Capitulo: 31

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​—¿Qué demonios haré? ¡No puede enterarse de esto! —Antonio daba vueltas por el lugar, visiblemente asustado y sin dejar de lamentarse por haber chocado el auto de Liz.

​—Cavar tu propia tumba, eso es lo que puedes hacer —respondió David con total tranquilidad.

​—No podrás ocultarlo. No es un daño aparatoso, aunque sí es un buen golpe. Simplemente discúlpate, dile que te harás cargo de la reparación, y cava tu tumba —agregué con una sonrisa.

​—¡Ya sé! Huiré del país, compraré un boleto de avión y me mudaré a Escocia. Fue un placer conocerlos, pero es hora de irme, adiós, amigos míos. —Dio media vuelta para salir corriendo, pero lo sujetamos de los brazos a tiempo para evitarlo.

​—Huir del país no resolverá nada. Afróntala y discúlpate, nosotros evitaremos que te asesine —intenté tranquilizarlo, aunque me costaba contener la risa ante la situación.

​—Bueno, lo intentaremos, no prometemos nada. Además, se arregla fácil; lamentablemente, no volverá a prestarte su auto —agregó David.

​—Odio mi vida. Solo iba a recoger unos documentos y ahora voy a recoger mis dientes... —Alzó las manos sobre su cabeza, como si estuviera construyendo un escudo protector.

​—Mientras más rápido le digas, mejor para ti. No pierdas más tiempo, es imposible escapar. —Puse una mano en su hombro para animarlo.

​—¡Sí es posible escapar! Comprando el boleto a Escocia e iniciando desde cero —sonrió, exagerando el gesto.

​—¿Qué te hace creer que no irá detrás de ti? Ya déjate de tonterías, Liz no es tan ma... —Justo fui interrumpido por la aludida.

​—¿Decirme qué? Los he estado buscando. Antonio, se supone que debías estar aquí hace 20 minutos... —Guardó silencio al ver nuestras expresiones—. ¿Qué pasa? Parece que han visto un asesinato o algo por el estilo.

​—Estamos a punto de verlo... —respondió David.

​—Trata de dejarlo vivo, así podrá pagarte —agregué. Liz observó de inmediato a su próxima víctima.

​—Antonio querido, ¿se puede saber de qué habla este par? —A la vista de cualquiera podría parecer la sonrisa más dulce del mundo, pero nosotros sabíamos perfectamente que significaba peligro.

​Tragó saliva, nos miró con la clásica cara de perro asustado y no tuvo más remedio que confesar.

​—Y ya. Eso fue lo que pasó... —intentó mantenerse relajado, aunque estaba completamente tenso.

​—Ya veo... Mientras me pagues los arreglos, está bien. No pasa nada, no vas a morir. —Antonio abrió la boca para hablar, pero Liz continuó—: Solo te usaré como saco de boxeo un rato.

​—¿Ya ves? No fue tan malo, solo serás golpeado, no asesinado —bromeó David.

​—Bueno, pero regresemos al trabajo. Así Antonio se va preparando mentalmente y no nos llaman la atención por perder el tiempo. —Fui el primero en avanzar.

​Durante el resto de la jornada, Antonio se mantuvo lo más lejos posible de Liz, evitando cruzarse con ella. Ella, en cambio, solo se reía; sabíamos que no le haría nada grave, pero era divertidísimo seguirle el juego.

​Me recliné en el asiento y estiré el cuerpo para liberar la tensión acumulada. Todo el esfuerzo había dado frutos: finalmente había terminado mis pendientes y podía retirarme. El lugar estaba casi vacío debido a la hora. Guardé mis cosas y me dispuse a salir, despidiéndome de los pocos que aún seguían por ahí. Sabía que los chicos se habían marchado hacía horas, pero Liz seguía en el edificio. Como no estaba en su despacho, supuse que había bajado por un café. Al salir a la entrada, me la encontré charlando con un hombre mayor que no reconocía y que no parecía ser un empleado. Para no interrumpir, decidí mandarle un mensaje más tarde y dar media vuelta, pero ella volteó a verme y me llamó con la mano para que me acercara.

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