Capitulo: 26

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Han pasado semanas desde que comencé a salir con Thomas. La verdad es que se ha portado de manera muy diferente: es gracioso, educado, sencillo y nada irritante, aunque a veces hace bromas que no entiendo. Pero no importa, la he pasado muy bien con él, tanto que amaneció en mi cama. Debo aceptar que es jodidamente sexi, además su paquete no está nada mal, pero mi corazón aún no se acelera al verlo, lo cual me parece extraño porque me gusta en todos los sentidos. Tal vez, en el fondo de mi interior, aún no quiero confiar del todo en él; con el tiempo ya veré qué pasa. Comencé a acariciar su pómulo, a lo cual hizo un gesto con la nariz como si se tratase de un conejo, eso me dio ternura, hasta que abrió los ojos y me sonrió.

​—Hola, hermosa, ¿dormiste bien? —soltó un bostezo.

​—Más o menos, no me soltaste en toda la noche y quería estirar mi cuerpo —fingí estar molesta.

​—Lo siento, es que me gusta sentir tu piel desnuda pegada a la mía —sonrió con picardía.

​—Eres un idiota, me avergüenzas.

​Volteé la mirada; no quería verlo a los ojos, sentía que me comía con ellos.

​De pronto se levantó sin importarle estar desnudo frente a mí. Me le quedé viendo sorprendida; sus ojos se encontraron con los míos y me guiñó un ojo.

​—¿Acaso no te da vergüenza? —estaba algo ruborizada.

​—No, al fin de cuentas ya me viste completamente desnudo y yo a ti.

​Bueno, razón no le faltaba. Hice lo mismo, busqué algo de ropa para irme a la ducha. Sentí su mirada barriéndome de pies a cabeza, no le di importancia aunque me moría de vergüenza. Entré al baño y abrí la regadera, entonces lo sentí atrás. Me iba a negar y sacarlo del baño, pero el maldito ya estaba con shampoo en la cabeza tarareando una canción; me rendí y lo dejé hacerlo.

​Salí casi corriendo del departamento, iba tarde al trabajo. Sabía que debí correrlo del baño, de lo contrario no hubiéramos tenido sexo en la ducha y no me hubiera atrasado. Conduje a toda prisa, salí del auto como un rayo no sin antes haberme despedido.

​—Rocío, ¿por qué tan tarde? —Kath se paró a mi lado. Sabía que quería sacarme la sopa porque no dejaba de verme con esa sonrisa.

​—Me distrajo en el baño, es todo lo que diré, lo lamento.

​Si no la miraba, era como si no estuviera ahí.

​—No pasa nada, no hay nadie aún; le diré a papá que estabas arreglando un asunto sobre la tesis o ya veré qué mentira le echo.

​—Te amo, Kath, gracias por cubrirme, no volverá a pasar.

​—No te preocupes, solo trata de que no vuelva a pasar... o al menos no tan seguido.

​—Ya no te amo.

​Ambas soltamos la risa. Las horas pasaban y el restaurante comenzaba a llenarse. A veces tenía que lidiar con los comentarios obscenos de algunos hombres, eso era lo único que odiaba; de ahí en más, me gustaba trabajar aquí. A veces me ponía a chismear con los de cocina: criticábamos la forma de actuar de algunas personas, principalmente aquellas que se sentían importantes solo por tener algo de dinero y, por ese simple hecho, trataban a los demás como inferiores; no hay nada más ridículo que eso. Aunque también criticábamos a quienes se lo merecían.

​Los días posteriores me centré completamente en la tesis junto con las chicas. El trabajo de campo ya tenía que hacerse, así que por ahora evité distraerme con Thomas; él lo entendía, al fin de cuentas estaba en las mismas que nosotras. Aplicar encuestas, graficar resultados, realizar el diario de campo y esas cosas era fastidioso, estresante, pero a su vez era gratificante ver cómo íbamos avanzando. Entonces pensé que al terminar mi maestría regresaría a mi país; eso me hacía feliz y me entristecía al mismo tiempo. Por ahora mejor no pensaría en ello.

Caminos CruzadosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora