; sabes que no es la persona más social del mundo y contigo está aprendiendo a dirigirse a los demás, a entablar conversaciones y esas cosas, pero cuando las cosas se dificultan mucho, comienza a encerrarse. Es como si pusiera una muralla para evitar al resto, y temo que está comenzando a actuar de esa manera.

​—¿Qué debería hacer? —Mi corazón latía a mil por hora, no quería verlo hundido, haría todo lo posible para evitarlo.

​—No lo sé, ni yo sé qué deberíamos hacer.

​Medité unos segundos. Llegamos al aula donde Andrea tenía clases, me despedí de ella y caminé lo más rápido que pude hasta mi aula. Al llegar encontré a Melisa y le entregué mis trabajos; tenía la intención de estar con Sam todo el día, no me importaba faltar a clases, pero Mariana y Melisa trataron de negarse. Al final Alonso las calmó —él me entendía bien—, así que me despedí y salí en dirección a su casa. Bajé en la parada del autobús más cercana y avancé unas cuantas calles; había una luz encendida, era la de su habitación. Rápidamente saqué mi móvil y, minutos después, bajó a abrirme. Se veía algo molesto.

​—¿Qué haces aquí? Deberías estar en clases. —Su expresión era de pocos amigos.

​—Vine con mi novio, ya que me enteré de que no iría a clases, así que decidí acompañarlo. ¿Acaso no puedo? —Lo miré retadora.

​—Estoy bien, es solo que anoche mi madre volvió a sentirse mal. No es gran cosa, pero quiero estar por si necesita algo, puedes estar tranquila. —Por primera vez desde que lo conocía, sus ojos no expresaban nada; sus ojeras estaban marcadas, nuevamente tenía aquel rastro de barba e incluso, cuando me vio, no expresó nada.

​—Y tú no tienes que preocuparte por mí, estoy aquí para ayudarte. —Hice el intento de darle un beso, pero se quitó; tal vez no de manera brusca, pero se alejó. Contrario a lo que creí que sería mi reacción, lo jalé y le di el beso—. A mí no me vas a andar negando un beso y, mucho menos, tratando de hacerme a un lado.

​Ahora él me besó, y después me abrazó. Por un momento lo sentí tan inseguro, era como abrazar a un cachorro; tenía miedo, eso era obvio. Aunque su madre estuviera en casa, no significaba que su salud mejorara —se le podía ver un poco más demacrada—, y estaba segura de que una sola idea no paraba de dar vueltas en su cabeza. Eso me ponía triste, pero mi deber era hacerlo sentir bien y eso iba a hacer.

Caminos CruzadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora